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“El arte no nos hace sabios ni felices, pero nos consuela”
Menéndez Salmón: «Como ocurre con Borges y Onetti, mi relación con la literatura en español es poca y débil. Un crítico me dijo que yo era el mejor escritor austríaco que habían dado las letras españolas en su historia. Me sentí muy gratificado».
Periodista: ¿Fue pensar la pintura lo que lo llevó a escribir esta novela?
Ricardo Menéndez Salmón: Surgió del intento de clarificarme, de contarme a mí mismo la fascinación por la pintura de Mark Rothko. La historia de Rothko, que se suicida a comienzos de 1970, ocupa el centro de mi libro. El centro temporal, porque está entre una etapa clave de la vida del pintor toscano del siglo XIV Adriano de Robertis y lo que lleva al pintor ruso Vsévolod Semiasin en 2001 a revelar las razones de su locura. Y, en otro orden, es centro porque es la única persona real, entre dos pintores ficticios y un escritor en la sombra.
P.: Sus novelas inmediatamente anteriores forman una «Trilogía del Mal» ¿éste, por oposición, es sobre el Bien, sobre la trascendencia por lo bello?
R.M.S.: No sé si sobre el Bien, en todo caso de la posibilidad de encontrar en el arte una oposición a las inclemencias de lo cotidiano y de los histórico. Las novelas de la «Trilogía del Mal» recorren un diálogo con la maldad contemporánea. Queria dejar en claro que esa maldad se instala en un horizonte humano. No es una reflexión de la maldad como idea, en abstracto, sino que los ejecutantes y quienes padecen el mal son los seres humanos.
P.: Así enfrenta a Hitler con el poeta Paul Celan.
R.M.S.: Esa oposición desde el arte es clara. En «La luz es más antigua que el amor» en el discurso del escritor Bocanegra cuando recibe el Premio Nobel dice que el arte es un lugar de refugio, un lugar de bálsamo. Aunque no nos haga necesariamente ni más sabios ni más felices, nos consuela en buena medida de los padecimientos.
P.: Su novela es un juego de cajas chinas, el biografiado escritor Bocanegra escribe las historias que hemos leído.
R.M.S.: El libro funciona como una especie de enorme matrioshka. Hay muchos niveles de lectura. Hay una novela dentro de la propia novela. Cuando leemos el libro no sólo asistimos a su lectura, sino a su proceso de redacción. Más que una lectura horizontal, exige una lectura vertical.
P.: El capítulo dedicado a los orígenes de Bocanegra como escritor lo llama «Viaje a la semilla», título que remite a un texto de Alejo Carpentier y a un ensayo sobre García Márquez.
R.M.S.: Fue algo inconsciente. Carpentier me parece una de las cumbres de la literatura latinoamericana. A mí García Márquez no me interesa como escritor. Mi relación con la «literatura del boom» es muy débil, a mi me interesan los papás, Borges, Rulfo, Carpentier, Onetti. Esos cuatro son los grandes nombres de las letras en español del siglo XX. En mi libro es el «viaje a la semilla» de la vocación literaria de Bocanegra, una redacción escolar donde descubre la fascinación de la palabra.
P.: ¿En qué medida interviene su formación filosófica?
R.M.S.: Me ha regalado sobre todo temas. La maldad, la trascendencia, el diálogo entre Historia e historia, la afirmación de la libertad del individuo frente a los poderes. Temas que la tradición occidental nos ha regalado. Esto no sólo temáticamente, también estilísticamente. Es la consideración de la filosofía también como una disciplina literaria, del uso del lenguaje filosófico como un artefacto narrativo. Cuando se lee a Nietzsche, a Deleuze o a Foucault es imposible escapar a la vivencia de que la filosofía también se puede convertir en un instrumento de gran belleza y gran impacto estético.
P.: En su novela el lector se encuentra con momentos de reflexión ensayística, ¿surgieron desde el relato o tuvieron que ver con un encuadre teórico previo de las historias?
R.M.S.: Eso responde a mi propuesta literaria general, todos mis libros son así. Aun aquellos que narran de forma más canónica una historia con un argumento, principio, nudo y desenlace, interfiere en algún momento la digresión, la vocación por sacar al lector de la peripecia novelesca y obligarle a una cala de otro orden. Es un poco la marca de la casa. Todos mis libros reproducen este empeño. Y no me interesa el libro en particular, por más labor que me implique, por más valor que éste consiga, sino la construcción de una obra.
P.: ¿En esa construcción de la obra se impone una intención, una meta, un desafío?
R.M.S.: No sé si es una meta o la idea del reconocimiento de un autor que se inserta en una tradición fuerte de la literatura. Con fuerte me refiero a una pretensión de reclamar para la literatura un lugar de discusión, de conocimiento, no un lugar de evasión, de entretenimiento. Un tema que me interesa mucho, que siempre aparece de un modo u otro en mis libros, es la idea de genealogía, el lugar que se ocupa como sujeto cultural. Así casi siempre establezco un diálogo con los artistas o con las líneas de pensamiento que me han formado. En ese sentido quizás mi aspiración sea que mi literatura se reconozca como un mojón más en la tradición que considera a la literatura como realmente una forma de conocimiento, como un movimiento de aproximación a tratar de desentrañar el tiempo que nos toca vivir, y al sujeto que en él participa.
P.: Mencionó como maestros a cuatro autores latinoamericanos, ¿cuáles son los otros con los que siente que dialoga?
R.M.S.: Hago un homenaje explícito en la novela a Faulkner. Hay un misterio que obra en su obra y hace que a pesar de las modas sobreviva aún hoy, siga siendo reclamado y estando latente en muchos escritores. Parte de un mundo que nos interesa poco o nada, decadente, rural, gótico estadounidense, que ni conozco ni tengo ninguna gana de conocer, pero la plasmación en ese mundo de las pasiones humanas es de una estatura sin parangón. Otro escritor cuya visión del mundo me conmueve más y que ha contribuido a mi formación es Kafka. Me ha alejado del tamiz religioso de Faulkner. El de Kafka es un mundo completamente desdivinizado. El diálogo entre esos dos escritores me ha sido fundamental como lector y como escritor. Son para mí los grandes maestros del siglo XX. Luego me interesa la literatura rusa de la modernidad que va de Pushkin a la muerte de Isaak Babel en 1941. Hay ahí cien años de literatura que son irrepetibles, nadie capturó, a la vez, con tanta ternura y tanta impiedad, el alma humana. Sumo a ellos el existencialismo con sus frutos distintos, de Céline a Camus, de lo que hay mucho en mi literatura. Como ocurre con Borges y Onetti mi relación con el acervo de la literatura en español es poca y débil. Un crítico me dijo que yo era el mejor escritor austriaco que habían dado las letras españolas en su historia. Me sentí muy gratificado.
P.: En la relación entre personajes imaginarios y reales, una trama histórica, una aventura con momentos ensayísticos, ¿ve en «La luz es más antigua que el mundo» alguna relación con la obra de Umberto Eco?
R.M.S.: Es un autor que he frecuentado poco. Conozco su obra como semiólogo. Leí con mucho gusto, como todo el mundo, «El nombre de la rosa». Me interesó «El péndulo de Foucault» porque hablaba del mundo de la ciencia, que conozco menos. Nunca había reparado en la posibilidad de una relación. Ojalá vendiera tantos libros como él, no estaría nada mal.
Entrevista de Máximo Soto


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