10 de agosto 2009 - 00:00

EE.UU., de postrado ahora camina con muletas

José Siaba Serrate
José Siaba Serrate
Julio destruyó 247 mil empleos netos en los EE.UU. y la noticia se recibió -salvo por los involucrados directos- con inmenso entusiasmo. No sólo no hubo que sacrificar al mensajero sino que los inversores proyectaron a Wall Street -el correo principal de la rebelión frente a la crisis- a niveles no vistos desde octubre de 2008.

La tesis de una recuperación económica en ciernes obtuvo un espaldarazo en el terreno que se probó siempre más hostil. Una golondrina no hace el verano pero ya corrieron seis meses desde el momento más crudo del invierno. El año 2009 comenzó con una pérdida neta de 741 mil puestos en enero. Con milimétrica precisión, tres veces mayor que en julio. En la temporada feroz de inclemencias, entre octubre y abril, no hubo un solo mes donde no se pulverizara, como mínimo, medio millón de empleos. O sea, más del doble que el flamante registro. En rigor, desde que colapsó Lehman Brothers -y la crisis se transformó en vorágine- nunca hubo un período, si cabe el término, tan benigno.

Las cifras, se sabe, están sujetas a revisión. Y en este ámbito las correcciones, mes a mes, suelen ser profundas. Conviene reparar, sin embargo, en que la mejoría de las condiciones laborales no descansa sólo en los datos recién horneados de julio. Ya se dijo que, después de abril, amainó el huracán de la destrucción de empleos. No volvió a superar el umbral del medio millón. Y si se toman en consideración los promedios móviles de los tres últimos meses emerge nítido el perfil del proceso subyacente: tras una erosión máxima de 701.000 posiciones en el trimestre concluido en febrero, la tendencia es monótona decreciente. La poda declina mes a mes y así se redujo a 331 mil puestos en el período que cierra julio. Volviendo a las revisiones: si bien su magnitud varía en forma ostensible y resulta inasible para las predicciones, otra cosa es su signo. Ocurre que la corrección de las cifras originales opera en rachas que se mimetizan con la dirección del movimiento de fondo. No es casual: muchos renglones se estiman conforme a modelos que descansan en supuestos muy sensibles al ciclo y sólo se miden -de manera efectiva- en instancias posteriores. Importa, pues, que el informe laboral de julio también haya elevado en 43 mil empleos la nómina estimada a junio. Es un cambio de signo. Augura la posibilidad de venideros retoques alcistas.

¿Cuánta celebración merece que EE.UU. haya destruido «sólo» 247 mil empleos? ¿Acaso la recesión no data de diciembre de 2007 -conforme el dictamen oficial del National Bureau of Economic Research (NBER)- cuando, según los guarismos actualizados, la economía todavía era capaz de crear 120 mil puestos netos de trabajo? La crisis financiera ya era un severo dolor de cabeza antes de Lehman. Y en los ocho meses iniciales de 2008 -previos al crucial percance-, la tala de empleos promediaba los 137 mil (holgados cien mil menos que el dato efusivo de julio). ¿No deberían medirse una y otra situación con la misma vara? Después de todo, la hemorragia prosigue. Y por desangrarse lento también se muere.

Crecimiento positivo

No es capricho: hay razones para el optimismo. Más si se cruza la información recién recibida con la que proviene de fuentes diversas. La estabilización -no sólo de las condiciones financieras sino del vapuleado sector real- dejó de ser una mera promesa. Toda la evidencia disponible apunta a que la economía logrará, en este tercer trimestre, anotar un crecimiento positivo. Que, después del vigoroso repunte de las ventas de autos de julio (16%), hasta podría superar el 2%-2,5%. Caminar con muletas y hacerlo rápido no es sinónimo, desde ya, de rehabilitación completa. Pero es un avance notable para un paciente que hasta marzo estaba postrado sin pronóstico alentador.

Demoler una recesión requiere más que un trimestre positivo. De hecho, el primer paquete de estímulo fiscal -aquel sancionado por el Congreso a instancias del presidente Bush- apuntaló el consumo del segundo trimestre de 2008 y llevó al Producto Bruto a una cima. Pero fue una estrella fugaz, no pudo torcer el rumbo. Cuando pasó la ola de incentivos, se produjo la rendición del consumidor. La recesión recrudeció, antes inclusive de que terciara Lehman.

Las condiciones laborales, puede esgrimirse, son hoy peores que entonces. Es verdad. Pero el andamiaje de estímulo fiscal y monetario es una estructura más vasta y portentosa. Y se apoya en anclajes que no serán retirados deprisa. Quien compare las fotografías preferirá quizás la situación de otrora. Pero la película marca claras diferencias. La dinámica de mejoría actual -aunque parte de un piso notoriamente más bajo- es muy superior, aun en el terreno escarpado de lo laboral. Ya se dijo hasta el hartazgo que contar empleos no es anticipar el futuro sino corroborar el presente. Las variables que predicen son otras. Tales los pedidos de subsidios de desempleo, que disminuyeron desde los 674 mil -la semana al 28 de marzo- a los actuales 550 mil al 1 de agosto. O el oráculo más esquivo de todos: la marcha de las horas trabajadas. Y aquí yace, fuera de toda discusión, la principal contribución favorable del informe de julio. Tras recortar las horas empleadas, invariablemente, a un ritmo anualizado en torno al 9%, el mercado laboral las mantuvo constantes el mes pasado (y las aumentó en la industria). Puede decirse, sin exagerar, que el talón de Aquiles de la tesis de la recuperación dejó, por primera vez, de sangrar.

Dejá tu comentario