23 de marzo 2010 - 00:00

El legado magistral de la obra de El Greco de gira por Europa

«Las lágrimas de San Pedro», una de las obras que integra la exposición belga «El Greco Domenikos Theotokopoulos 1900».
«Las lágrimas de San Pedro», una de las obras que integra la exposición belga «El Greco Domenikos Theotokopoulos 1900».
En el Palacio de Bellas Artes de Bruselas se presenta «El Greco Domenikos Theotokopoulos 1900», con cuarenta obras del artista. La exposición realizada en el marco de las actividades culturales con motivo de la presidencia española de la Unión Europea, fue organizada por la Sociedad Estatal para la Acción Cultural Exterior, la Junta de Comunidades de Castilla La Mancha y el Palacio de Bellas Artes de Bruselas. El cierre temporal del Museo del Greco en Toledo por las obras de modernización de sus instalaciones, ha posibilitado esta muestra itinerante que permite mostrar a diferentes públicos la riqueza de sus fondos.

Domenico Theotocopoulos, nacido en Creta en 1541, se convirtió en una de las figuras más sugestivas de las últimas décadas del siglo XVI e inicios del XVII. Hacia 1560 durante su estancia en Venecia, recibió la influencia de la pintura veneciana: la variación de los colores, la vibración del claroscuro y algunos esquemas de composición. Luego de su formación veneciana y una breve estadía en Roma, se trasladó a España en 1575 con intenciones de trabajar en el monasterio de El Escorial. No habiendo podido concretar esta pretensión, el artista se trasladó a Toledo.

Allí instaló un gran taller y mantuvo vínculos con las jerarquías religiosas y sociales, dando impulso a su fama. Desde esa época se lo conoció con el sobrenombre de El Greco. Más obligado a aceptar la realidad de acuerdo con los trabajos por encargo, realizó numerosos retratos en los que aportó su sello personal. Sus figuras, en general de busto o medio cuerpo, con un aire distante y rostros afilados, en los que el artista profundizó en el alma con aguda observación.

Entre otros, cabe señalar el retrato El Caballero de la mano al pecho, un personaje desconocido con gesto elegante y sereno. De acuerdo con la postura de la mano y la presencia de la espada, parece estar en el acto de recibir la «Fe de Caballero.» Así, durante gran parte del XIX, estas obras le otorgaron fama y valoración absoluta como retratista del caballero español. Hacia fines de ese siglo comenzó a ser cada vez más reconocido por sus escenas religiosas, como La Anunciación del retablo de Doña María de Aragón, el único encargo que tuvo en Madrid.

Una de sus grandes obras maestras, La Trinidad, fue pintada para el retablo de Santo Domingo de Toledo. En su composición se destacan el modelado anatómico del cuerpo de Cristo en serpenteante disposición, la luz dorada y la solidez de sus características nubes. Esta singular corporeidad es evidente en las nubes de La Coronación de la Virgen donde presentó a los ángeles a manera de espíritus transparentes. En una versión de Cristo abrazado a la cruz, vinculada con los pasos procesionales de Semana Santa, acentuó el rostro afilado y el semblante trágico, por el color gris contrapuesto a los coloridos de las vestiduras.

La preferencia de El Greco por las composiciones verticales, el alargamiento de las figuras, la tensión dramática y el colorido vibrante, son muy notorios en las obras de su última fase. La luz acentúa el patetismo en La Crucifixión, obra donde el dinamismo de los personajes contrasta con la geométrica realidad de Cristo en la cruz. Casi desmaterializado, el Cristo de Resurrección asciende como espíritu puro ante el asombro de los soldados. Se trata del triunfo de la luz que resplandece sobre la oscuridad.

En su tiempo, las pinturas de El Greco fueron consideradas extravagantes o raras. Fue sólo a mediados del siglo XIX y comienzos del XX, con los planteos de nuevas corrientes estéticas, cuando comenzaron a valorarse la fuerza de su pincelada, la expresión de los rostros y el uso de los pigmentos que llenaban de luz sus telas. En un primer momento, lo recuperó el Romanticismo. Luego, con las vanguardias como el expresionismo alemán o también el mismo Picasso, el Greco se convirtió en un referente de la modernidad artística.

«Todas las vanguardias viven y siguen viviendo de él», señalaron los curadores Ana Carmen Lavín y José Redondo. Entre las obras que se destacan en la exposición en Bruselas, están Las lágrimas de San Pedro, El Expolio y El Apostolado. Esta última ha sido considerada su testamento artístico por la libertad de las formas y el singular uso del color. En cuanto a uno de sus trabajos más célebres, El entierro del Conde Orgaz, no trasladado por razones de conservación, fue reproducido en una video instalación realizada por Oscar Mariné, quien también tuvo a su cargo la escenografía de la muestra: se centró en una iluminación especial creando penumbras y jugando con los colores rojos y azules propios de El Greco.

En su propuesta para el montaje de la exposición en el Palacio de Bellas Artes de Bruselas, el color adquiere protagonismo, se opone a la idea de la España negra y acentúa la modernidad de uno de los fundadores de la Escuela española de pintura.

Dejá tu comentario