Dos mujeres, dos épocas y una cárcel interior en común

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La autora, profesora en la Universidad de New South Wales, reside desde hace una década en Australia.

Atrapadas en adicciones, pasionales o alimentarias, dos mujeres con un siglo de diferencia tratan de escapar a un destino de encierro en "Cuando pase la lluvia" (Emecé) de Judith Mendoza-White, narradora argentina que desde hace una década reside en Australia, donde es profesora en la Universidad de New South Wales. Ha publicado la novela para chicos "Un remedio para Benvolio" y el libro de cuentos "De lutos y adioses". Su obra fue finalista del Premio Hispania de Novela Histórica 2013. En su paso por Buenos Aires dialogamos con ella.

Periodista: ¿Por qué su novela, que relaciona dos épocas históricas, la de Rosas y la de Kirchner, sólo cuenta el mundo íntimo de las protagonistas?

Judith Mendoza-White: No me interesaba reflejar hechos históricos; quería centrarme en la historia social femenina de la época. Las circunstancias de la vida diaria. Observar los detalles, las maneras, los modales. Por caso, la forma de dirigirse a los criados en la etapa colonial, los modos de interacción, las comidas, los vestidos, los hábitos. Siempre tuve en claro que no dejaría pasar a la política, no era el objetivo de la novela.

P.: ¿Cómo descartó, por tomar dos datos, la Mazorca y el casamiento igualitario?

J. M-W.: Tanto Mercedes, en la época de Rosas, como Cecilia, en los años de los Kirchner, están encerradas en lo suyo, están tan preocupadas por sus conflictos personales que no tienen espacio para otra cosa. Viven una realidad que las aísla de la realidad. No todas las mujeres son militantes. Lamentablemente, hay mujeres que pasan por la vida sin involucrarse. Hay personas que en épocas terribles sostienen que no se enteraron de nada. Mercedes está involucrada en una situación escandalosa, en un amor socialmente inconveniente que la arrastra pasionalmente. No puede ver más allá de eso, y no le importa nada de lo que ocurre puertas afuera. Está acorralada por mandatos patriarcales que la vuelven, primero, posesión del padre, y luego posesión del marido. La opción es muro o marido. Y la muerte es preferible a la deshonra. Mercedes confiesa, escribe, que está como ciega. A su vez Cecilia, en la actualidad, está encerrada en un desorden alimenticio del que no puede escapar, en una relación que la tiene enganchada, y en un universo familiar, madre y hermana, que la tiene atrapada. Está encarcelada, porque un desorden alimentario es una cárcel (lo sé por experiencia propia, experiencia que pude superar). Cecilia no tiene espacio mental ni físico para involucrarse con el resto del mundo. Esas dos mujeres de mi historia están absolutamente concentradas en ellas mismas y en sus historias. Y tienen secretos que las hacen acorazarse aún más.

P.: Lo que le ocurre a la mujer antigua bordea el incesto; la de la actualidad, la neurosis.

J.M-W.: Acaso después ella se dirá: ¿cómo pude estar así? Hay personas que tejen su propia red para enredarse. Quise mostrar en la novela que Cecilia podía escapar de su enfermedad física, de su relación enferma, y simplemente no se lo permitía, le llevó años darse cuenta. El diario íntimo de Mercedes le hace ver sus propios errores, le refleja sus equivocaciones, y le da elementos para romper la cadena en la que se ha atrapado a sí misma, que es más triste que una cadena impuesta. La historia trata de hasta qué punto somos dueños de nuestro destino, y podemos corregir nuestros errores.

P.: ¿La influyó Cortázar en lo del cruce entre dos mujeres separadas en el tiempo?

J.M-W.: No que yo sepa. Hay sí influencia de Borges. Lo que me interesó fue la vida cotidiana de las mujeres, social, familiar, en nuestro país en el siglo XIX. Me preocupaba su mundo cerrado. Siempre hubo excepciones. Adelantadas hubo en todas la épocas, pero yo quería saber de la mujer común, no de una Encarnación Ezcurra, aunque también hay pistas de esas otras en las novelas de Gálvez. A medida que investigaba fue apareciendo Mercedes Saavedra, esa chica de una aristocrática familia anglocriolla que se enamora del novio de su hermana y provoca un escándalo. Mis investigaciones en la Biblioteca Nacional me impulsaron a usar cartas, un diario íntimo como parte del relato. Por ahí leí el soneto "La lluvia" de Borges "la lluvia es una cosa que siempre ocurre en el pasado" y quien la oye caer descubre cosas que le fueron reveladas en el ayer, o desde allí. Y ese otro texto donde Borges dice "¿En qué ayer, en qué patios de Cartago cae también esta lluvia?" Esas ideas me llevaron a ampliar la perspectiva de la novela, y me dieron el titulo: "Cuando pase la lluvia". Imaginé la conexión con una mujer de nuestra época, bulímica, que de forma casual encuentra los papeles de Mercedes. Las dos, con un siglo de distancia, viven dramas por estar con el hombre equivocado. Me pareció que esa conexión le daba una vuelta diferente a la novela romántica.

P.: La novela sucede en el mismo lugar en dos tiempos distintos, y usted la escribió en dos lugares distintos en un mismo tiempo?

J.M-W.: En Buenos Aires tuve la primera idea, hice las primeras investigaciones y un boceto de lo que pensaba escribir. Empecé a desarrollarlo en Sydney, donde vivo desde hace diez años. Estoy casada con un australiano y tengo un hijo. Pero vengo por lo menos dos veces al año a Buenos Aires, y me quedo un mes. Acá profundicé en los usos lingüísticos de las primeras décadas del siglo XIX, trabajé con diarios y documentos de la época, para dotar de realidad la ficción.

P.: ¿Qué escribe ahora?

J.M-W.: Mi segunda novela ya está casi lista, es también histórico romántica pero totalmente diferente, y ocurre a principios del siglo XX.

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