13 de julio 2009 - 00:00

El “estadista” que quiere ver Europa

Luiz Inácio Lula da Silva otorga por estos días dos aristas noticiables. Por un lado, el presidente que trata de blindar como sea al veterano titular del Senado, José Sarney, empapado de denuncias de corrupción, como la continuidad de una estrategia pragmática para mantener la gobernabilidad del país. Por el otro, el desacartonado jefe de Estado de L'Aquila que intercambia chanzas y esboza críticas con sus pares de las grandes ligas, para que se solace la prensa europea, que ama al «estadista».

La imagen del sindicalista tornero que llegó a presidente -«el tipo más popular del mundo», dijo Barack Obama- provoca admiración tanto entre socialdemócratas de Europa, que ven en Lula al mandatario hiperpopular que a ellos les falta, como entre los liberales y conservadores de Latinoamérica, a quienes espantan los modos y el fondo del chavismo.

Acaso un seguimiento menos adjetivado permita ubicar la dimensión de la gestión económica y política de Lula. La llegada en 2003 del Gobierno del Partido de los Trabajadores (PT) rompió el ciclo que alternó retrocesos y crecimiento en cámara lenta iniciado a comienzos de los 80. Sin embargo, con porcentajes de alza del PBI de 3,2, 3,8, 5,4 y 5,1 en el período 2005-2008, la economía brasileña avanzó sustancialmente menos que la de sus vecinos. Ello, no solamente en comparación con los crecimientos de países que se habían derrumbado a comienzos de la década (Venezuela, la Argentina y Uruguay, que duplicaron y hasta triplicaron el alza brasileña), sino también en relación con el progreso promedio latinoamericano o de países normales, como Chile.

Sin discusión

El dato del PBI resulta significativo, pero no suficiente para explicar la performance económica de Lula. Cierto es que el gobernante de izquierda debió lidiar en un primer momento con dudas de los mercados acerca de sus planes y de la capacidad del país para pagar su deuda, y ambos planos hoy no entran hoy en discusión. No son pocos los que anotan a favor de Lula una baja de la pobreza de más de cinco puntos porcentuales (al 22,8%, según la Fundación Getulio Vargas), y que la Bolsa Familia permite al menos alimentarse a más de 10 millones de hogares, especialmente del Nordeste.

Más allá de estos logros en uno de los países más desiguales del mundo, lo que llena los ojos de sus admiradores es el papel de Lula en el plano internacional, lo que le permite, por ejemplo, ser una figura a la que va a ser difícil de desinvitar a una cumbre del G-8. Habrá que reconocer los méritos diplomáticos de Itamaraty, tanto como el hecho de que Brasil sobresale inexorablemente en Latinoamérica por el tamaño de su economía y la cantidad de habitantes. Estos datos, terminada la era Bush, imponen de por sí a Brasil como un actor central de un mundo menos unipolar.

Por último, de cara a la política interna, aquel mecanismo digitado desde el entorno más próximo de Lula denominado «mensalao», que significó la coima periódica a varios diputados para el apoyo parlamentario, o los escándalos de financiación del PT, eximen de mayores comentarios. Desde ya que estos datos no anulan los méritos de Lula, pero es bueno no olvidarlos para no sesgar el análisis.

Dejá tu comentario