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El apoyo a Monti hipoteca el futuro de la “sinistra”
Pierluigi Bersani, líder del centroizquierda italiano, intenta lo imposible: respaldar medidas de austeridad sin precedentes, que son presentadas como la salvación «in extremis» de Italia, y a la vez mantener el discurso social de su partido.
«Si ella llora, imagínense los trabajadores y jubilados», fue el corrosivo comentario sobre las lágrimas de la ministra Fornero, que realizó Giorgio Cremaschi, uno de los líderes de la FIOM, el poderoso sindicato metalúrgico, tradicionalmente colocado en posiciones radicales. Un juicio que comparte Susanna Camusso, una mucho más moderada exsocialista, secretaria general de la Confederación General Italiana del Trabajo: «Es insoportable que se haga caja con los pobres», dijo.
Fracaso
La izquierda italiana fue durante años, desde la posguerra, la más fuerte de Europa y de Occidente. Pero no ha resistido los efectos de la caída del Muro de Berlín de 1989, el «suicidio» del Partido Comunista Italiano (PCI) de 1991, la caída de la denominada Primera República en 1993 (que arrastró también a la Democracia Cristiana y al Partido Socialista de Bettino Craxi), los retos de la globalización y la ofensiva de la especulación financiera.
El Gobierno de centroizquierda presidido de 2006 a 2008 por Romano Prodi -un exdemocratacristiano fundador del Olivo, una coalición, débil y llena de conflictos entre centristas y las diferentes almas de la izquierda- concluyó anticipadamente y con un fracaso. Las elecciones de 2008 marcaron el retorno impetuoso de Berlusconi y gracias también a una cuestionable ley electoral, el derrumbe de la izquierda radical (Refundación Comunista, de Fausto Bertinotti, una fuerza política que en otras ocasiones había llegado al 10% de los votos). Por primera vez desde 1945, en el Parlamento italiano no había ni siquiera un diputado o senador que tuviera como referencia el comunismo.
El Partido Democrático, la «izquierda light» excomunista que, junto con algunos sectores de la ex Democracia Cristiana y algunos restos del antiguo Partido Socialista (una parte minoritaria, porque la mayoría se pasó al berlusconismo) quisiera dar vida a un «polo progresista», no ha alcanzado el objetivo de presentarse como una alternativa creíble al populismo mediático de Berlusconi ni de desplazarlo con instrumentos parlamentarios, electorales y ni siquiera judiciales, a pesar de los escándalos cada vez más clamorosos que tenían como protagonista al exjefe del Gobierno.
Y justamente en el momento en que, gracias a los escándalos sexuales y a la corrupción, sumados a la incapacidad de sacar a Italia de una crisis económica ya endémica, parecía que el berlusconismo perdería las elecciones previstas para 2013, la caída de las Bolsas, el riesgo-país, las agencias de calificación, «Merkozy», el Banco Central Europeo y del Fondo Monetario Internacional han convencido al Partido Democrático (PD) de apoyar el Gobierno de Monti. Ahora, el PD, que dirige Pierluigi Bersani, se encuentra aliado en una coalición contranatura con el Pueblo de la Libertad berlusconiana y con el Tercer Polo de exdemocristianos y exfascistas, por lo que se encuentra en una trampa política que lo obliga a decir «sí» al ajuste para «Salvar a Italia», a pesar de que al mismo tiempo lo define como socialmente injusto.
Comentario
«Creíamos que iba a ser más equitativo», fue el primer comentario de Bersani. «No se puede ser audaz para castigar a los pobres y tímidos para hacer pagar a los ricos», dijo Nichi Vendola, el gobernador de la Región Puglia, exlíder de Refundación Comunista (RC) que compite con Bersani como candidato del centroizquierda a jefe de Gobierno, en 2013. Más seco fue el comentario de Paolo Ferrero, el secretario de RC, ministro en el Gobierno Prodi, que ahora está fuera del Parlamento: «El ajuste es recesivo y agravará la crisis, es una porquería que hace pesar los costos de la crisis sobre los trabajadores y jubilados».
Como hacía notar un desconsolado comentarista de izquierda, Italia parecía, en 2013, cercana a un Gobierno socialdemócrata, «tal vez malo pero socialdemócrata», ahora, gracias al «compañero Giorgo Napolitano (el presidente que forzó la designación del «professor» Monti), excomunista aunque representante del ala liberal-laborista, se encuentra gobernada por un grupo de tecnócratas».


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