22 de junio 2015 - 00:45

El enésimo ultimátum, pero no el último

Grecia enfrentará hoy un ultimátum de sus socios de Europa. La reunión, organizada de urgencia tras el fracaso del cónclave de ministros del eurogrupo, trae consigo una agenda filosa que la irritación difundió a los cuatro vientos. O Grecia acepta las reformas que le propone Bruselas o deberá comenzar los preparativos para un default. ¿Qué hará el Gobierno de Syriza? Lo de siempre. Presentará una enésima propuesta que la Europa de los (todavía) 19, deseosa de aferrarse a cualquier papel que le sirva de coartada, no podrá aceptar. ¿Y entonces? "Grecia deberá enfrentar el default y una potencial salida de la eurozona", rezan los cables que citan a Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo. Pero si se lee la invitación a la reunión extraordinaria, firmada por Tusk, allí se dice que la cumbre "no será el último paso", que no habrá "negociaciones técnicas en detalle", y que lo que se pretende es que "todos entiendan las posiciones de los demás, y las consecuencias posibles de nuestras decisiones".

La novedad de la hora es la escalada mediática. Ya no hay restricción para pintar el aquelarre griego. Recita un informe del BCE: "La crisis sería incontrolable sin un acuerdo con los acreedores", seguida de una inflación galopante, un "aumento exponencial del desempleo" y un "colapso de todo lo que Grecia alcanzó a lo largo de los años con su membresía en la Unión Europea y (especialmente) en la eurozona". A decir verdad, Europa no da vueltas al asunto para prevenir a los griegos de tamaña tragedia, sino para evitar el búmeran sobre la eurozona de una mala maniobra. Y sobre ese tema crucial, la regla es no hablar. O como hace Ewald Novotny, consejero del BCE, puntualizar que el costo de un accidente es "significativamente menor para Europa que dos años atrás". Y aun así se prefiere no abonarlo y darle largas a una negociación ficta en la que ya nadie alberga expectativas de arribar a una solución constructiva.

La presión mediática instaló la atmósfera de un desenlace drástico inminente, pero no la conmoción. La corrida bancaria en Grecia -una hemorragia tenaz desde principios de año- parecería afirmar lo contrario. Esta semana, la pérdida de depósitos se aceleró y alcanzó los 3 mil millones de euros. Las imágenes de los cajeros automáticos trabajando a pleno fue tapa de los diarios. Paradójicamente, la corrida revela el doble discurso detrás de la crisis. Europa se hartó de Grecia y no quiere volcar un euro más. Pero si las luces todavía se encienden en Atenas es gracias a la financiación del BCE. La liquidez que se pierde por la fuga de los depósitos la repone con premura vía la línea de emergencia ELA (disponible gracias a una lectura relajada de sus requisitos de otorgamiento). El miércoles, Fráncfort aprobó la inyección de 1.800 millones de euros frescos, y ya recibió una segunda requisitoria del Banco de Grecia por otros 3.500 millones que deberá atender si quiere evitar un apagón.

Bajo las luces del escenario principal, Europa juega con Grecia como el gato maula con el mísero ratón. En la trastienda, es el ratón el que fija las reglas. Desde que comenzó 2015, la exposición total del BCE en Grecia se duplicó. Al lunes último, Mario Draghi dixit, sumaba 118 mil millones de euros (más de medio PBI). Gentil, y con un ojo en el electorado, Alexis Tsipras, el primer ministro griego, no habla de abandonar el euro. Si el "Grexit" se produjera, esas acreencias serían una montaña de incobrables. En el acto. El mísero ratón, pues, sabe cómo cotizar su activo más valioso, su propia supervivencia. Es una solución de equilibrio malo, cada vez peor, pero estable. Un mundo frágil y la aversión al riesgo le han dado cierto atractivo que nadie se atrevería a confesar.

Como no hay ultimátum creíble, y sí convicción en el arreglo de último minuto, Wall Street no tuvo empacho en anotar esta semana nuevos récords absolutos en las categorías de acciones que involucran mayor grado de audacia (tecnológicas y pequeñas y medianas compañías). Todos desconfían del futuro, y no sólo por Grecia. Pero no hay huida de la Bolsa más allá de la merma en los volúmenes de operación. Es un refugio insólito, si se quiere, pero a tono con un mundo que no le teme al grotesco.

Dejá tu comentario