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El final de la batalla en EE.UU. está a la vista (justo antes del default)
John Boehner
Obama necesita convertir la disputa en una olla a presión, y por eso le pone la tapa del riesgo de la cesación de pagos. Pero su rival republicano, el presidente de la Cámara de Representantes, John Boehner, ya hizo saber que él tampoco permitirá el default, y no deja que se acumulen los vapores. Lo que Obama pretende es cortar de una vez por todas con la correa que los republicanos han usado para tironearlo de un entrevero fiscal a otro a lo largo de sus dos mandatos. Son sus propias palabras: "Lo que estamos debatiendo es cómo mantener el Gobierno abierto por un par de meses. O sea, atravesaremos esto mismo, de nuevo, en la próxima Navidad". Y después "dentro de seis meses, y luego, seis meses más tarde". Obama decidió plantarse. Lo demostró cerrando el Gobierno sin dilaciones y con el bloqueo de las válvulas de escape (como la liberación de fondos para agencias y programas específicos). Aspira a unificar las discusiones -presupuesto y techo de la deuda- y a darles un corte definitivo. No está claro que pueda lograrlo. No es un matador como se comprobó cuando jugó mal sus cartas con el abismo fiscal (son las mismas que ahora, pero entonces eran más poderosas y le hubieran permitido remozar el sistema impositivo). No obstante, el sólo hecho de intentarlo puede llevar a que la refriega se torne más larga que de costumbre.
Por extraño que parezca, la solución a la parálisis del Gobierno está a la vista. "El cierre podría terminar hoy mismo porque hay muchos republicanos que están a favor de votar un presupuesto limpio que no incluya menciones a otras disposiciones", reconoció Obama en Rockville, Maryland. "Pero el presidente de la Cámara de Representantes (Boehner) no va a permitirles que digan sí o no, simplemente porque no quiere enfadar al ala extremista de su partido". Que Boehner se oponga no es un obstáculo insalvable para la ingeniería política. Dos diputados oficialistas -George Miller y Chris Van Hollen- ya se pusieron en campaña para sortearlo. Sobre la base de un proyecto de ley de la oposición, con una modificación parcial de su texto, pedirán una "petición de descargo", un procedimiento que permite sacarlo de comisión y someterlo a una votación exprés. Harían falta 218 voluntades para reabrir el gobierno. La minoría demócrata aporta 200. Los republicanos "disidentes" suman 20. Las cuentas dan, pero la política debe desbrozar un sendero que las una. ¿Perderá Boehner el control de su gente? ¿Se romperá el bloque de la mayoría? Los "disidentes" lo son respecto de la estrategia de confrontación al extremo; son críticos, pero no abjuran de la conducción de la bancada. El anuncio de su postura en discordia puede verse también como una jugada de Boehner para presionar al ala radicalizada de su partido, los hombres del Tea Party. Llegado el caso, el propio Boener podría liderar un acuerdo entre ambos partidos (la reapertura del gobierno, por otra parte, es un resultado final inexorable) y dejar en la disyuntiva de seguirlo, o no, a los legisladores más recalcitrantes "à la Ted Cruz". Pero maniobrar cualquiera de estas soluciones probables requiere tiempo. La propuesta Miller-Van Hollen no puede cosechar firmas formales antes del viernes y lo más temprano que podría habilitar una votación sería recién el lunes próximo. Sobre el filo de la navaja de la deuda pública.


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