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Diálogos en Wall Street
Los mercados internacionales pendientes de Grecia, como en la primera vez, en 2010. ¿Cómo termina esta disputa?

Gordon Gekko: Hace tiempo que es así, lo novedoso es que los mercados ahora están pendientes -minuto a minuto- de su destino.
P.: ¿Cómo cree que termina esta historia?
G.G.: Hay dos noticias a tener en cuenta. La noticia obvia es que termina mal. La otra, la buena, es que todavía no termina.
P.: La paciencia alemana parece haber llegado al límite. Ya ni siquiera hace esfuerzos por ocultar la gravedad de la situación. Y Berlín tampoco niega -como antaño- la posibilidad de que todo acabe en un default.
G.G.: Berlín no define.
P.: Nadie en Europa quiere mover un dedo a favor de Atenas.
G.G.: Siendo así, usted debería preguntarse cómo diablos dura tanto.
P.: La respuesta es...
G.G.: Perro que ladra no muerde. Por la razón que fuera. Concretamente, EE.UU. no quiere que nadie haga olas. Lo ha dicho el presidente Obama, el secretario del Tesoro Lew, y no una sino varias veces. EE.UU. puso el freno de mano.
P.: Nadie quiere producir una catástrofe, pero nadie quiere financiar a Grecia...
G.G.: Ese es el problema. Por eso no desaparece del radar. Hay que refinanciar los vencimientos de Atenas, y EE.UU. que no quiere olas, tampoco quiere hacerse cargo de la factura. Mientras tanto, el BCE es quien alimenta el respirador artificial de la liquidez bancaria.
P.: Parecía que Merkel le había dado el visto bueno a una reprogramación que pateara las obligaciones a marzo de 2016.
G.G.: Eso se dice. A cambio de que Grecia ejecutara tan sólo una reforma de las que se le pide.
P.: El Gobierno de Syriza no dio el brazo a torcer.
G.G.: Créase o no, no le va tan mal en las encuestas con la opinión pública interna.
P.: A pesar de que la recuperación de la economía -la proeza de 2014- abortó como cortesía de la estrategia que planteó el primer ministro Tsipras, y la incesante hemorragia de los depósitos bancarios.
G.G.: Es difícil entender la lógica del Gobierno. Por otra parte, el ajuste fiscal de facto
-derivado de la ausencia de vías alternativas de financiamiento- es monstruoso.
P.: Tsipras ganó prometiendo acabar con las políticas de austeridad que impedían el crecimiento. Hizo lo contrario. Provocó un shock de desconfianza, liquidó toda expansión y tuvo que ceñir el cinturón de las cuentas públicas.
G.G.: Y quemó reservas mes tras mes hasta llegar a una situación de asfixia, en la que es difícil negociar un arreglo que permita soñar con algo más que estirar la agonía.
P.: ¿Cómo sigue la película?
G.G.: Es más sencillo imaginar el final que los pasajes intermedios. Un par de años atrás planteamos un bis de la operación Chipre. Hoy es un escenario inevitable.
P.: Ninguna salida del euro, ningún Grexit. Pero sí la aplicación de controles de capitales "temporarios"...
G.G.: Y reestructuración de pasivos públicos y privados.
P.: La deuda pública en poder de los privados ya sufrió un recorte importante. Hoy la deuda que verdaderamente pesa está en manos de los multilaterales y los socios de la eurozona.
G.G.: A plazos largos, en período de gracia y con intereses irrisorios. Se gana poca caja metiendo mano allí. Habrá que raspar de nuevo donde ya pasó la afeitadora. Y en los depósitos bancarios.
P.: Habrá que ver si un Gobierno como el de Syriza acepta esas condiciones.
G.G.: Mientras la población reclame la permanencia en la moneda común, y hoy el 70% apoya la moción, Tsipras no tiene alternativas más agradables.
P.: Y, sin embargo, no hace nada por escapar de un trance inexorable.
G.G.: Son los padres de la tragedia, no lo olvide.


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