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Diálogos en wall street
El experto en mercados mundiales personificado como Gordon Gekko, de la película «Wall Street», considera que aún no es momento para modificar las políticas y mostró dudas respecto de un plan de Obama para reencauzar los desbalances globales.
Gordon Gekko: No esperaría mucho. Lo verdaderamente importante ya se hizo. Con éxito.
P.: Nadie discute que se logró contener la tempestad. Los interrogantes apuntan a cómo continúa el empeño. ¿Qué cambios de política se alistan?
G.G.: En lo esencial, no es momento para proponer modificaciones. Ya se logró lo más difícil. Ahora hay que dejar correr la recuperación. Que se asiente y se consolide.
P.: Cuando se anunciaron las iniciativas de estímulo había muchas más críticas que las que hay ahora. No se escucha ninguna voz hoy que urja ponerles límite.
G.G.: Eso facilita la faena. Tres meses atrás había más histeria con los riesgos de inflación, la capacidad del mercado de bonos de absorber el torrente de nuevas emisiones del Tesoro y la efervescencia que bullía en los precios de las materias primas. Esos tres focos de prevención se distendieron. Y, si uno mira, por ejemplo, la cesta de indicadores líderes de los EE.UU., advertirá que clavó su quinta lectura consecutiva de aumento.
P.: Señal de que la recuperación echa raíces.
G.G.: Vamos por la buena senda. Con más pujanza de la que cabía esperar. La zancada del índice líder, estos cinco meses, es la más potente desde 1983.
P.: Y, sin embargo, no atiza los temores de inflación. Los precios de las materias primas son altos; en muchos casos, duplican los mínimos que impuso la crisis, pero, en estos últimos tiempos, extrañamente no subieron. Se mantienen dentro de un rango estable.
G.G.: Si toma la canasta del CRB -una cesta variada que mecha alimentos, energía y metales-, observará que su cotización merodea los mismos niveles desde hace tres meses. Pese a todo lo que ocurrió en el intervalo, la economía confirmó su recuperación, las Bolsas no dejaron de trepar y, además, el dólar se precipitó en retirada.
P.: El petróleo está en el corazón de ese fenómeno. Uno hubiera descontado que la resurrección de la economía lo iba a catapultar a nuevas alturas. Pero hace dos meses que puso el freno de mano. ¿Cómo se explica?
G.G.: El alza del precio del crudo se dio a la par de un fuerte aumento de los inventarios. Lo hemos comentado más de una vez. Y los inventarios comerciales no dejan de abultarse. A ambos lados del Atlántico. Y en Asia. Y hasta en un gran número de navíos «supertanques» que, a falta de mejor ocupación, ofician de depósitos hasta nuevo aviso.
P.: A pesar de los mejores vientos que soplan en la economía.
G.G.: Seguro. En EE.UU., por citar un ejemplo, acaba de concluir la temporada del año de mayor utilización del automóvil. Y los stocks de nafta son un 2,2% superiores a los altísimos niveles preventivos de cuando comenzó la estación favorable.
P.: La demanda no es tan robusta.
G.G.: No. Ni de crudo ni de destilados. No era razonable esperar demasiado de los países de la OCDE. Después de todo, el pico de su demanda data de 2005. Pero parece que también se exageró la fortaleza de la baza china.
P.: El G-20 no tendrá urgencias para desmontar las políticas de estímulo. Pero no me diga que 20 presidentes van a desaprovechar el escenario de Pittsburgh sin dejar ninguna huella mediática. No le creo. ¿Cómo no montarse en la sed popular de mayores regulaciones sobre el sistema financiero? El aniversario de Lehman estuvo signado por la queja de que en materia de reforma no se hizo nada.
G.G.: Desde ya. Lo difícil es conciliar histrionismos muy diferentes con un texto que debe ser respetable. Esperemos que, a diferencia de lo que aconteció en Londres, nadie amague con volverse antes a su casa.
P.: Sarkozy, el presidente francés, después dijo que la reunión había sido excelente.
G.G.: Los temas fueron masticados, dos semanas atrás, por los ministros de finanzas y presidentes de bancos centrales. Por ejemplo, el tópico urticante de las compensaciones a los ejecutivos bancarios. La idea de fijar topes uniformes fue desterrada. Lo bueno es que hay grupos de trabajo que aportan «back up», un respaldo serio. Cuando se caen las propuestas estrambóticas, se puede tomar la letra que aporta, por ejemplo, el Foro de Estabilización Financiera.
P.: Nada muy revolucionario. Nada de ejecución inmediata.
G.G.: Pero mucho mejor que una improvisación glamorosa.
P.: The Wall Street Journal aventura la idea de un plan para enderezar los desbalances globales. Dice que el presidente Obama es el propulsor de la iniciativa.
G.G.: Cita un borrador de Michael Froman. Si lo toma la declaración formal de la reunión, le dará un contorno más elegante. Nunca está mal recordar que el ajuste internacional involucra tanto a los países deficitarios como a los que tienen un superávit en sus cuentas externas.
P.: ¿Alcanza con poner por escrito que los EE.UU. ahorrarán más y que China aumentará su gasto fronteras adentro? ¿O lo que de veras importa es el grado de compromiso efectivo?
G.G.: No existirá lo segundo si antes no consigue lo más sencillo: expresar la intención en un papel. Pero recuerde que el rol esencial del G-20 es el de cultivar el espíritu de coordinación internacional. Cuando la crisis estaba en su apogeo, lo fundamental era evitar el «sálvese quien pueda». Aun hoy, limar la fricción es importante. Fíjese que el presidente Obama acaba de aplicarle aranceles a la importación de neumáticos chinos, y China promete represalias.
P.: Todo lo contrario a lo que predica el G-20.
G.G.: Es que ningún país renunció a fijar su propia política. Y, en tiempos críticos, de estrecheces y miserias, lo normal son los roces. Darles un papel relevante al G-20 y a sus declaraciones de buenas intenciones es lo mismo que señalar que el libre comercio es la regla, y estas escaramuzas, aunque sean muchas, sólo la excepción. Sirve como mensaje de que existe el compromiso de no permitir una escalada.


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