El Colón estrenó el bello ballet “Rodin”

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Si la figura de Auguste Rodin ha fascinado a la posteridad, aún más fascinante parece la figura de Camille Claudel, su discípula, colega, amante, modelo y musa. La hermana del escritor Paul Claudel ingresó al taller de Rodin, al que nutrió de ideas durante largos años, sin que él le diera el lugar que ella esperaba (y merecía) como su colaboradora y su mujer. La relación y su final devastaron el alma de Camille ("la amazona herida", como la llamó el escritor checo Milos Marten), quien pasó sus últimos 30 años en el manicomio de Montdevergues, sumida en la depresión y el olvido. Paradójicamente, o no, la mujer "oficial" de Rodin fue Rose Beuret, un gran sostén en su vida aun cuando jamás pudo penetrar el increíble e imperecedero universo creativo que Rodin compartió con Camille y que constituye su legado.

Allí, en Montdevergues, empieza y termina la historia que traza "Rodin", la obra de Boris Eifman que el Ballet del Teatro Colón lleva a escena por estos días. En él Camille, su pasión, su creatividad, su locura, su autodestrucción, son el hilo conductor, llevado de manera magistral por Nadia Muzyca; la bailarina transita todos los estados del alma de su personaje con igual entrega, y resuelve sin dificultades las particularidades del lenguaje que Eifman utiliza. Junto a ella brilla especialmente Juan Pablo Ledo, un Rodin alternativamente apasionado, hierático, cruel o sensual, inmerso en sus contradicciones artísticas y humanas.

Los cuadros sucesivos abarcan el trabajo en el taller del artista, escenas íntimas entre él y Camille y entre él y Rose (excelente personificación de Daiana Ruiz), la intervención de los críticos, las ya mencionadas apariciones de Camille en el manicomio, y también los dos momentos menos afortunados de la obra: los cuadros de la fiesta de la vendimia, en cuyo transcurso Rodin conoce a Rose e inicia su relación con ella, y el del "can can", que muestra a Camille y a Claude Debussy, su amante (impecable Vagram Ambartsoumian); si bien son resueltas sin dificultad, estas escenas chocan con la profundidad del resto y resultan totalmente prescindibles. Es en el otro extremo, el que retrata el combate entre la carne y la piedra, entre la forma y el contenido, entre la pasión y la locura, entre el amor y el odio, donde están los vértices más geniales de este "Rodin". La escenografía de Zenovy Margolin, el vestuario de Olga Shaishmelashvili y la iluminación de Gleb Filshtinsky y Eifman completan adecuadamente la propuesta.

Emmanuel Siffert tiene a su cargo la compleja labor de engarzar fragmentos de autores franceses contemporáneos de la historia que se narra; muchos de ellos son de difícil ejecución, pero salvo por pequeñísimos desajustes, el resultado es óptimo. Se lucieron en sus pasajes solistas el pianista Alexander Panizza y el violinista Deimir Lulja, concertino adjunto de la Filarmónica.

Durante uno de los cuadros los músicos contaron además con la inesperada exigencia de tocar para Daniel Barenboim, quien hizo su aparición junto a Pedro Pablo García Caffi en el palco avant-scène que ocupa el órgano y cuya magnética presencia no pasó inadvertida durante el breve tiempo que permaneció en la sala, con los ojos casi fijos en el foso de la orquesta.



"Rodin", ballet en dos actos. Coreog.: B. Eifman. Música: M. Ravel, C. Saint-Saëns, J. Massenet, C. Debussy y E. Satie. Ballet Estable del Teatro Colón. Orquesta Filarmónica de Buenos Aires. Dirección musical: E. Siffert (Teatro Colón, 27 de julio).

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