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El clásico dogma K de un Kirchner candidato
La Presidente confirmó lo que se presumía: que braceará detrás de su segundo mandato y del tercero de la era Kirchner. Colgó, en ese instante, el luto y abrió la puerta a una campaña que se avecina feroz, con Schoklender, Bonafini, Moyano y, entre otros expedientes, el INADI.
La intriga se muda ahora al segundo renglón de la boleta. La entidad del vice, como garantía de continuidad a largo plazo, devora los análisis y las charlas palaciegas. Se instaló, con firmeza, la figura de Jorge Capitanich. El chaqueño no estuvo ayer en Casa Rosada.
La postulación de Cristina tiene carácter de prefación: brota antes de que comience el relato pero, como dice Borges, «su tiempo es de posdata». Ayer, sin margen para negarse, decidió enfrentar un escenario que Kirchner siempre supuso temible: un Gobierno -con esta Constitución- con fecha de vencimiento.
En sus días de gloria, el patagónico recitaba la poesía de 4+4+4+4: 16 años, de sucesiones de alcoba, entre él y su esposa. Ese dibujo imponía que sería el expresidente quien, en este turno, se postule para ponerse al frente de la continuidad del «modelo».
El esquema descarga el peso de preservar la pureza del proyecto sobre el vice. Un recurso para gambetear el pato rengo, salvo que -contra lo que aseguró la Presidente en aquel célebre «no se hagan los rulos»-, en el futuro ensaye una reforma con reelección indefinida.
Aunque sonó con insistencia, el radical santiagueño
-más allá de la experiencia Cobos- Gerardo Zamora no parece la figura indicada. Entre los gobernadores, quizá sólo Capitanich entre en la foto. Lo demás es ultracristinismo: Carlos Zannini, Juan Manuel Abal Medina o Amado Boudou.
Anoche, de todos modos, el chaqueño habitaba todos los diálogos como la figura con más chances. El gobernador sería citado, en estas horas, a Capital Federal. Fue, luego de la muerte de Kirchner, uno de los tres mandatarios que irrumpieron como probables vices: José Luis Gioja, que se quedó en San Juan; Sergio Urribarri, que ya presentó su fórmula para reelegir en Entre Ríos, y Capitanich.
Zannini, en tanto, avisó que su tarea futura está en Casa Rosada. «Cristina me necesita acá», dijo, la semana pasada, en una ronda con funcionarios. Boudou, en silencio, le reza a la Diosa que no lo acompañó cuando se pulseó por el candidato porteño.
Cristina, como Kirchner, se ufana de diseñar sus movimientos políticos con antelación. Ayer relató que, en medio del dolor de los funerales de su esposo, supo que debería competir por su reelección. En aquellas horas, fue Héctor Timerman quien gritó la novedad.
Con modos secretos pero en algún punto previsibles, se puede interpretar que la Presidente tiene desde hace meses, in pectore hubiese dicho Carlos Menem, a la figura que será anunciada, en las próximas horas, como su candidato a vicepresidente.
El tiempo de posdata y la amenaza del agotamiento a futuro imponen otros mecanismos de protección y reserva: por caso, si pretende limitar a Daniel Scioli, es razonable que trate de designar como candidato a vice bonaerense a una figura de alineación automática.
Así como se instaló la figura de Capitanich para la Nación, Gabriel Mariotto comenzó a gobernar los diagnósticos del ultrakirchnerismo, versión que se derramó hacia el PJ bonaerense que la semana pasada ya daba por hecho que el ex COMFER será el futuro vice.
Pero Mariotto se topa, quizá como ningún otro dirigente, con el recelo de Scioli. Suena, en el peronismo, una hipótesis: que el gobernador resistirá, incluso hasta su propia deserción, la imposición de la figura de Mariotto en la fórmula de la provincia.
Scioli, de acuerdo con ese relato excesivo, aceptaría cualquier otro nombre: Julián Domínguez o Florencio Randazzo. El interrogante, de todos modos, es hasta dónde pulseará el gobernador para que se haga valer su criterio en la elección de su escolta.
La objeción va más allá del imaginario del comisariato político. Alberto Balestrini tuvo, en su momento, esa tarea: pero con el tiempo terminó aliado de Scioli y con cortocircuitos con Kirchner por diferencias sobre la ley de primarias bonaerense.
La garantía del modelo, en el lenguaje K, no sólo se asienta sobre el vicepresidente. También sobre el vice bonaerense y, en particular, en las boletas tanto nacionales como provinciales, sobre las que Zannini se prepara para ejercer como último filtro.
El esquema, de todos modos, padeció la ausencia de Kirchner. La experiencia porteña no pudo ser peor; al escándalo con Madres de Plaza de Mayo, que contaminó al resto de los organismos, y el papelón del INADI fueron el primer ensayo y salió mal.

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