24 de septiembre 2013 - 00:00

Diálogos en Wall Street

Todos hablan sobre la Fed. Incluso, una larga fila de funcionarios anotados para dar explicaciones. En paralelo, la enésima edición de la puja por el techo de la deuda pública comienza a robar la atención. Con Gordon Gekko, el veterano analista de mercados, examinamos el futuro que se cierne sobre Wall Street.

Periodista: Después del revuelo que produjo la decisión de la Fed -o, si se quiere, la indecisión-, lo que asoma es, otra vez, una cascada de declaraciones. Hay oradores anotados prácticamente todos los días de la semana.

Gordon Gekko:
Bueno, dado que son muchos, borre a uno de ellos...

P.: ¿A quién?

G.G.:
A Janet Yellen, la vice de la Fed.

P.: ¿En serio?

G.G.:
Estaba agendada en el Economic Club de Nueva York para el martes próximo, pero el fin de semana canceló su participación.

P.: Después que le ganó la pulseada a Larry Summers, es la voz que todos querrían escuchar, la favorita a sustituir a Ben Bernanke al comando de la Fed en febrero próximo, y la persona que, en última instancia, probablemente deberá ocuparse de ponerle un final a la compra de bonos en masa.

G.G.:
No querrá perjudicar sus chances. No ahora que hasta la propia administración admite que lidera la carrera por la sucesión. Ya tendrá tiempo de explayarse más adelante.

P.: Hoy (por ayer), hablaron tres altos personeros de la institución. No se advierte una línea común. Está claro que hay divisiones entre los que tienen que tomar una decisión.

G.G.:
La diversidad de opiniones, muchas veces, enfrentadas, ha sido la tónica de la política no convencional. Nunca hubo tantas discrepancias al interior de la Fed. Pero, le aclaro, de los que usted escuchó, sólo uno tiene voz y voto: William Dudley, presidente de la Fed de Nueva York, y, por ende, brazo ejecutor de las directivas. Ni Richard Fisher, de la Fed de Dallas, ni Dennis Lockhart, de Atlanta, forman parte de la actual rotación en el comité de mercado abierto.

P.: Dudley es muy influyente.

G.G.:
Es parte del trío -con Bernanke y Yellen- que se reputa como el que cocina las decisiones.

P.: Dudley votó en contra de modificar el QE3.

G.G.: Así dijo.

P.: Y por las razones que citó -que tienen que ver con la falta de profundidad en la mejoría de las condiciones laborales y de fortaleza en la marcha de la economía-, nadie debería haberse sorprendido por la inacción de la Fed.

G.G.:
Haberlas mencionado una semana antes. Por alguna razón, mantuvo silencio de radio. Fue Dudley, inmediatamente después de la reunión de junio, el que recordó que la Fed no estaba cumpliendo con sus mandatos de pleno empleo e inflación al 2 por ciento. Pero siempre votó alineado.

P.: Lo interesante de las palabras de Dudley es que hizo una referencia concreta a la incertidumbre fiscal que campea hoy en día. Y la ató a la que genera la propia debilidad de los indicadores económicos. ¿No es una admisión de que las complicaciones que se advierten en la discusión sobre el "techo" de la deuda tuvieron un papel a la hora de mudar lo que pudo ser la intención original del banco central, de comenzar a retirar el QE3?

G.G.:
Dudley describió su voto personal. Pero no cuesta trabajo pensar que también haya incidido en los demás.

P.: No parece ser un tema de rápida resolución.

G.G.: La experiencia indica que nada se resuelve si no es a último minuto, como pasó en 2011 con este mismo asunto, o sobre el filo del año pasado, con el "abismo fiscal". Otra alternativa es que no haya acuerdo.

P.: ¿Es posible?

G.G.:
Si la cuestión no es de vida o muerte, como pasa hoy con el "sequester", no hay arreglo.

P.: Se sabe que la naturaleza de la discusión se asimila más con el abismo fiscal, con la noción de un salto al vacío, que con una incomodidad manejable como la poda del gasto que supone el "sequester"...

G.G.:
Quizás haya que refrescar los conceptos. Un cierre temporario de áreas de Gobierno, a la manera de las que padeció Bill Clinton, un par de veces, en los años noventa, y por esta misma razón, no está fuera del radar.

P.: ¿Le parece?

G.G.:
Le parece a más de uno. El desgaste es muy grande. Las últimas experiencias de Obama en el Congreso han sido desastrosas. Y los republicanos no la tienen más fácil. Las bases quieren confrontar. La gente que vota en las primarias del partido piensa que sus legisladores han sido muy condescendientes con Obama, exige voltear la reforma de la salud como moneda de cambio. Así se hace imposible negociar. Es como si se necesitara un accidente previo para poder arrimar posiciones.

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