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El default de los EE.UU.: Obama apuesta a que se chamusque el Tea Party
John Boehner
La culpa es del Tea Party, pero la responsabilidad es del partido republicano y no sólo de su ala más extrema. Fue el partido el que se encolumnó detrás de la estrategia radicalizada del todo o nada con la que embistió como un toro enfurecido a un Obama que, sujeto por los límites legales del gasto y de la deuda, parecía desprovisto de capa y espada. Todo era la pretensión indeclinable de voltear la reforma de la salud. Nada, la invitación a balconear a un posible default. La reforma -conocida como Obamacare- es ley desde 2010. Inspirada en la iniciativa que el entonces gobernador Mitt Romney aplicó en Massachusetts fue atacada sin éxito en 40 votaciones en el Congreso. Flameó como estandarte en las elecciones presidenciales de noviembre pasado: allí el candidato republicano -o sea, Romney- zozobró, y Obama consiguió el pasaporte a su segundo mandato. La ley no se negocia: no cederá lo que considera su legado para la posteridad. Sólo la ceguera del que no quiere ver pudo presuponer otro resultado. La defensa del presidente fue una finta. Simuló resistirse, pero facilitó el cierre parcial del Gobierno. Y agudizó las molestias colocando insólitos vallados hasta en paseos y monumentos públicos al aire libre. Se victimizó con un ojo en los sondeos de opinión. La más reciente encuesta NBC /WSJ, publicada el jueves, le da la razón. ¿Quién es el culpable de esta parálisis? Los republicanos para el 53% de la población. Nadie es inocente, pero a los demócratas sólo los acusa el 31%. Y la imagen de los republicanos y del Tea Party se hundió a su piso histórico. Obama mide mejor que en septiembre según NBC /WSJ: su visión positiva ascendió dos puntos porcentuales al 47%. Su rival sobre el ring -el titular de la Cámara de Representantes, John Boehner- se desplomó: apenas concita la adhesión del 17% (la cifra más exigua desde 2010) y provoca el rechazo del 42% (un récord absoluto desde que es sujeto de monitoreo). La estrategia de los republicanos era matar o morir. No cabe duda de que boquean.
Obama espera sentado. La Bolsa espera comprada. Compró el rumor. Vio la fumata blanca de una negociación y adquirió el humo sin preguntar. Es que a último minuto siempre hay acuerdo. No obstante, la Bolsa tendrá que templar sus nervios. Está, como la oposición, en manos de Obama. Y el humo es humo. Aún no hay arreglo. Y no es el último minuto. Faltan 72 horas para el día D, este jueves. Y pudiera haber alargue porque la fecha la fijó el Tesoro que, en la ocasión, es juez y parte. Y como sucedió con el abismo fiscal, la paz podría surgir en tiempo de descuento. Si la Bolsa de veras quiere apurar una definición, lo logrará. Pero entonces no debería trepar jubilosa, sino desmoronarse.
Obama aspira a una solución que lo libere de las encerronas repetidas. Ofreció una tregua corta que sirvió para sacar a luz la desesperación de sus interlocutores. Y los diputados opositores mordieron el anzuelo con su propuesta de un paréntesis de seis semanas (sin exigencias ya sobre la reforma de la salud). Obama creció en confianza y ahora pide más. Pensamos que pretende una autorización de gasto y endeudamiento a un año de plazo. ¿De vuelta a foja cero? La senadora Susan Collins aceptó conceder un recreo de seis meses para el presupuesto y hasta fines de enero para la deuda. "Obama no dijo ni sí ni no", confesó una Collins perpleja. Fue un no. Entonces, como ocurrió en la pugna por el "abismo fiscal", los líderes del Senado debieron saltar al ruedo. Harry Reid, por la mayoría demócrata, y el sensato Mitch Mc Connell, por los republicanos, buscan una solución compatible. Pero será Obama quien defina. Se escribió aquí cuando comenzó la saga: "En 2011, Mc Connell alertó a sus colegas que, si no cedían con el techo de la deuda y se producía un cortocircuito de proporciones, la marca republicana se carbonizaría como sinónimo de irresponsabilidad fiscal". Obama lo sabe, por eso conversa, pero todavía no negocia. Que se chamusque un poco más.


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