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Diálogos en Wall Street
Habló un hombre de la Fed y volvió la paz. No habló de tasas, sino de petróleo, señal de que a la Fed no se le escapa el barullo que agita a las Bolsas. Nos lo cuenta Gordon Gekko, desde Manhattan.
Gordon Gekko: Y en condiciones de sobreventa extrema.
P.: ¿Tendrá mejor suerte el rebote que se lanzó al mediodía? Lleva nombre y apellido: James Bullard, titular de la Fed de Saint Louis.
G.G.: Este es un mercado emocional. No le pida mucha racionalidad.
P.: Sin embargo, Bullard hizo un aporte racional y tuvo eco. Encendió una expectativa favorable. Y el enésimo conato de recuperación.
G.G.: Eligió bien el momento. Y el tema. Atacó a una de las fobias que hoy persigue a Wall Street y no le deja conciliar el sueño.
P.: La caída pronunciada del precio del petróleo...
G.G.: Dijo lo obvio. Una reducción de su precio es un fenómeno positivo para la economía de los EE.UU. Y una menor expectativa inflacionaria.
P.: Quizás hacía falta que alguien lo recordara a viva voz.
G.G.: La Fed lo tiene claro.
P.: Es la Bolsa la que no luce convencida. O, por lo menos, no hasta que Bullard abrió la boca.
G.G.: Veremos si cambia. La correlación entre Wall Street y el barril creció tanto que ambos llegaron a mimetizarse. Baja el precio del crudo, bajan las acciones. Es automático. Y los pronósticos sombríos sobre el petróleo -que se irá a 20 dólares, a 10 dólares, o al nivel de quien dé menos- están hundiendo a Wall Street como si se avecinara el fin del mundo.
P.: ¿No tiene lógica?
G.G.: Piénselo en el límite. Supongamos que el petróleo fuera tan abundante que resultara gratis, ¿sería el fin de la economía mundial o el principio de un boom de magnitud inimaginable? Sería un shock expansivo de enorme potencia...
P.: El acento está puesto en el riesgo de los muchos quebrantos que sin duda ocurrirían...
G.G.: Un problema más propio de los mercados de crédito que de la Bolsa (sacando a las acciones de energía y, si usted quiere, a las de los bancos que les prestaron).
P.: Los bonos corporativos, sobre todo los de dudosa calidad, han sufrido mucho por esta causa. Ciertamente más que las acciones.
G.G.: Seguro. Aunque no en este último resbalón. Fíjese que se achicó la brecha entre la marcha de las acciones -que cayeron a plomo- y los bonos basura, que no se han movido tanto. Los mercados primarios de deuda permanecen activos. Polonia y Chile salieron con emisiones soberanas de envergadura, a tasas muy relajadas. El revuelo, esta vez, está focalizado claramente en la Bolsa.
P.: Y ya cruzamos una frontera. Wall Street pisó oficialmente territorio de corrección.
G.G.: Por segunda vez en seis meses. Estamos siendo repetitivos. Aunque Bullard, en la coyuntura, nos sacó del brete.
P.: Las acciones de pequeñas compañías entraron en su propio mercado bajista. El Russell 2000 -el índice que las agrupa- decayó más del 20%...
G.G.: No es una buena noticia. Pero es menos dramático que lo que puede parecer. Su volatilidad media es muy elevada. Exageran siempre, al alza o a la baja.
P.: ¿Y cuál es su lectura de las tribulaciones? No me puede negar que hay algo que no funciona bien...
G.G.: Las predicciones de la teoría del petróleo barato son alentadoras; la praxis, no lo ha sido hasta ahora. Y los mercados desconfían. Llevamos un año y medio desde que se sumergieron los precios del petróleo y no hay signos de "boom". Eso es empírico. Un 100% comprobable. La economía mundial decepcionó en 2015 al desacelerarse contra todos los pronósticos. Ergo, los inversores toman la caída de los precios del petróleo y de las materias primas como una señal de enfriamiento, de retracción en la demanda global y posible parate. Y no sé si van a cambiar su opinión porque Bullard -o la realidad- les diga que el inconveniente viene del lado del aumento de la producción. O por algo más simple todavía. La apreciación del dólar. En la duda, y en una situación ambigua, la Bolsa pasa a rendir examen. Como en agosto pasado, en ayunas, como si fuera un chequeo de rutina.


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