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Diálogos en Wall Street
Periodista: Obama mostró sus cartas. Alumbró un voluminoso programa fiscal de estímulo, un ambiguo proyecto de estabilización financiera, una clara voluntad de sostener a la banca. Pero la suma de esfuerzos no produjo un golpe decisivo de timón.
Gordon Gekko: El socialista que temía su contrincante republicano John McCain no se presentó a la cita. Y no fue por falta de oportunidad.
P.: Obama es tan socialista como Clinton.
G.G.: O como, quizás contra su voluntad, el último Bush. Quien tuvo que gestionar el plan TARP y se escudó en el nombre de su secretario Paulson para capitalizar a los bancos. A decir verdad, no se observa una ruptura violenta en las principales líneas de acción. El Gobierno adopta un rol de mayor intervención, pero no lo impulsa la ideología sino la debacle precipitada del sector privado y la necesidad de mitigar sus efectos.
P.: Se esperaba un Obama más enérgico y no esta versión pasteurizada. ¿No comete un error en mantener la política económica dentro de los andariveles que dejó Bush?
G.G.: La crisis aprieta. Y Obama prometió el cambio. No ignora que los primeros cien días de gobierno son los más propicios para cortar por lo sano. Ideas no faltaron sobre la mesa. De antemano, Obama montó una usina de pensamiento. Allí militan nombres reputados: Summers, Geithner, Volcker, Christina Romer, entre otros.
P.: Pero, no se atrevió a ir a fondo. Lanzó una estrategia que, de movida, luce insuficiente para controlar la inercia de la crisis.
G.G.: El plan financiero es, hoy por hoy, el componente clave. Había un plan A pero se desechó, a último momento, y Tim Geithner, el secretario del Tesoro, optó por anunciar una versión B carente de grandes precisiones.
P.: Desdibujada y mucho menos ambiciosa.
G.G.: Así se dice. Nadie vio el original. Pero, las iniciativas más audaces que se mencionaron en el debate quedaron al margen, en el tintero.
P.: ¿No se está dilapidando una ocasión magnífica de torcerle el rumbo al temporal?
G.G.: La ventana que abren un cambio de gobierno y la irrupción de un nuevo liderazgo es una oportunidad excelente. Pero, la verdad es que se decidió no innovar en forma sustantiva. Se prefirió continuar administrando la crisis.
P.: Que es lo mismo que correr a su zaga distribuyendo aspirinas.
G.G.: Es aceptar perder dos a cero. La alternativa era ponerse al frente del problema. Pero, suponía el riesgo de terminar aplastado. Si Obama hubiese estado convencido de sus probabilidades de éxito, lo hubiera intentado. Su olfato político le dijo otra cosa.
P.: ¿Hasta dónde influye el hecho de que no se haya podido avanzar en una estrategia bipartidaria?
G.G.: Es importante, pero no decisivo. Si los republicanos percibieran que Obama tiene la llave de una solución no tomarían distancia. En el fondo, lo que agrieta la relación es lo mismo que dilata una respuesta efectiva. No se puede soslayar que el problema es muy intrincado y de tamaño enorme, su solución tentativa muy onerosa y, para peor, la medicina recomendada es poco convencional, produce fuertes efectos colaterales y carece de garantías probadas.
P.: ¿No se corre el riesgo de terminar imitando a Japón durante la década perdida de 1990? Siempre se dijo que su principal error fue mandar a los soldados de a uno al combate. No asegurarse su masa crítica en el frente de batalla.
G.G.: Hoy se puede entender mejor el porqué. Todo el mundo comparte la visión de que lo que se anunció no alcanzará. Y a nadie escapa que habrá una nueva ronda de asistencia.
P.: Pero, aun así no hay consenso para incrementar ahora el monto de la intervención y evitar un goteo infructuoso de recursos más adelante.
G.G.: Tal cual. Recuerde que, antes que capotara Lehman, no había quórum para comprometer fondos públicos. Los anuncios de Obama podrán resultar escasos -de hecho, lo son; no sólo el sector privado, el sector público estadual y municipal está despidiendo gente y recortando su gasto a pesar del programa-, pero su magnitud no dista mucho de los máximos que hoy por hoy pueden aprobarse en el Congreso.
P.: ¿Piensa que vamos rumbo a la nacionalización de la banca?
G.G.: La administración Obama fue tajante. No dejará caer ningún banco importante. O sea, las pérdidas netas ya están nacionalizadas. Es la propiedad lo que resta definir. Como la crisis obliga a reponer capital, y no hay otros candidatos a verter aportes que el propio Estado, la estatización parece el camino natural. Pero Obama, en una clara definición de su postura rechaza tomar el control. Reticencia que no se distingue de la del propio Bush. Mientras tanto, los bancos están en el limbo. No van a caer, pero tampoco dejan de perder dinero y su valor de mercado es insuficiente para absorber la sangría. En esas condiciones, el sistema crediticio está paralizado.
P.: Una capitalización forzada de las acreencias -deuda preferida y otras obligaciones- podría ser un atajo alternativo para allegar recursos privados y esquivar la estatización lisa y llana.
G.G.: Está en el menú de opciones bajo consideración. Pero es una cirugía delicada. No se puede hacer en un único banco importante porque, en el acto, afectaría a todos los demás. Si la experiencia sale mal, ya hemos visto el caso Lehman, la crisis inauguraría un nuevo torbellino bajista con final incierto.
P.: El tipo de complicación que un Obama conservador trató de evitar yendo por la variante del plan B.
G.G.: Eso pienso. No está el horno para esos bollos. Hoy Bernanke deslizó la variante que probablemente seguirá el Gobierno: hacer más de lo mismo. Seguir inyectando capital preferido. Citi y Bank of America ya acumulan 45 mil millones de dólares de aportes estatales en acciones preferidas. En el caso del Citi representa tres veces el valor de la compañía. El inconveniente es que ya se vio que ese capital no detiene la zozobra. Y si se transformase en acciones ordinarias, y le pusiera el pecho pleno a los quebrantos, el Estado debería mostrarse como lo que es y no quiere asumir: el dueño y garante principal de la compañía.


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