25 de octubre 2010 - 00:00

Diálogos en Wall Street

Periodista: ¿Qué pasará con la guerra cambiaria internacional? ¿Cómo tomar las conclusiones de la reunión ministerial del G-20? ¿Se firmó un armisticio?

Gordon Gekko:
No se apresure.

P.: El comunicado que suscribieron los ministros de finanzas -y presidentes de bancos centrales- no es un documento cualquiera. Tiene mucho más contenido profundo que la declaración de compromiso habitual.

G.G.:
De acuerdo.

P.: Llama la atención que no se limite a la acostumbrada referencia oblicua a la excesiva volatilidad de las monedas que se hace siempre cuando lo que se quiere es ponerle freno a una tendencia incómoda en los tipos de cambio. En este caso, el obvio destinatario es el dólar y su caída en picada. Pero, esta vez, el comunicado va mucho más allá.

G.G.:
No hay dudas. Y piense que la reunión ministerial es una antesala. En rigor, hace las veces de un precalentamiento.

P.: El plato fuerte se servirá el mes próximo, cuando se encuentren los jefes de Estado del G-20.

G.G.:
Tal cual. Allí se retomará la agenda que se esbozó este fin de semana y se le dará el toque final, dentro de un marco temático más amplio.

P.: Pero difícilmente se contradiga lo que acordaron los ministros en su plano específico.

G.G.:
Tiene razón. Pero no es ahora sino entonces que se revelará el verdadero mensaje político de la cumbre de Seúl.

P.: ¿Ahí se firmará el armisticio?

G.G.:
Nunca hubo una declaración de guerra. No habrá tampoco un cese formal de hostilidades.

P.: Pero, en los hechos, cabe esperar que se aplaque lo que Guido Mantega, el ministro de hacienda brasileño, rotuló como «una guerra cambiaria internacional».

G.G.:
Sí. Pero es una tregua. De la que ya ha habido varias. La penúltima, no sé si la recuerda, fue cuando China anunció que regresaba a la flotación del yuan renminbí y abandonaba su rígida vinculación con el dólar.

P.: No duró mucho. El anuncio fue muy rimbombante, pero la realidad resultó por demás magra.

G.G.:
La lección número uno a la hora de tratar de entender cómo evolucionan estos entuertos es no comprarse todo el humo que hay en venta. La estridencia de los conflictos se exacerba inmediatamente antes de las reuniones del G-20 y se apaga después. Es un movimiento que ya se tornó tan regular como las tablas de las mareas.

P.: Y este año se agravó por la concurrencia a las urnas. Las elecciones de mitad de período se harán el 2 de noviembre, justo en el medio del proceso.

G.G.:
Usted lo ha dicho. Y China es el villano comercial de turno. Una campaña política que no lo siente en el banquillo de los acusados no satisface la prescripción médica. Con una tasa de desocupación que orilla los dos dígitos, el mercado laboral sufre de hipertensión. Vapulear a China es suministrarle al votante su dosis diaria de aspirina.

P.: No lo dudo. Pero lo que uno percibe es que, esta vez, el debate ganó en profundidad. No todos los días se reforma la estructura de poder dentro del Fondo Monetario Internacional. Y aquí se acaba de sancionar un cambio de envergadura. Europa, por ejemplo, cede dos asientos. Las economías emergentes ganan espacio notablemente.

G.G.:
Se les reconoce su peso creciente en la distribución del poder económico mundial. Pero, a la par del reconocimiento, anote la mayor cuota de responsabilidad que también se les exigirá. Es todo lo contrario a una guerra. Lejos de romper vínculos, se fortalecen los lazos que, tarde o temprano, terminarán atando su compromiso a un esfuerzo común.

P.: Usted me dice que lo que parece un triunfo del músculo político de las economías emergentes conduce, en rigor, a una telaraña que les terminará restringiendo la libertad de movimientos.

G.G.:
Ya le dije más de una vez: no se coma todos los amagos. Un acuerdo como éste no se forja en dos días. No surge de la nada. No lo podrían suscribir los ministros de finanzas sin un aval previo de sus respectivos jefes de Estado. Cuando Guido Mantega meneaba el tema de la «guerra cambiaria», era muy gráfico para describir la realidad sobre la superficie.

P.: La punta del iceberg, pero, usted quiere decir, no su totalidad.

G.G.:
A la par, los contendientes estaban negociando estrechar vínculos. Exponían públicamente sus diferencias, las medidas unilaterales a las que podían echar mano, su voluntad de reservarse ciertos límites de acción, pero también tejían la trama de un acuerdo.

P.: La guerra es visible. Pero, en la escena económica internacional, todavía pesa más la cooperación que el conflicto.

G.G.:
Definitivamente. Compare con la Gran Depresión y se dará cuenta a simple vista. La guerra en serio es otra cosa.

P.: Sin embargo, no hubo margen para acordar un abordaje más preciso sobre la cuestión de fondo: cómo se corregirán los desbalances de las cuentas externas.

G.G.:
Espere que concluya la reunión presidencial antes de establecer conclusiones definitivas. No se apresure. Los ministros sirven el plato de sopa y, a lo sumo, la entrada. Si hay postre, si hay una mesa de dulces, serán los presidentes los que se llevarán todo el mérito.

P.: ¿Cree que finalmente surgirá una propuesta concreta sobre la resolución de los desequilibrios globales?

G.G.:
Yo creo que no. Y no me parece buena idea forzarla si de veras no hay un marco razonable de coincidencias. La verdad es que cuesta ver a EE.UU. absteniéndose de llevar adelante una política monetaria muy expansiva si los aprieta el fantasma de una recaída en la recesión. Aunque el resto del mundo crezca en forma satisfactoria. Tampoco es fácil instalar a Japón en el casillero que tácitamente le exigen los demás.

P.: No se privó de intervenir para disuadir la apreciación del yen.

G.G.:
La comunidad internacional supone que un país con superávit de cuenta corriente no debería interferir. Pero la agenda nacional apunta a contramano. Y, en la encrucijada, tuvo derecho de paso.

P.: China también hace caso omiso a las demandas internacionales. No se aparta de lo que le dicta su propia agenda.

G.G.:
¿Quién no? Por eso, me parece sensato preservar un andamiaje flexible. Lo importante es que los desequilibrios disminuyeron, no se están disparando. ¿Los avances podrían ser más contundentes? Sí. Pero la rigidez de fijar obligaciones de cumplimiento estricto no es una panacea. Ya vimos -desde Lehman hasta la crisis europea- que, en un contexto de fragilidad, los riesgos de provocar una fractura son mucho mayores.