23 de enero 2009 - 00:00

El fantasma de la nacionalización sobrevuela bancos de Wall Street

La nacionalización de la banca -el desembarco del Estado como accionista mayoritario- es el fantasma que hoy más parece agitar las instituciones internacionales de primera línea. El conflicto de interés es evidente. No le quita el sueño a los clientes, por supuesto, pero sí a sus dueños tanto como a la plana mayor de sus ejecutivos. Desde ya, no es que las desventuras de la crisis financiera ni la profunda recesión hayan amainado. Todo lo contrario. Es porque el temporal arrecia, y los destrozos se multiplican por doquier, que la amenaza de una estatización involuntaria -gatillada por defecto y no al calor de ningún socialismo- cobra vigencia. Dos años de crisis pertinaz -si se cuenta desde que irrumpieron las primeras pérdidas significativas en el segmento hipotecario subprime, como sugirió ayer el futuro timonel del Tesoro, Tim Geithner- causan estragos visibles. Y después de los trabajos de reparación de octubre y noviembre -con dosis generosas de capital público- los balances bancarios más recientes muestran una ristra de nuevas averías que demandan atención. Como los bancos de primera línea no pueden caer y su endeudamiento es elevadísimo, las pérdidas torrenciales exigen aprovisionarse de más capital. Sin embargo, ¿quién invertirá en impermeabilizar otra vez las cuadernas para, en plena tormenta, proseguir con tan azarosa navegación? La audacia de los pioneros no ha sido recompensada. Que lo diga John Lewis, quien dilapidó mil millones de dólares sobre la cubierta de Bear Stearns. O la multitud de fondos soberanos que replicaron la jugada del príncipe Alwaleed en 1991, cuando, en el fragor de la crisis, acudió en rescate del Citi para amasar una fortuna. Ellos mordieron el polvo; pueden dar fe de que se trata de una harina indigesta y ácida.
Si los inversores privados toman distancia de nuevos compromisos, la única fuente importante de recursos que resta es el Tesoro. La estatización de la banca es, pues, consecuencia natural de la propia dinámica de destrucción que enarbola la crisis. A esta altura, no es un fenómeno novedoso. Gran Bretaña lo inauguró con timidez cuando, a falta de interesados, se hizo cargo de Northern Rock. Y llevó la operatoria a otra escala cuando en octubre tomó el control mayoritario del paquete de Royal Bank of Scotland (RBS), la segunda institución de las islas. En los EE.UU., la administración Bush no se animó a cruzar el Rubicón. Prefirió, bajo la misma disyuntiva, canjear sus aportes a nueve grandes instituciones por acciones preferidas (y warrants sin valor intrínseco) y preservarse lejos de la conducción de los negocios. Pero ya antes había mojado sus zapatos. Lo hizo primero cuando puso bajo tutela a las agencias hipotecarias (Fannie Mae y Freddie Mac) y lo repitió con AIG. Como se ve, no hay vírgenes.
Como los problemas recrudecen, Gordon Brown, el premier inglés, lanzó esta semana la segunda versión de su plan de rescate. La participación estatal en RBS pasará del 58% al 70%. Lloyds -que adquirió HBOS tras ser capitalizado- ostenta hoy un margen del 43% y le seguirá los pasos. Barclays -que consiguió recursos privados en octubre, pero a un costo superior- se resiste. Sin embargo, en la medida que el precio de su acción cae en picada, le será imposible evitar el abrazo del oso. En los EE.UU. tanto Bank of America como Citi requirieron apoyo, aunque parches de compromiso permitieron salir del paso. Pero el propio Geithner reconoció que el Gobierno deberá definir con claridad cómo tratará el tema. Guardar silencio -y resolver luego caso por caso- es una alternativa. De hecho, la que rige hoy. Pero no es gratis: ante la duda, el mercado descuenta una trayectoria similar a la de Fannie & Freddie. Anticipa una estatización que pulverizará el valor de las acciones; profecía fácil de cumplir que, a su vez, recicla más inestabilidad al interior del sistema.
Imposible
¿Es inevitable, pues, la nacionalización? En forma estricta, la respuesta es no. Lo que luce imposible de obviar es el rol protagónico (si no exclusivo) de los recursos públicos. Ello daría derecho a tomar el control mayoritario del grueso de la banca. Más se hunden sus cotizaciones accionarias, desde ya, mayor la tajada pertinente. Pero la reticencia a tomar las riendas de la banca no debe pasarse por alto. La inyección de capital puede efectuarse a cambio de instrumentos híbridos, como acciones preferidas y warrants, difíciles de valuar y que encubran un subsidio directo a los banqueros.
El propio aporte -cuando no se formaliza en efectivo sino a través de garantías- es arduo de justipreciar. La compra de activos tóxicos -que prometió el plan Paulson- si se pacta a precios sobrevaluados combinaría la aplicación de fondos públicos y el rescate a la banca (y a los banqueros) esquivando una nacionalización.
De ahí lo importante del traspaso de mando en los EE.UU. El «socialista» Obama, según su contrincante John McCain, enfrenta un curioso dilema. Se sabe que desde que ganó la elección abandonó toda prédica que pudiera sonar extrema. ¿Imitará a los laboristas en su primera medida relevante y pondrá un pie visible en los bancos? ¿O preferirá cultivar el perfil moderado, alejarse del mote y, paradójicamente, socializar las pérdidas en mucha mayor medida? Sería una sorpresa si optase por la primera variante.

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