Los vehículos, nerviosos, viborean por las calles apurados, en contramano. Parecen hormigas que perdieron el camino que marcó la reina de la colonia. Huyen como pueden. La ciudad está infestada de piquetes y cortes. Corre el rumor de saqueos. Los negocios bajaron sus persianas o ni siquiera abrieron. La Plata es una ciudad oxidada.
El día después de la devastación multiplicó la basura: la de anteayer, la que dejó el agua al retirarse, esa eventual y caótica: la de ayer es consecuencia de la limpieza artesanal de las viviendas inundadas. En cada esquina, en casa plaza, hay matorrales de bolsas, cajas, muebles rotos, colchones.
Afuera, lejos del centro, siempre es peor. Unos treinta pibes, algunos de 10 años, otros de más de 20, ninguno mayor a 30, bloqueó la circunvalación a la altura de 38. Es cosa de pibes y mujeres. Los adultos, los hombres, no están. Como si no existieran.
"Acá no trajeron nada", dice Nati, mientras arrastra del brazo a Santiago, su hijo. "La Cruz Roja, el Ejército, el Gobierno dan cosas donde está la televisión" dictamina. Un rato antes, un grupo de excombatientes de Malvinas, del CEMA, montó un carro de campaña que compraron en un remate de rezagos militares y prepara comida.
Los vecinos empiezan a aparecer con ollas y botellas de plástico cortadas al medio. Es la segunda, a las seis de la tarde, la segunda comida en treinta horas: temprano en la mañana, Gendarmería repartió algunos alimentos.
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"¡Vení a ver...!" dice, suplica, ordena, Nati. Desespera porque alguien que no sea del barrio vea su tragedia. El consuelo ridículo de la visibilidad del dolor propio, como si los ojos del otro ayudasen a apaciguar la angustia. Vive en 132, entre 38 y 39. El agua superó el medio y medio. Las paredes de las casas todavía traspiran humedad.
La calle está cortada por un montículo de cosas que alguna vez fueron sus camas, sus sillas, sus sábanas, alimento que compraron para el mes. "No vino nadie. Solo trajeron lavandina" se suma un morocho ancho: "Lavandina...", repite.
Una combi de Gendarmería llegó hasta el piquete. Cuatro uniformados bajaron y corrieron los palos y las gomas humeantes casi sin decir palabra. Antes de que terminen de subir, un botellazo se estrelló contra la puerta trasera. Llueven un par de piedras. Se van. Desde 80 metros, una patrulla policial observa inmóvil.
Al rato pasan dos camiones del Ejército arrastrando carros para cocinar. La orden no es asistir a esos vecinos de La Cumbre sino a los que montaron un piquete en San Carlos, en el cruce 143 y 50, donde dos arroyos en V se desbordaron sobre un caserío marginal y empujaron a 50 o 60 personas a la calle.
No van a llegar a destino. Dos cuadras después, cuenta un puntero, la gente rodeó los camiones y se quedaron con su carga: agua, algunas frazadas, comida. El mito urbano de cada corte es ese: que los camiones estaban en camino pero no los dejan pasar. La historia se repite, con mínimos retoques sobre dónde fue el saqueo, cuántos vehículos eran y si se trataba de camiones o colectivos.
"¡En Mileño hay 30 camiones con colchones y ropa y frazadas, pero no los dejan pasar los de Tolosa...!" grita un muchacho que presenta un carnet de inspector municipal. Vive en el barrio, parece dividido entre dos lealtades o pertenencias: la angustia y la furia de sus vecinos por la inundación que también dañó su casa, y su empleo o simpatía con el municipio.
Mileño es una bailanta a 150 metros del Camino del Centenario. Alguna vez fue un boliche cool, un emblema del mediopelo platense, pero el furor de la música tropical lo invadió. Antes se llamaba ostentosamente Millenium; sus nuevos dueños lo rebautizaron, mordaces: Mileño.
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"No vino nadie. Dijeron que iban a pasar casa por casa a dejar agua pero no vino nadie. No queda agua. Al chino no le queda nada..." corean dos vecinas en avenida 143.
El chino es un supermercado que está a 50 metros: la gente hace cola en la vereda, dos custodios como patovicas de un boliche, dejan pasar de a pequeños grupitos. Todavía es de día pero en no más de 40 minutos, como mucho una hora, será noche cerrada. Los chinos lograron hacerse entender con ese aviso: apenas oscurezca, bajarán la reja y dejarán de atender.
Es el temor homogéneo. En los márgenes, los comercios abiertos son unos pocos: osadía o altruismo, quien sabe. Los vecinos avisan que nadie se vaya de su casa, planifican fogatas que, sin electricidad, servirán para iluminarse. Alguien diagnostica que, además, bajará la temperatura.
En la otra punta de la ciudad, en 122 al fondo, el ánimo está igual de espeso. Con virulencia, un puñado de vecinos, insultó al contingente de funcionarios que recorrió el centro de evacuados en Villa Elvira que, anteayer, visitó Cristina de Kirchner.
Ayer, ahí mismo, hubo gritos contra Pablo Bruera, contra Alicia Kirchner, contra Daniel Scioli.
Otro relato se repite como un eco.
"Hace un rato, allá por 132 y 52 aparecieron dos cuerpos" dice un ex combatiente, mientras se prepara para repartir viandas. A unas 20 cuadras, un hombre con los ojos como llamaradas, cuenta que encontró un vecino ahogado dentro adentro de la camioneta. "Ahí, en la esquina", señala.
"Yo algo voy a hacer. Nunca viví esto, nadie nos ayudó. Algo voy a hacer" repite, se repite, y es una amenaza.
El día después, como en las horas siguientes a la fiebre, la demanda se modificó. Al auxilio de las primeras horas, a los rescate de Bomberos o entre vecinos, le siguió la certeza del desastre, de la pérdida, del sentirse solos, inexistentes.
El agua, universal, llegó hasta esas barriadas. Lo demás no.
Ni siquiera la TV.


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