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Dios no perdona
La mirada agresiva y amenazante de Diego Armando Maradona. El técnico de la Selección, más allás de arrepentirse de sus dichos en la conferencia de prensa, reiteró sus exabruptos.
Lo del miércoles a la noche es intolerable, no se puede hacer la vista gorda, ni siquiera puede refugiarse en cientos de pulsaciones por el fervor del triunfo logrado, porque la locura desbocada tuvo tres estaciones: en el campo de juego abrazado con Bilardo, en el pasillo rumbo al vestuario visitante del Centenario ante la requisitoria de Martín Arévalo de TyC Sports, y un cuarto de hora más tarde repitió lo mismo y hasta redobló la apuesta de desubicación ante la sola presencia de Juan Carlos Pasman, enviado del canal América, personalizando en ese periodista a un enemigo inexistente. Al arribo a Ezeiza, ya en la madrugada de ayer, hizo un gesto demasiado obsceno como para describirlo y lejos de mostrar cordura, por la tarde habló por radio Continental. «No tengo por qué disculparme, fue un desahogo. No pienso volver atrás sobre el tema. La gente sí se merece la clasificación. Los que hablaron, los que dijeron un montón de cosas saben que son antiargentinos y eso yo no lo perdono». También habló, aunque con menos énfasis de fútbol. «Yo estoy esperando la explosión de Messi. Cuando entrena se libera, pero en los partidos no lo puede hacer».
Sorprendió la aparición en escena de Bilardo cuando todavía los jugadores pisaban el campo de juego, porque brilló por su ausencia en La Paz, la tarde del 1-6 ni tampoco apareció mucho delante de las cámaras en la fría noche rosarina ante Brasil. Igualmente Diego también habló del doctor por Continental. «Fue muy lindo el abrazo con Carlos. Él siempre estuvo pendiente de lo que hacíamos. Aporta y por eso fue el abrazo». En fútbol está todo inventado, se dice y lo sostenemos, sólo que muchas veces se puede mejorar todo o nada, depende del volumen de trabajo, de la calidad del entrenamiento y de la abstracción de lo externo para imbuirse en la planificación o la estrategia para un partido o en la conformación de una lista de convocados. Muy lejano de nuestra triste realidad. Ni siquiera pudimos aliviarnos por el objetivo cumplido, ni eso nos permitieron, tuvimos que arremangarnos e intentar explicar un cúmulo de agravios infundados, porque si hablamos de críticas, Diego recibió el privilegio de salir indemne de la goleada boliviana, de perder un invicto de local de 16 años, de no haber encontrado nada de la base donde se cimienta un equipo de fútbol y hasta se llegó a lograr que jugadores indiscutidos en los mejores clubes del mundo, se transformen en mutantes vestidos de celeste y blanco dentro del campo.
En nuestro país, los tres cargos públicos con mayor margen de crítica son los de Presidente de la Nación, ministros de Economía y seleccionador de fútbol. Desconocer eso, es dar muestras de no estar preparado para el cargo. Daniel Passarella, cuando asumió al frente del equipo nacional en 1994, aceptó las injustas reglas del juego del puesto: «Asumí con el 100% de apoyo popular. Mantuve ese porcentaje hasta la primera lista de convocados». Así será siempre, y nadie, se llame como se llame cambiará esa realidad.
Lo mejor que hizo Maradona, el mejor jugador del fútbol del mundo de toda la historia, fue conseguir el objetivo que estaba en alerta cuando asumió en noviembre del año pasado, pero ni siquiera él permitió obligarnos, con el resultado conseguido, a buscar un elogio a su gestión. Sus ganas de revanchismo, innecesarias, dando muestras de no saber disfrutar de un triunfo con sabor a hazaña, quedan en segundo plano con semejantes exabruptos sin la más mínima muestra de reflexión. Cuando le había llegado el momento de cobrar el crédito ganado por la clasificación a Sudáfrica, él mismo, en su peor versión, como la de años anteriores, se traicionó. Él mismo se cortó las piernas.


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