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Diálogos en Wall Street
El experto en mercados mundiales personificado como Gordon Gekko, de la película «Wall Street», explica la suba de los mercados a partir de la caída del dólar. Pero advierte que habrá novedades porque ni Europa ni Asia dejarán que el dólar siga tan débil.
Gordon Gekko: Es así. Otra vez manda la adrenalina. Se respira en el aire.
P.: A caballo de la debilidad del dólar resucitaron el oro y las materias primas. Y su empuje movilizó a la Bolsa. La meneada corrección, tantas veces anunciada, quedó pendiente.
G.G.: Al final, corrigieron los bonos del Tesoro. Es otra señal consistente con la idea de que las acciones se alistan para un nuevo embate.
P.: No se sabe por qué -por el informe de empleo seguro que no-, pero reapareció el optimismo sobre la pujanza de la economía.
G.G.: El carro tira del caballo. Son los milagros del dólar cuando cae con suavidad.
P.: Es curioso: más se teme por el futuro del dólar y, en paralelo, más crecen las apuestas a favor de Wall Street.
G.G.: No se temerá, entonces, por su futuro. Se apuesta por su depreciación, no por su desaparición.
P.: Es como correr rápido por una cornisa. ¿Cómo saber que no se producirá un resbalón?
G.G.: Se confía en el guard rail.
P.: Pero no hay un muro explícito de contención.
G.G.: Mire, más gente está dispuesta a correr por la cornisa. Es fácil comprobarlo. Los inversores toman más riesgos, no los reducen. No están abrumados. Dólar y percepción de riesgo se movieron en sentido contrario durante toda la crisis. No es la excepción.
P.: ¿Hasta dónde se puede tensar la soga y evitar que se rompa? ¿Cuándo la caída del dólar se transforma en una crisis cambiaria y deja de
ser un festín para convertirse en un motivo serio de preocupación?
G.G.: Hay distintos umbrales de tolerancia. A Estados Unidos lo desvela menos que a nadie.
P.: Aunque Tim Geithner tuvo que reflotar el discurso del dólar fuerte, la semana pasada.
G.G.: Correcto. En rigor, el G-7, dos fines de semanas atrás, ya lanzó una primera advertencia.
P.: Expresó su disconformidad con la volatilidad excesiva del mercado de cambios. Pero se abstuvo de fijar un límite.
G.G.: Nunca hay una línea tajante demarcada en la arena. Pero el ministro japonés de Finanzas fue bastante contundente como para dar a entender que sus límites están muy cerca de los niveles actuales.
P.: Japón puede ser el primer país del G-7 en intervenir para frenar la apreciación del yen contra el dólar.
G.G.: Ése es el mensaje.
P.: A Europa no le debe causar mucha gracia tampoco que el euro sea el pato de la boda.
G.G.: Está claro que no. No tiene espaldas, en las actuales circunstancias, para cargar con una fuerte apreciación.
P.: Entonces...
G.G.: No debería existir mucho recorrido adicional sin provocar una amenaza renovada -más firme y creíble- de intervención.
P.: Todavía estamos lejos de un euro de 1,60; a distancia del nivel que motivó una respuesta similar del G-7 el año pasado.
G.G.: Me parece que ahora la sensibilidad es mayor. Que la reacción europea (evidenciando su malestar) se producirá antes.
P.: La debilidad del dólar puede haber facilitado el alza de los mercados, pero es probable, si se gatilla la intervención, que la suba se quede sin combustible.
G.G.: Las divisas principales pueden caer contra las monedas de los países emergentes. Ésa es la depreciación que procura el G-7.
P.: Las economías emergentes lucen más robustas que las economías avanzadas. Los precios que suben con rapidez son los de las materias primas. Es lógico que sean sus monedas las que se aprecien. Pero no queda claro que exista una voluntad de permitirlo.
G.G.: Ésa es la gran pulseada subyacente. La razón por la cual se le transfirió protagonismo al G-20.
P.: Debe ser una presión muy fuerte sobre los emergentes.
G.G.: Viene de la mano de un reconocimiento de su importancia, de su mayoría de edad. Es la idea detrás de la prédica por un crecimiento balanceado. Lo que se busca es que se redistribuya la demanda agregada entre los países. Que EE.UU. corrija su déficit externo. El consumidor norteamericano tendrá que moderar su gasto. EE.UU. deberá revertir su patrón de crecimiento y orientarlo hacia las exportaciones netas.
P.: En buena medida, ya está ocurriendo.
G.G.: Así es. Comenzó antes de la crisis, pero se acentuó durante ella. El déficit de cuenta corriente cayó a la mitad. De superar el 6% del PBI, la última medición anotó un rojo del 2,8%. El temor es que el proceso se detenga o dé marcha atrás con la recuperación económica.
P.: Dependerá de lo que ocurra en el resto del mundo.
G.G.: El rol de China y Asia es muy importante. Ellos deberán hacer el giro contrario y promover su demanda interna.
P.: ¿Tienen escala suficiente?
G.G.: Es lo que hay. Los candidatos de antaño, los de siempre, Alemania y Japón, ya no pueden traccionar por sí solos.
P.: Lo que el G-7 pide tiene sus riesgos. Que lo diga Japón que jugó el rol de locomotora en la segunda mitad de los ochenta, infló su economía y poco tiempo después terminó muy mal.
G.G.: No se pide tanto. Nadie criticó a Australia por ajustar su política monetaria. Pero se reconoce su disposición a dejar flotar el tipo de cambio. A no inhibir la lógica apreciación de su moneda.
P.: Es difícil que Asia ceda en ese punto. Uno no se imagina a China soltando las riendas del yuan como si nada.
G.G.: Habrá que negociar. Será más sencillo si hay un acuerdo con otros países de la región. No es aventurado pensar en un sendero de ajuste con más flexibilidad cambiaria y menos acumulación de reservas. De hecho, fue el titular del Banco Central de China, Zhou Xiachouan, el que sugirió, el año pasado, transferir parte de las reservas de los países a una administración centralizada para optimizar su uso. Estamos en tiempos de transición. No debería sorprendernos que surjan novedades.


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