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El Colón fue demasiado grande para las voces de una pareja trágica
El Coro Estable, preparado por Miguel Martínez, cantó con maestría en cada una de sus intervenciones.
Mientras se sigue esperando el anuncio oficial sobre la próxima temporada (han trascendido títulos y artistas pero la presentación viene demorada), el Colón cerró su ciclo lírico 2014 con "Madama Butterfly".
La apuesta escénica de Hugo De Ana, hija de una visión y realización unificadoras en las que todos los elementos confluyen hacia su visión del drama, fluctúa entre lo austero, lo onírico y lo suntuoso, según necesidades que no provienen del capricho sino que responden a los diferentes climas que la trama plantea.
El teatro oriental en sus distintas expresiones por un lado, y el cine por el otro, son las formas en las que De Ana lúcidamente pone de manifiesto la oposición entre Oriente y Occidente, el enfrentamiento cultural que constituye parte de la esencia de la tragedia. El resultado subraya la brutalidad y la poesía de esta historia, una de las más tristes que hayan sido llevadas a la ópera, y su solidez se funda, además del despliegue visual, en una marcación actoral exacta, a la que todo el elenco responde de manera perfecta.
La armenia Liana Aleksanyan y el norteamericano James Valenti comparten la posesión de un "physique du rôle" casi inmejorable (ella menuda y bella, él altísimo y con la apostura de Pinkerton) y muy buen desempeño actoral, y al mismo tiempo la carencia de las condiciones vocales imprescindibles para el abordaje de estos protagónicos en una sala de las dimensiones de la del Colón.
Se trata, en ambos casos, de voces bellísimas sin el peso ni la presencia que haga frente a la orquestación pucciniana; mientras que Valenti naufragó en la marea instrumental y se lo advirtió forzado en la zona central, Aleksanyan apeló para convencer a su expresividad y entrega, ya que en numerosos pasajes su voz se volvió inaudible aun desde la mitad de la platea.
Guadalupe Barrientos, cuya increíble voz no es novedad para el público argentino, sigue manifestando un seguro crecimiento artístico, y su encarnación de Suzuki fue conmovedora de principio a fin. También resultó excelente el Sharpless del joven barítono ruso Igor Golovatenko, con voz y presencia impecables. Sergio Spina fue un delicioso Goro, Fernando Radó fue impresionante como el Tío Bonzo, y también Fernando Grassi como Yamadori. Mario De Salvo, Gabriela Ceaglio, Roman Modzelewski, Mariano Crosio, Carmen Nieddu, Maria Castillo De Lima y Carina Höxter completaron el elenco con corrección.
Ira Levin llevó a cabo una labor más precisa que inspirada en la que apenas se advirtieron planos sonoros; la cuestión del balance es aquí más problemática de evaluar dado el escaso caudal ya mencionado de las voces protagónicas; de todas maneras el rendimiento de la Orquesta fue notable.
El Coro Estable preparado por Miguel Martínez cantó con maestría, alternativamente escalofriante y conmovedor en sus intervenciones.


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