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Diálogos en Wall Street
El especialista en mercados mundiales que se escuda bajo el personaje de Gordon Gekko de la película «Wall Street», de la cual Oliver Stone comenzó a rodar la segunda parte, sostuvo que tanto Europa como Estados Unidos «tendrán que reconstruir sus sistemas financieros y terminar de digerir los muertos que guardan en el armario». Sin embargo, aceptó que no hizo falta un segundo paquete de estímulo fiscal, ya que «la economía respondió antes y mejor de lo esperado».
Gordon Gekko: Amén de haberse convertido en accionistas y principales acreedores de la banca de primera línea.
P.: De Nueva York a Estambul, ¿cuáles son las novedades importantes? Quizás nos falte entrenamiento en leer toneladas de discursos, dígame, ¿qué se resolvió, qué cabe esperar en términos concretos?
G.G.: El mensaje esencial cabe en una sola línea. Las políticas de aliento persistirán; no serán removidas deprisa. Y ese propósito goza de un firme consenso. No enfrenta detractores.
P.: El titular de HSBC señaló hoy (por ayer) que teme que no hayamos visto lo peor; que el mundo afronte una recaída. Y justificó en esa duda una política (de su entidad) muy tibia de expansión del crédito. Si uno inspecciona los sistemas bancarios de EE.UU. y Europa observa, más bien, que el crédito ni siguiera se mantiene sino que se recorta.
G.G.: Todo el mundo presume de conocer historia y promete no repetir los errores del pasado. Por eso, el énfasis en no retirar el estímulo aunque la economía haya dejado atrás la fase de caída libre y comenzado a recuperarse.
P.: Quizás haya que reforzar las iniciativas. Por ejemplo, para contrarrestar la merma del crédito privado.
G.G.: Es temprano para saberlo. Es natural que el crédito responda con rezago. Y que los banqueros, después de haberse quemado con leche, quieran pisar con cuidado. Los mercados de capitales están funcionando mejor y, llegado el caso, sobre todo en los EE.UU., podrían sustituir a la banca. O, más adelante, acercarle el capital adicional que necesita.
P.: El discurso oficial enfatiza el apoyo permanente. Pero todo el movimiento concreto que uno registra consiste en desmontar mecanismos de asistencia.
G.G.: Siempre se trata de ventanillas de poco o ningún uso corriente. Un mensaje simbólico y no una decisión operativa. Las autoridades deben remarcar que no se dormirán en los laureles; que no descuidan el efecto colateral de sus medidas (como una eventual inflación) y que están dispuestas a dar un paso al costado cuando sea oportuno.
P.: También se escuchan anuncios ya de aumentos de impuestos. Tiene el caso de España, uno de las escasas excepciones europeas en las que todavía no se vaticina una salida rápida de la recesión.
G.G.: Es la misma regla. La política de base no cambia. El impulso fiscal no perderá envión.
P.: Se habló, meses atrás, de un segundo paquete fiscal en los EE.UU. Sin embargo, desapareció de la escena por completo.
G.G.: Con razón. La economía respondió antes y mejor de lo esperado.
P.: Reitero la idea del CEO de HSBC. ¿No convendrá prepararse para la eventualidad de una recaída?
G.G.: Ocurre que el grueso del paquete ya aprobado todavía no se gastó. Impactará de lleno el año próximo. No hace falta tocar una sola coma ni sumar nada. La política fiscal está predefinida de manera tal que la parte del león, el equivalente a unos 400 mil millones de dólares, se derramará recién en 2010. Será un salto de casi 3 puntos del producto bruto. Le tomo el interrogante para 2011 (cuando el incentivo marginal disminuye a poco más de 100 mil millones de dólares y produce un desnivel que, como un búmeran, puede resultar peligroso). Si la economía no se afianza en los próximos dos o tres trimestres, si el crédito privado no reacciona, habrá que poner más carne en el asador.
P.: ¿Qué importancia tiene el nuevo rol que se le concede al G-20? ¿Desplazará, en los hechos, al G-7? ¿Es un reconocimiento, tardío, del mayor peso específico de las economías emergentes, empezando por China?
G.G.: El mantra de Pittsburgh fue la búsqueda de un crecimiento «sostenible y balanceado». Ello obliga, por fuerza, a abrir el juego. EE.UU. y Europa emergen de la tormenta con daño severo en su estructura. Tendrán que reconstruir sus sistemas financieros y terminar de digerir los muertos que guardan en el armario. La dinámica frenética de gasto del consumidor estadounidense no podrá revivirse. Crecer, entonces, exige barajar y dar de nuevo.
P.: EE.UU. es el principal promotor de los cambios. Por crecimiento global balanceado lo que pide es que le abran los mercados del mundo a su producción, ¿o me equivoco?
G.G.: Está en lo correcto.
P.: Mientras cierra los suyos. Está fresca la imposición de aranceles a la importación de neumáticos de China.
G.G.: Nadie está exento de contradicciones. Se supone que la medida fue una excepción y no la regla. En lo formal, Pittsburgh condenó la tentación proteccionista y ratificó, una vez más, el papel central del comercio internacional sin trabas.
P.: El protagonismo del G-20 no deja de ser una invitación a que los países que no integraban el G-7 aporten su demanda interna como locomotora de la recuperación.
G.G.: Es así. Los invitan a la fiesta cuando escasea la comida y los instan a que traigan raciones para todos.
P.: Y les pedirán también que dejen revaluar sus monedas. Que no acumulen reservas indefinidamente.
G.G.: El G-20 no habla de monedas. No lo hizo en Londres. Y tampoco en Pittsburgh. El G-7, sí. Es uno de sus temas tradicionales.
P.: Se le solicita a China que estimule su demanda interna, que abra sus mercados y que, además, permita que el yuan suelte amarras con el dólar y acelere su apreciación.
G.G.: Es un mensaje para toda Asia.
P.: ¿Por qué habría de aceptar?
G.G.: China fue quien planteó la necesidad de reformar el sistema monetario internacional. Y de recortar la hegemonía del dólar. Ésa es una plataforma, por cierto, mucho más ambiciosa.


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