29 de febrero 2016 - 00:00

Diálogos en Wall Street

Wall Street levantó cabeza, pero la procesión continúa. La desconfianza manda a pesar del repunte de las cotizaciones. ¿Cómo sigue la película?, le preguntamos a Gordon Gekko.

Periodista: El fin del mundo se postergó. En su lugar, Wall Street instaló el enésimo rally de contragolpe. ¿Es un nuevo engaño, otra trampa cazabobos, o la conclusión del episodio bajista con que nos recibió 2016?

Gordon Gekko:
El mantra es que todo rally es buena oportunidad para vender. Y el pesimismo no se ha movido un ápice.

P.: Es un rally sin volumen. Más que sospechoso.

G.G.:
Sin volumen, sin flujos, sin entusiasmo. Eso sí, lleva dos semanas consecutivas en cartel, y logró un avance que merodea el 4,5%, algo que no veíamos en casi un año.

P.: ¿Y cómo lo consiguió?

G.G.:
Sobran los cortos. Y la suba imprevista forzó a cubrir posiciones. No siempre los bobos son los que compran. De hecho se lo ha visto a Jeff Gundlach, el rey de los bonos de Double Line Capital, otrora un pesimista, en la rara actitud de comprar acciones.

P.: Han bajado mucho de precio, pero no están baratas.

G.G.:
Todo es relativo. En relación con los bonos, que hoy son el refugio favorito, son mucho más baratas. Y no lo digo yo, lo afirman los recursos de un especialista dedicado a la renta fija, y que decide saltar el cerco.

P.: ¿Piensa que la zozobra terminó?

G.G.:
Bastaría con una andanada de sólidos balances, que muestren rentabilidad e ingresos en ascenso, para cerrar la discusión.

P.: Acabó la temporada de estados contables, y a esos balances no se los vio pasar por aquí.

G.G.:
Entonces no hay garantías de que haya terminado. Le aclaro, tampoco se vio pasar a la recesión que se anuncia. Estamos en tierra de nadie. El cielo puede esperar. Y nos va a hacer esperar. Los estimados de ganancias para el trimestre en curso, que apuntaban a un aumento interanual del 0,5% cuando se los sumaba a fin de año para todas las compañías del S&P500, hoy por hoy, arrojan una caída del 7,4%.

P.: Es un deterioro punzante...

G.G.:
Recién para el tercer trimestre hay signos de recuperación. Condicional.

P.: ¿Resistirá la Bolsa toda la presión que recibe con una sequía de resultados tan prolongada?

G.G.:
Es lo que estamos poniendo a prueba. Wall Street está poblada de osos hambrientos, pero cuando Jamie Dimon (el CEO de JPMorgan) abrió la billetera personal, y compró medio millón de acciones del banco, se acabó la embestida. Los bancos estadounidenses ganan fortunas, eso se puede corroborar fácil. Y la exposición a los malos negocios de la energía es pequeña. Los osos están muy perezosos. En río revuelto, hacen ganancia. Pero cuando Dimon les paró el carro, concedieron el punto.

P.: En los rebotes anteriores -los rallies que promovieron banqueros centrales como Draghi y Kuroda- la tregua se esfumó pronto. Usted decía que los grandes tiburones olían sangre, y que no iban a soltar la presa.

G.G.:
La recuperación de los papeles es muy endeble. No hay mejoría en los fundamentos. Y la munición que prometen los bancos centrales -BCE, Banco de Japón y de China- tiene efectos acotados. Así no es fácil salir del atolladero. Y si la psicología se resiente, la Bolsa es un blanco atractivo. El tema es hasta dónde llega el castigo. La corrección, que es una caída de más del 10% desde los máximos, no se pudo evitar. Pero una retracción superior al 20% es una apuesta más seria. Sin recesión, sin una Fed urgida por subir las tasas, sin shock crediticio adverso, no es tan sencillo fabricar un mercado bear. Entiendalo: este era un mundo de tasa cero, la Fed elevó las tasas un cuarto de punto, y ahora es un mundo de tasas negativas. Y no se olvide: sólo de dividendos, el S&P rinde hoy el 2,23%. La tasa de diez años, apenas el 1,56%.

P.: Llegado el punto, los tiburones preferirán comprar acciones.

G.G.:
Los tiburones son eso. Ni osos ni toros recalcitrantes. Son tácticos. Cazan de ambos mostradores. Van a agotar el lado corto porque es donde hoy está el "pique". Pero en aguas más profundas, hay valor en armar posiciones largas. Ahí lo tiene a Gundlach, antes pesimista, hoy un creyente renovado.

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