3 de agosto 2009 - 00:00

EE.UU.: sin señales de despegue económico

José Siaba Serrate
José Siaba Serrate
Las cuentas nacionales de los EE.UU. confirmaron el viernes lo que la Bolsa intuye desde marzo. Gracias al celo de las autoridades, la fase crítica de una economía en caída libre porta faja de clausura. Las convulsiones post-Lehman -sendos chapuzones trimestrales, según una flamante revisión, del 5,4% y del 6,4%- mutaron, entre abril y junio, a una tenue caída del 1%. Bastaría, de ahora en más, con que las empresas suspendan la poda de inventarios (aun sin necesidad de incrementar sus niveles actuales) para que el producto bruto exhiba, en la segunda mitad del año, una fuerte lectura positiva. A cuenta del punto de giro, las acciones que integran la cesta del índice S&P 500, acumulan, desde mediados de marzo, un avance de 48% que corta el resuello. Frente a tamaña maniobra de los mercados, sin embargo, el aval de las cuentas nacionales todavía resulta modesto. Y, en ese sentido, no hay ningún aporte novedoso sustancial derivado de las cifras del segundo trimestre. Queda claro que la catástrofe se apeó. No se discute que la economía suaviza su caída. Ni que aterrizará pronto. Pero no hay signos de un decolaje próximo. No se ve -todavía- una pista libre de obstáculos como para desplegar un crecimiento, que se sostenga en el tiempo, con mediano vigor. El rumbo es correcto; lo que falta es tiempo de maduración.

Las razones de la mejoría no son difíciles de puntualizar. La inversión bruta privada había caído el 50% (anualizada) en el primer trimestre, ahora sólo se retrajo un 20%. Las exportaciones, tras declinar un 30%, sólo cayeron el 7%. El gasto público fue el único componente de la demanda agregada cuya contribución favorable consistió en un aumento hecho y derecho. Remontó un inesperado traspié del 2,6% en el primer trimestre -una genuina aberración en tiempos de crecientes compromisos de la Tesorería- con un firme incremento del 5,6%. El gasto federal trepó el 10,9% (aunque traccionado más por las erogaciones de la defensa -3,3%- que por el incipiente accionar del paquete de estímulo).

El gasto público, por sí solo, justificaría un crecimiento del producto bruto del 1,1%. O los republicanos tienen razón -y EE.UU. marcha hacia el socialismo a paso acelerado- o se trata de un crudo reflejo de la enorme debilidad de la demanda privada. De la segunda hipótesis, por cierto, hay abundante evidencia. En cuyo caso, el recurso del gasto público debe verse como un útil paliativo temporal pero no como una vía alternativa de crecimiento sostenido. Ya se citó a la inversión: su repliegue restó casi un 2,7% a la expansión del producto bruto (y aun así fue un factor favorable ya que, tres meses atrás, sustrajo más del 9%). Pero aquí también juega el gasto del consumidor. En el primer trimestre, el consumo fue la estrella (fugaz) con un sorpresivo aumento -en su momento, reportado como del 1,4% y ahora revisado a sólo el 0,6%- que alentó las expectativas de una recuperación rauda de la economía. En cambio, el segundo trimestre puso paños fríos. Ocurre que el rigor extremo del mercado laboral mantiene al consumidor estadounidense contra las cuerdas. Ni siquiera los bríos del estímulo fiscal -que infló artificialmente el ingreso personal disponible en un 3,2% (medio punto por encima del promedio del último ciclo de expansión)- pudo evitar que el consumo cayera el doble de lo que trepó de enero a marzo. Ese declive mochó sin contemplaciones casi un 0,9% del producto bruto. En compensación, se hinchó el ahorro personal. Como salvoconducto ante las vicisitudes, las familias prefirieron preservar una tajada más gruesa de su ingreso disponible: un 5,2% frente al 1,8% dos años atrás.

En línea con la revalorización del ahorro privado, las exportaciones netas emergen como el otro gran puntal de la mejoría observada. Las exportaciones mermaron un 7% pero las importaciones -que pesan casi un 25% más- retrocedieron el 15%. Atender la demanda existente con menores importaciones sumó más del 2% a la marcha del producto (de lejos, el renglón individual más expansivo). En conjunto, la contribución de las exportaciones netas fue del 1,4% (un aporte mayor que el del propio gasto público). Pero este callejón oportuno -en la urgencia, qué duda cabe, un buen atajo de salida a la crisis- tampoco luce como una hoja de ruta confiable para el largo plazo. En el tiempo no se crece por importar cada vez menos. Hará falta exportar más. Y no hay señales aun de que ese camino pueda allanarse pronto.

La última carta en el mazo es la variación de inventarios. No porque haya sido favorable. Sino por todo lo contrario. Hace seis trimestres que, invariablemente, los negocios reducen stocks. En forma muy agresiva. A la manera de un resorte que se comprime más y más, si la presión del ajuste finaliza, produciría una potente reacción positiva. Y si se escarba en los pronósticos de crecimiento de la economía que maneja el consenso para la segunda mitad de 2009 se destaca la presencia creciente de tal posibilidad. Debe quedar claro: el nivel de inventarios no es una variable autónoma. En última instancia, depende de la fortaleza de la demanda final. Y desde ya, ninguna economía crece por la acumulación tenaz de mercancías sin vender. La apuesta a un espaldarazo por la vía de los stocks -con ser popular- tiene sus bemoles. Los inventarios relativos a ventas -pese a los masivos recortes- no son precisamente magros. Los valores máximos se lograron en diciembre y enero con registros de 1,46. Se los taló con éxito y en mayo mermaron a 1,42. Un año atrás, sin embargo, su nivel era de 1,27. Y el promedio de 2007, previo a la crisis, fue 1,28. Desde esta óptica, tampoco allí obran seguridades de que se haya tocado fondo.

En definitiva, en la sensible materia de descifrar la salud de la economía, la Bolsa ya se pronunció por una recuperación en ciernes. De manera contundente. Pero las cuentas nacionales (por no decir el consumo o la inversión) todavía demandan tiempo para sumar su veredicto favorable.

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