El cine en los años digitales: lo que la tecnología se llevó

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La telefonía inteligente, el WhatsApp, el GPS y la seguridad electrónica, entre otros adelantos, han sepultado en el pasado a centenares de films clásicos que no admitirían hoy una remake.

El cine, desde su nacimiento en 1895 en un sótano de París, nunca dejará de asustar con criaturas fantásticas: vampiros, hombres lobo, dinosaurios que cobran vida o muertos que escapan de su tumba y vienen por nosotros. El público de todas las épocas goza y gozará de tales horrorosas inocentadas a la vez que los especialistas en efectos especiales perfeccionan la forma en que esos seres son percibidos para que el miedo sea real.

En el siglo XIX, el poeta inglés Samuel Taylor Coleridge acuñó la expresión "suspension of disbelief", "suspensión de la incredulidad", para referirse a esa disposición del lector que emprendía la lectura de un cuento o una novela fantástica: de antemano, aceptamos la existencia de hadas, elfos, gnomos, hobbits, y mientras disfrutamos de sus historias ni se nos cruza la idea de cuestionar su entidad. Pero la fantasía tiene límites. Así como admitimos que el hombre invisible beba y fume, hoy consideraríamos un estúpido al personaje que se pierda con el auto en una ruta sin consultar su GPS (mejor dicho, creeríamos que el estúpido es el guionista), o nos parecería ridículo que a ninguno de los rehenes de un grupo de forajidos, en el piso más alto de una torre -como ocurría en "Duro de matar"-, se le ocurra enviar un WhatsApp a la Policía.

Por supuesto, cuando se filmó "Duro de matar" no existían los celulares. Tampoco el GPS, Google Maps y tantos otros avances tecnológicos que en esta época harían imposible volver a filmar una enorme parte de la historia del cine sin retocar algunos o todos los recursos que posibilitaban sus tramas. Y eso no siempre es posible sin caer en el artificio o la distorsión.

Con el paso de los años, y gracias a esa tendencia que tiene el cine, sobre todo el de Hollywood, de contar una y otra vez la misma historia, los guionistas se han visto obligados a actualizar aquellos detalles de trama caídos en la obsolescencia. A veces se pueden adecuar modas, usos y costumbres y hasta algún artefacto viejo para trasladar un argumento al presente. Hoy, cuando vemos "La conversación" (1975), de Francis Ford Coppola, una historia de espionaje urbano y servicios secretos absolutamente actual, nos sorprenden esos armatostes de grabación y control que usaba Gene Hackman dentro de su camioneta, un aparataje que en estos días se resolvería con un simple chip monitoreable. Lo mismo ocurre con los deliciosos "gadgets" del agente secreto 007, quien también ha venido actualizando sus trucos desde los años 60.

Los viejos aparatos de Gene Hackman en "La conversación".

Sin embargo, hay numerosos casos en los que tales puestas al día, puramente formales, son imposibles, ya que el avance de la tecnología ha dado por tierra con el sostén sobre el que se apoyaba el argumento. ¿Cuántos clásicos del cine policial quedaron desactualizados con la extinción del teléfono fijo? Sin escarbar demasiado en la historia, ahí están "Sorry, wrong number" ("Al filo de la noche", 1948, de Anatole Litvak), en la que un psicópata amenazaba a la aterrorizada Barbara Stanwyck, quien hoy no tendría mayor problema en identificar la llamada o filtrar el número, ni mucho menos la Policía en detectar el origen en el caso de que apareciera "Número desconocido" en el display del celular. Lo mismo en "Dial M for Murder" ("La llamada fatal", 1954, de Alfred Hitchcock), donde la víctima del acosador telefónico era Grace Kelly.

"Sorry, wrong number".

En esa misma línea, series y películas han usado y abusado de un recurso que se convirtió en clisé: la Policía le pide a la víctima, mientras el agresor está al teléfono, que lo retenga con conversación para que ellos puedan identificar el origen de la llamada; sin embargo, cuando están por lograrlo, el culpable corta repentinamente y el enigma se mantiene.

"La residencia macabra" ("Black Christmas", 1975, de Bob Clark, con Olivia Hussey y Margot Kidder), uno de los primeros films del género de estudiantes acechadas por un psicópata, se sostenía exclusivamente en el teléfono fijo: a medida que las jóvenes eran asesinadas, la torpe policía se tomaba casi toda la película para detectar que las llamadas provenían de otra línea telefónica en la misma casa.

El ya mencionado Alfred Hitchcock fue también un hijo del siglo XX, y la mayor parte de su obra sería virtualmente imposible de actualizar hoy (salvo que se realice un film de época, pero en ese caso, ¿para qué volver a filmarlas si ya existe el prodigioso original?). Marion Crane (Janet Leigh), la protagonista de "Psicosis" (tantas veces maltratada en secuelas y en mediocres adaptaciones al formato de serie) escapa de la Policía con el bolso en que escondió los dólares robados y a la noche se pierde en la ruta. Su vida hoy correría menos riesgos: un simple GPS le indicaría que se ha desviado de la carretera principal, y cualquier guía online de hoteles y moteles, con el comentario de sus usuarios, la disuadiría de terminar en la siniestra cabaña de Norman Bates.



"El hombre equivocado" ("The Wrong Man", 1956, con Henry Fonda) e "Intriga internacional" ("North by Northwest", 1959, con Cary Grant), entre otras, se apoyaba en uno de los temas que más atraía al maestro del suspenso: el falso culpable, el personaje cuya vida queda atrapada en un peligro mortal por culpa de un error, una identidad confundida. En el segundo caso, a Grant, un publicitario, lo confunden con un agente del Gobierno y, a lo largo del film, debe escapar de los sucesivos intentos de asesinato ordenados por James Mason, cabeza de una organización de espías.

Si hace sesenta años un argumento así rozaba el límite de lo verosímil, en estos tiempos sería inadmisible: hoy, cuando gracias a las "huellas digitales" que dejamos en la red, un comercio mayorista puede conocer nuestra edad, domicilio, CUIT, inclinación política, religiosa y sexual, y hasta nuestros gustos en perfumes y comidas; cuando nada impide ver hasta las fotos familiares que subimos a las redes sociales, que una poderosa organización de espías caiga en una confusión como la del film es inimaginable sin retorcer hasta lo inaceptable su argumento.



El mundo, cada vez más peligroso, también ha desarrollado la tecnología en los sistemas de seguridad. Esto representaría un capítulo propio dentro del cual centenares de películas ya no podrían sostenerse en su disparador argumental sin recurrir a alternativas más sofisticadas.

"Aeropuerto", con su elenco multiestelar, fue un clásico del cine catástrofe en los años 70 y uno de los films pioneros en el género. A diferencia de sus secuelas, estaba basado en una sólida novela de Arthur Hailey, cuyo punto de partida era el siguiente: un hombre gris, fracasado, decide abordar un avión en Chicago para hacer estallar una bomba en vuelo y que su mujer cobre, tras su muerte, el generoso seguro de vida que él acaba de sacar antes de tomar su decisión.



El hombre, al que interpretaba Van Heflin, llegaba nervioso al aeropuerto, con su valijita de mano con el explosivo casero bajo el brazo, y despertaba las sospechas de un oficial de seguridad quien, al verlo, le comentaba a la encargada, Jean Seberg: "Cómo me gustaría poder revisar a ese tipo. No me gusta nada su apariencia". Hoy parece increíble que en 1970, después de despachar las valijas, se subiera a un avión con el equipaje de mano como se sube a un colectivo: no sólo no existían los check points electrónicos ni los controles por rayos X sino que se consideraba que cualquier policía aduanero que, sin orden judicial, intentara registrar a un pasajero, violaba sus derechos individuales. De allí la impotencia de ese oficial que pudo haber desbaratado la catástrofe y que, seguramente, no soñaba con que algunos años más tarde no podría ni subirse líquidos a los aviones.

El caso de "Aeropuerto" es uno de los más paradigmáticos en cuanto a la imposibilidad de rodar, en esta época, un guión producido en otra. El personaje de Van Heflin era el típico hombrecito gris sin otro recurso que el de fabricar una bomba casera elemental; no era el terrorista sofisticado que se las ingenia, como años después haría John Malkovich en "En la línea de fuego", para fabricar una pistola con polímero y burlar de ese modo los controles electrónicos de un aeropuerto. Ni el tiro del final podría hoy llevar a cabo aquel fracasado, incluyendo las pericias que también son de rutina en las compañías de seguros y que excluyen, desde ya, los autoatentados.

Menos trágico y más romántico es el capítulo de las cartas en papel a las que los correos electrónicos y los WhatsApp han sepultado. Por supuesto, estos nuevos medios de comunicación han generado sus propias películas, empezando por la pionera de los años 90 "Tienes un e-mail", aunque las circunstancias que rodeaban a las cartas tradicionales jamás podrán ser reemplazadas; en especial, en lo que se refiere a la espera de su llegada. Si esa angustiosa espera, como teorizó Roland Barthes en "Fragmentos de un discurso amoroso", era un componente inseparable del amor, la inmediatez actual también ha cambiado la forma de las relaciones en el siglo XXI. La tecnología también ha cambiado al amor. No es lo mismo esperar esa primera carta del amante que emprendió un largo viaje que comunicarse con él vía Skype hasta en el avión durante el vuelo. Ni qué decir si ese amante se envuelve en algún asunto equívoco y los radares del GPS y la detección de su ubicación le informan sus andanzas con precisión a quien lo espera.

Pero, para seguir dentro de la gran tradición romántica del cine y sin entrar en la picaresca, hay que recordar que películas clásicas como "Cartas de una desconocida", o "Carta a tres esposas" o, simplemente, "La carta", con Bette Davis, hoy no lucirían igual en formato electrónico. Sus receptores seguramente las desecharían sin más por provenir de un Remitente Desconocido. También "il postino", aquel inolvidable cartero de Pablo Neruda, tendría que buscarse otro trabajo.

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