12 de enero 2010 - 00:00

El arte “retiniano” de los 90 reaparece en una muestra

La muestra inaugural del Itaú Cultural se divisa desde la vereda, y el fenómeno de alta visibilidad se ve favorecido por las obras elegidas, que buscan halagar el ojo antes que la mente.
La muestra inaugural del Itaú Cultural se divisa desde la vereda, y el fenómeno de alta visibilidad se ve favorecido por las obras elegidas, que buscan halagar el ojo antes que la mente.
El mes pasado se inauguró el Itaú Cultural, un nuevo espacio dedicado al arte ubicado frente al teatro Colón que domina la esquina de Cerrito y Viamonte. A través de sus inmensas vidrieras abiertas hacia la calle, las coloridas obras de la muestra inaugural llamada «Sinestesia. Un cruce entre la materia y los sentidos», se divisan desde la vereda. La visión que los transeúntes tienen del interior de la sala, sólo está interrumpida por el límite que establecen las formas ornamentales recortadas en vinilo rojo por Julia Masvernat. La obra, adherida a la superficie de un ventanal, al igual que las pinturas impresionistas se percibe abstracta desde cerca, y se torna figurativa al observarla desde la distancia. De este modo, al alejarse unos metros, se adivina un paisaje urbano rojo y ardiente, bajo una constelación de estrellas o un estallido de fuegos artificiales.

El fenómeno de alta visibilidad, que en este nuevo siglo se contrapone a la intimidad de las galerías decimonónicas, se ve favorecido porque gran parte de las obras elegidas se encuadran en la categoría del llamado «arte retiniano». Un arte que atrapa las miradas, que busca halagar el ojo (antes que la mente) y que, enmarcado por las altas paredes blancas de la sala, se destaca por su carácter vistoso. En el gusto por lo decorativo se puede rastrer un aire de familia que emparenta las obras de esta muestra con la vertiente argentina que surgió en los años 90, y que hoy reaparece, con nuevas estrategias y acaso menos provocativa, pero ajena siempre al mainstream dominante de la abstracción geométrica y el conceptualismo.

Un buen ejemplo es la proliferación de rizos de Sandra Gutfraind, una imagen digital que arrastra el efecto de la manualidad, realizada con la paciencia de una artesana. Entretanto, el término «sinestesia» elegido para titular la exposición, está empleado en un sentido amplio, va más allá de la equivalencia entre dos o más sentidos para hacer referencia a la intensidad de la excitación sensorial. ¿Quién no ha soñado -sobre todo, teniendo en cuenta las posibilidades que abren las nuevas tecnologías- con una obra que, a las sensaciones que deparan el color y la forma, le sume las del sabor, el olor, el sonido, y una textura concordante que la constituya?

En la selección de las curadoras, Alina Tortosa y Elizabeth Torres, además de la intención abierta de despertar los sentidos, se puso el acento en dejar una evidencia sobre la variedad de materiales que utilizan los artistas contemporáneos. Para comenzar, está la instalación de Manuel Amestoy que pende del techo, la levedad de unos papeles sintéticos recortados, un encaje de color verde con matices amarillentos que configura una nube meciéndose en el espacio. El material que aplica Bárbara Kaplan sobre una entretela, cera de abejas, le sirve para replicar el diseño de los panales, y establecer un cruce del arte con la ciencia. En esta vertiente están la caja de Juan Gugger y el video de León González.

Belleza

Luego, las esculturas de Ernesto Arellano, dos personajes de gran formato circundados por un texto pegado en el piso que cuenta su historia, tienen una gracia especial. Realizadas en cerámica colorida y brillante, e inspiradas en el cómic japonés, las obras respiran el aire de la contemporaneidad y exhiben la vaguedad de «lo bello» del arte actual.

Como bien se sabe, y así lo asegura Umberto Eco en su «Historia de la belleza»: «Para la mayor parte del arte contemporáneo la materia se convierte ya no y solamente en el cuerpo de la obra, sino también en su fin, en el objeto del discurso estético». De este modo, un dibujo con una imagen tan simple y común como encantadora, unas líneas que representan una niña junto a un animal, una escena cargada de ternura que parece escapada de un libro de cuentos, realizada por Agustina Núñez y ploteada sobre la pared en gran formato, revela que el material empleado, el vinilo, determina el tamaño del dibujo que, exclusivamente por ser «grande», adquiere una mayor expresividad, una elocuencia dada por su desmesurada dimensión. Si bien el Itaú Cultural se inauguró con el objetivo de difundir las obras de «artistas jóvenes no consagrados», en esta ocasión figura algún consagrado, como Daniel Joglar, que tiene una trayectoria internacional y presenta unos cordeles de colores con forma triangular, suspendidos -casi mágicamente- en el espacio.

Martín Di Paola es un artista de culto y, su pintura, acaso un tanto pequeña para las dimensiones de la sala, demanda un acercamiento para advertir los densos relieves de la materia. En el cuadro de Di Paola hay unas formas circulares y orgánicas que se abren como granadas maduras, como corazones que estallan y se desplazan por unas mareas de pintura roja que se asemejan a una herida sangrienta. El dramatismo es inocultable, pero no logra romper con el clima placentero que generan las obras, gestos poéticos que, más allá de cualquier mensaje, deparan, sencillamente, el placer de la contemplación. En suma, con una estetización destacable, y una búsqueda sinestésica mucho más moderada que la ebriedad y «el desorden de todos los sentidos» que inspiraba a Rimbaud, una decena de artistas convirtieron la esquina en un isla, que, al menos con esta exhibición, parece un oasis en medio del vértigo porteño.

Ante la producción artística creciente de nuestro país, la apertura del nuevo espacio es una buena noticia. Luego, el eterno problema de la calidad de los contenidos, a cargo de Anabella Ciana, estaría -supuestamente- garantizada por el prestigio ganado durante más de dos décadas por la conocida sede madre del Itaú Cultural, ubicada en la Avenida Paulista, otra isla, en la agitación de la ciudad de San Pablo. (www.itaucultural.org.br).

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