26 de octubre 2012 - 00:00

El juego de Massa

De dirigente premium a señor WikiLeaks, minibio del candidato incómodo que puede desordenar el statu quo electoral de 2013.

El juego de Massa
"Yo no voy a ser el Reutemann bonaerense". Como un mandamiento, Sergio Massa recita la frase con tono de ultimátum, un marketing amenazante para los que lo escuchan y para los que escucharán a quienes lo escuchan. Habla para los demás, pero, sin admitirlo o hasta sin saberlo, su sentencia tiene un sagrado y único destinatario: él mismo.

Con 40 años -cumplidos el 28 de abril pasado-, Massa empezó a remar contra el tiempo y el timing, ese tiempismo que en la política se juzga como un don. Comenzó a espadear, en paralelo, con su propia promesa. Fue un enfant terrible: a los 27 juró como diputado bonaerense de la mano de Ramón Palito Ortega, a los 29 desembarcó en ANSES patrocinado por Eduardo Duhalde y a los 36 trepó a jefe de Gabinete amparado por los Kirchner.

Ahora, refugiado en Tigre, "Massita" confía en que el tarot de la política le señale cómo y cuándo dar el salto, y hacia dónde. No fue, no pudo ser, o no se animó a que sea, en 2011, cuando amagó con desafiar a Daniel Scioli en la pulseada por la gobernación.

Sobre la hora, simuló un pacto de caballeros para gambetear la pelea y se enfocó en la busca de un récord: fue reelecto en su municipio con el 73,14% de los votos, el porcentaje más alto de la provincia.

A nueve meses del 22 de junio, fecha que la ley fija como plazo para el cierre de listas para la legislativa de 2013, se recorta como la pieza que puede alterar el statu quo del peronismo. La hipótesis de que se atreva a ser candidato por fuera del kirchnerismo aparece, más allá de la ruleta de la probabilidad y la osadía, como una de las novedades poderosas que puede ofrecer el ring del año próximo.

"Yo no voy a ser el Reutemann bonaerense", repite Massa.

Es su mantra y requiere una modesta traducción: no será, avisa, como el piloto santafesino, esa "esperanza blanca" del peronismo que se topó con varias oportunidades para ser presidente, pero nunca, leyendas y diván aparte, se animó a dar el salto.

Pero hay una lectura accesoria. El Lole gambeteó la marquesina para disputar con una escudería top el rally hacia Olivos, pero fue dos veces gobernador. ¿Desliza Massa, entonces, que su plan es la Casa Rosada sin gobernación como parada intermedia?



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"Massita" nació en el partido de San Martín. Se crió en una casa amplia sobre la calle San Lorenzo, casi esquina Libertad, localidad de San Andrés, a unos metros del centro y a unas cuadras del club de golf homónimo. Hijo menor de una familia acomodada, su padre era un empresario de la construcción. "Nunca tuvo necesidad de trabajar", cuenta un viejo conocido.

De pibe, en el colegio comenzó a militar en la juventud de la UCeDé, desde donde consiguió su primer conchabo político: asesor de Alejandro Keck, dirigente que en 1989 fue electo concejal ucedeísta en San Martín.

En la primera parte de los 90, luego de empezar a estudiar derecho en la Universidad de Belgrano (UB), fue electo vicepresidente primero de la Juventud de la UCeDé de la provincia de Buenos Aires en un triunvirato junto con Marcelo Daletto, que quedó como presidente, y Fernando Gray, vice segundo, quien años más tarde sería vocero de Chiche Duhalde, Alicia Kirchner, y en la actualidad es intendente K de Esteban Echeverría.

La implosión del partido de Álvaro Alsogaray, producto de su ensamble con el menemismo, lo arrimó al peronismo. Territorial, cuando Keck se mudó al PJ tuvo que reportar al cacique partidario del distrito: el gastronómico Luis Barrionuevo. Massa siguió ese derrotero y junto con un grupo de jóvenes liberales se transformaron en los "ahijados" del matrimonio entre Barrionuevo y Graciela Camaño. Preferido de la pareja, hasta solía quedarse a dormir en la mansión de la pareja política.

Tras romper con Keck, Massa empezó a transitar la avenida del peronismo liberal, con sello juvenil, que lo llevó hasta Marcela Durrié, por entonces diputada nacional, esposa de Fernando "Pato" Galmarini, familia de religioso menemismo y padres de Malena, quien, en 2001, se convirtió en su esposa y la madre de sus dos hijos, Milagros y Tomás.

Pero antes hizo la gambeta que lo arrimó a las grandes ligas de la provincia. Fulminada la aventura presidencial de Reutemann, un Menem en retirada apostó a Ramón Palito Ortega. En el conurbano norte, zona de operaciones de Massa, el menemismo tenía como referentes a Galmarini y Ezequiel "Negro" Oliva, y se tucumanizó detrás de la figura del cantante.

Massa se vinculó con Pablo Fontdevila, tucumano y licenciado en Física que luego de ser su ministro de Gobierno en Tucumán se constituyó en el lazarillo político de Ortega en el ajedrez nacional.

Con los meses, Palito rompió con la quinta de Olivos. A espalda de sus laderos club que se reunía en La Escuadra y del que formaban parte, además, Horacio Rodríguez Larrera y Diego Santilli pactó con Eduardo Duhalde: mutó de competidor a compañero de fórmula. El bonaerense pagó la gentileza y aceptó al físico tucumano en la boleta de diputados nacionales y a Massa como diputado provincial.

En la ruleta final, entre pactos y conspiraciones, "Massita" terminó relegado al séptimo escalón de la lista de la Primera Sección. La fortuna lo atajó en el aire: tras la elección del 24 de octubre de 1999, una banca quedó en discusión y finalmente, por apenas 215 votos, la ganó el peronismo.

Fue para Massa.




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Ostenta uno de los ratio de imagen ecuación positiva/negativa más saludable de la fauna política criolla. Las encuestas más dulces presentan una estadística casi de ficción: 70 puntos de positiva y 7 de negativa entre los bonaerenses. Los muestreos más mezquinos o cautos redondean los números en 54 a 22.

A nivel nacional, los valores varían en baja, pero, en particular, se modifica una variable: es conocido por entre 6 y 8 de cada 10 argentinos, lo que lo ubica debajo de figuras como Cristina, Scioli o Macri, cuyo nivel de conocimiento es casi absoluto.

"Vos todavía no estás en la Primera A: el 20% del país no sabe quién sos", suelen torearlo.

Para casos como el de Massa, el encuestador Julio Aurelio patentó la categoría de dirigente premium que define a quienes en sus territorios tienen índices de respaldo que bordean el 80%.

Como siempre, los números requieren decodificaciones. La imagen positiva de Massa es una construcción ambigua. En el universo de los que lo ven con buenos ojos, dentro y fuera de Tigre, cohabitan matices y antagonismos: los que lo suponen kirchnerista, quienes recuerdan su paso por ANSES, aquellos que valoran su gestión como intendente y hasta los que interpretan que es un dirigente crítico del Gobierno o, incluso, un anti-K.

Esa mixtura dificulta, por caso, determinar con qué porcentaje de ese torrente de buena imagen se quedaría Massa si, por ejemplo, en 2013 decide convertirse en candidato contra Cristina.

Sus detractores lo acechan con otro cuestionamiento: dicen que fuera de Tigre jamás puso a prueba los cinturones de campeón que le otorgan los consultores.

Es verdad. Massa fue dos veces postulante a diputado nacional del FpV, en 2005 y en 2009, pero jamás encabezó la boleta: en ambos casos figuró en el cuarto escalón de la lista K, siempre bajo la bendición o la intimación de Néstor Kirchner. Las dos veces fue testimonial.

En su pequeño récord, fue tres veces electo como legislador tres mandatos sumarían 12 años, pero sólo ocupó una banca de diciembre del 99 a enero de 2002, cuando Duhalde, a sugerencia de Alfredo Atanasof, y éste por recomendación del exmultirreelecto diputado Juan Manuel Valcarcel, lo designó en la ANSES.

"No agarres Sergio, no agarres: no vas a poder pagar las jubilaciones y vas a destruir tu futuro político", lo intimaban, por esos días, sus colaboradores, cuando Duhalde, recién asumido como presidente interino, le ofreció el cargo.

Pasado el tiempo, como una especie de venganza íntima para facturarles su error de cálculo, cada vez que iba a anunciar un aumento de los haberes, Massa se lo anticipaba a aquellos que en el pasado le habían recomendado rechazar la jefatura de la ANSES.




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Como muchos dirigentes del PJ bonaerense, Massa quedó en medio de la porfía entre Duhalde y Kirchner de 2005. El caudillo de Lomas apostó, incluso, a convertirlo en una de las caras de la renovación, antagónica al presidente, junto con Julián Domínguez y "Juanjo" Álvarez.

De aquellos tres, en el spring final Massa fue el único que sostuvo la postulación de Cristina de Kirchner contra Chiche Duhalde. Domínguez y Álvarez, junto con otros como José María Díaz Bancalari y Graciela Giannettasio, fueron fervorosos defensores de la "pureza" del peronismo de Buenos Aires contra la invasión pingüina.

El lomense creía que Massa jugaría de su lado, por eso lo esperó, en vano, un atardecer de marzo donde estaba pautada su participación en un acto chichista en Tres de Febrero. Ese día, el tigrense se pasó varias horas gambeteando los llamados telefónicos de los duhaldistas y cuando, finalmente, agarró el celular dijo que había viajado a EE.UU. En verdad, estaba refugiado en un hotel boutique del norte bonaerense jugando al ping pong con amigos y familiares.

Dos años después sobrevendría su primer tironeo áspero con Kirchner. Massa pretendía disputar la intendencia de Tigre, municipio que eligió como "territorio" político a pesar de haber nacido, haberse criado y haber militado en San Martín.

Tigre era la Miami bonaerense, con el 80% de recursos propios, despliegue industrial, potencial y la vidriera fenomenal del Delta. Comparado con los distritos duros del conurbano rabioso, Tigre era y es otro país. Massa lo detectó y, político clásico, encapsuló su fanatismo por San Lorenzo y su "simpatía" por Chacarita para convertirse en hincha del Club Atlético Tigre, pasión a la que luego arrastraría también a su amigo y mano derecha en ANSES, Amado Boudou.

"¿Para qué querés ser intendente? Dejá: eso es meterse en una trituradora", le decía Kirchner, que lo prefería "cautivo" en el gabinete, con lo cual lo tenía a tiro de decreto.

"Ya sé que vos no querés, pero igual me la voy a jugar. No te pido que me ayudes, te pido que no me juegues en contra", lo medía Massa, mirándolo de reojo, entre risas.

Ganó la elección por 6.000 votos. La lista del FpV quedó 5.000 abajo, pero con una colectora de una agrupación municipal juntó 11.000 y pudo ser intendente. Testarudo, Kirchner no se resignó: antes de que asuma en el distrito en busca de un reemplazo para Miguel Peirano le ofreció que se convierta en ministro de Economía de su esposa.

"No puedo: si no asumo como intendente me quedo sin futuro político", se excusó. Cuentan que el patagónico le prometió el infierno, pero unos días después, el 10 de diciembre, junto a Cristina, flamante presidenta, asistió a la jura de Massa como alcalde.




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-Vos arreglaste con Kirchner. Me estás

cagando...

-Te juro que no, Sergio, te lo juro: somos amigos.

Boudou se deshizo en invocaciones, pero las horas le dieron la razón, incómoda e irrevocable, a Massa. El 8 de julio de 2009, Cristina de Kirchner firmó un decretazo que expulsó al tigrense de la Jefatura de Gabinete y mudó a Boudou de la cima de la ANSES al Ministerio de Economía.

Casi un año antes, tras la renuncia de Alberto Fernández, el 23 de julio de 2008, Massa fue citado a Olivos, donde lo recibió la Presidenta y le ofreció ser su jefe de Gabinete.

"A vos no te puedo decir que no", exageró "Massita".

Su cercanía con el matrimonio K le había permitido "influir" para resucitar a Boudou que, tras su salida de ANSES, quedó rezagado en un cargo menor castigado por Alberto F., que mandaba en el organismo vía Claudio Moroni. De aquellos tiempos data la pendencia entre Fernández y Boudou, vecinos en un edificio de Puerto Madero.

Malicioso, a Kirchner le gustaba sembrar tensiones y le divertía hacerlo entre Massa y Boudou. Lo llamaba al jefe de la ANSES, le pedía que vaya a verlo a Olivos y luego lo despedía con un mensaje para Massa. "Decile a Sergio que me llame". Era una picardía para incomodar al de Tigre. Más de una vez, Boudou le ocultaba a su amigo que había estado en la quinta presidencial.

La estatización de las AFJP abrió una brecha entre los socios y la derrota del 28-J destrozó el romance entre Massa y los Kirchner. En esa elección, Malena Galmarini, su esposa, fue con dos boletas: una del FpV con el santacruceño como candidato a diputados; la otra suelta, "cortita", con la que sacó 14.000 votos más que el expresidente.

En Tigre, Malena ganó y Kirchner perdió, lo que le valió la acusación de traidor junto con otros intendentes como Pablo Bruera, de La Plata; Darío Giustozzi, de Almirante Brown; y Alejandro Granados, de Ezeiza.

Ahí empezó el frío. La metralla lapidaria contra el expresidente del intendente en una charla con la embajadora de EEUU, Vilma Martínez, luego filtrada por WikiLeaks casi en simultáneo con la muerte de Kirchner, pareció sepultar cualquier posibilidad de perdón por parte de Cristina.




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A fines de septiembre, Massa regresó a la Casa Rosada a firmar la inclusión de Tigre en el plan Pro.Cre.Ar junto con otros intendentes. Cuando el locutor mencionó su nombre, los militantes de La Cámpora y el Movimiento Evita lo silbaron.

En silencio, Massa siempre preocupado por su imagen debió agradecer su fortuna porque en ese momento todavía no había empezado a transmitir la Cadena Nacional que pudo multiplicar el abucheo.

Se puede leer esa silbatina en clave tribunera: el cristinismo purista desprecia a Massa con argumentos similares a los que esgrime para hacerlo con Scioli, pero lo asume como un sujeto electoral peligroso al que, de mínima, debe neutralizar en las legislativas que vienen.

Enfrente, rebelado contra la Casa Rosada, Massa puede ser un problema político serio, pero un problema que excede los límites de la Casa Rosada.

Un problema para casi todos los actores del ajedrez bonaerense: para Scioli porque podría forzarlo a tomar posición, para opositores como Macri o De Narváez, porque una batalla interperonista los excluye del juego; para el colectivo anti-K, porque ningún dirigente opositor mide más y mejor que "Massita".

Pero ningún movimiento es gratuito. Aparece entonces la mitología de los "carpetazos", los toreos sobre que no se anima y la íntima valoración de Massa sobre lo que le conviene hacer.

"Voy a ser candidato", promete a los que lo sondean, y pone como fecha, volátil, el fin del verano. Las palabras son efímeras: lo mismo decía a los que lo visitaban en 2011 convencidos de que sería candidato a gobernador.

"Voy a ser candidato", alardea sin dar precisiones sobre con qué partido, cuándo, ni candidato a qué.

"Voy a ser candidato", reza, como un mantra, el candidato incómodo y no hace otra cosa que hablarse a sí mismo.

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