11 de junio 2013 - 00:00

El "chicken game" en la versión del juicio de buitres

Hay una constante en el accionar del Gobierno nacional dirigida a imponer sus políticas que bien puede compararse con el chicken game, aquel temerario juego ideado por jóvenes de los suburbios neoyorquinos en la década de los años 60 del siglo pasado que, para expresar su inconformismo y matar su aburrimiento, se entretenían en las madrugadas enfrentando y acelerando a fondo dos automóviles en direcciones opuestas hasta esquivarse a último momento o... estrellarse. El conductor que se desviaba dejaba el carril libre a su adversario, quien al cruzarlo le gritaba chicken!, chicken!, en alusión a su supuesta cobardía. Claro, en ocasiones no se desviaba ninguno, producién-dose un accidente que podía costar la vida a uno o a los dos contrincantes.

Rebelde sin causa, la célebre película que llevó al estrellato a James Dean, muestra el juego en su peor desenlace cuando Buzz (Corey Allen) muere al estrellarse su auto, en un anticipo premonitorio del modo en que terminaría tempranamente la vida del principal protagonista.

El concepto del enfrentamiento hasta la supuesta cobardía del otro fue incorporado a la Teoría de los Juegos y se aplicó para analizar situaciones límite en algunos incidentes de la Guerra Fría, o en situaciones en las que una de las partes, incluso frente a reveses, optaba por redoblar la apuesta. Quizá su aplicación pueda hacerse extensiva, para una mejor comprensión, a la metodología política del Gobierno actual, que se caracteriza por redoblar siempre sus apuestas con el Vamos por todo, independientemente de lo que esté en juego.

En estos momentos vale la pena dar una nueva revisión a la actitud adoptada en la Corte de Apelaciones del Segundo Circuito de Manhattan, donde se acerca la emisión de un fallo. En los estrados fue posible constatar que frente a la posición de los holdouts, el Gobierno dispuso no mover sus posiciones. Esto es, no sólo no ofrecer nada más de lo que ya se otorgó en los dos canjes anteriores, sino ofrecer incluso un poco menos en términos financieros.

Lo novedoso del fallo de primera instancia (que afecta el accionar de los terceros involucrados en los mecanismos de pagos) y la intransigencia argentina concitaron la atención de los principales analistas financieros del mundo, que observan cómo por primera vez hay una suerte de chicken game en las imperfectas redes regulatorias del principal mercado financiero del mundo aplicadas a la reestructuración de una deuda soberana.

En perspectiva histórica, la Argentina perdió la oportunidad de llevar a los holdouts a una encerrona al desentenderse de la gestión de la deuda a partir de fines de 2005. No se buscó remolcar a los holdouts hacia una acción de clase como tampoco se implementaron otros aspectos de gestión, como las cláusulas de recompra de deuda comprometidas en el prospecto de emisión.

Todo hacía suponer que la reapertura del canje en el año 2010, que requirió algo institucionalmente tan extremo como la suspensión de una ley que lo impedía (denominada vulgarmente ley cerrojo), sería usada en este sentido. Pero no: aquel segundo canje tuvo más bien singularidades comerciales, con un tratamiento mediático que por momentos apuntaba a reescribir la historia reciente.

Las distintas audiencias y las presentaciones a la justicia neoyorquina de los últimos meses permitieron perfilar más nítidamente una suerte de chicken game que pareció rendir frutos en el corto plazo, al menos en cuanto a la postergación de una decisión mientras se pagan algunos cupones. Pero lo cierto es que los autos aún están a máxima carrera, dirigién-dose uno hacia el otro.

A medida que se acerca la sentencia, que puede salir bien, pero también puede salir mal, y ante el convencimiento de que una posible apelación a la Corte Suprema de los EE.UU. se presenta como muy distante; va llegando el momento de que en el Gobierno y en los sectores dirigentes del país vayan pensando seriamente en las consecuencias del choque, que -según la actitud que tome la Argentina- podrían implicar la exclusión, quién sabe por cuánto tiempo, del acceso al mercado financiero de Nueva York.

Es que lo que está en discusión en Manhattan no es una cuestión de un Gobierno, sino que se trata de una cuestión de Estado, que compromete el bienestar de futuras generaciones. Las consecuencias de un escenario de exclusión del mercado financiero de Nueva York deben ser evitadas a cualquier costo.

Esto es válido tanto para los países como para las grandes corporaciones. Justamente entre estas últimas hay situaciones que permiten cierta comparabilidad que nos puede ayudar en el razonamiento: ¿por qué, si no, empresas como Siemens, Embraer o Ralph Laurent se han autoinculpado de dar coimas en sus presentaciones ante la SEC (CNV de los EE.UU.)? Simplemente, porque han optado por dar el volantazo en términos de la "chicken game", para poder seguir participando del mercado financiero más competitivo del mundo, algo que a cualquier nación le interesa, mucho más a aquellas como la Argentina, que tienen una insuficiencia sistémica de ahorros. Pero hasta ahora, el Gobierno nacional, como lo ha hecho una y otra vez en otros casos (conflicto con el campo, reforma judicial), ha optado sólo por acelerar a fondo.

Dejá tu comentario