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“El mercado no me desvela, pero tampoco lo desprecio”
Marcela Römer cree que lo que determinó que ganara el concurso a la dirección del museo rosarino fue que «me vieron pragmática para abordar todos los campos, ya sea el estético, el conceptual o el meramente cotidiano.»
Periodista: Dado el crecimiento que ha tenido en estos últimos años el Macro, ¿no justificaría que se independice del Castagnino y que cada cual tenga su propia dirección?
Marcela Römer: Así nacieron: el Macro es un anexo del Castagnino. El Macro, con la obra contemporánea retroalimenta la colección del Castagnino, que es más histórica. «Papá Castagnino», como yo le digo, es un museo con un gran prestigio y amparó al Macro cuando nació. En el concurso me preguntaron si los museos se tenían que separar, y les dije que no lo descarto. Pero por ahora funcionan muy bien.
P.: ¿Qué planteo básico determinó que ganara el concurso?
M.R.: Aparentemente, lo más fuerte es que tengo antecedentes de gestión cultural y experiencia en muchas áreas, en galerías privadas y en el sector público. Después fui muy concisa, presenté una exposición de los hermanos Guido y dije que el director del Museo debe saber presupuestarla. Mostré un presupuesto tipo, incluí todo e hice un deslinde. Fue muy bien visto, y me contaron que en ese momento alguien dijo: «Ésta es nuestra directora». Creo que me vieron pragmática para abordar todos los campos, ya sea el estético, el conceptual o el meramente cotidiano.
P.: ¿Cuáles fueron sus gestiones que más importaron?
M.R.: Trabajé en la Biblioteca Popular, y lo tomaron en cuenta porque tiene que ver con la voluntad de gestión pública ad honoren. También trabajé en una galería en Estados Unidos, y dirigí una fundación asociada con la galería. Tengo una visión macro del mundo del arte, viajé a ferias, bienales y muestras internacionales.
P.: Ahora, en los museos hay un prejuicio con la gente que proviene del mercado. De hecho, el galerista neoyorquino Jeffrey Deitch, que hoy dirige el Moca de Miami, es el primer operador del mercado a cargo de un museo en todo EE.UU.. Y cuando en el MOMA homenajearon a Jasper Johns, el galerista Leo Castelli, que lo descubrió, no figuraba en la lista de oradores.
M.R.: Sí. Hay un prejuicio. Hay gente que cree que si uno se relaciona con el mercado va a contaminar el ambiente del arte. Pero ese prejuicio es muy antiguo. En Rosario no hay una asociación directa con el mercado, pero se tiene claro que para sostener muchas actividades, el Estado tiene que trabajar con lo privado y un poquito con el mercado.
P.: Pero el mercado rosarino casi no existe.
M.R.: Nosotros asumimos nuestro trabajo cultural y artístico como un bien simbólico fuerte, pero el artista rosarino sigue vendiendo en Buenos Aires. Ojalá tuviéramos un mercado más fuerte; todavía no funciona del todo, mejora de a poco y con mucho esfuerzo. Nuestro fuerte es Buenos Aires. Vamos y venimos. Yo soy un caso raro, tengo relación con el mercado pero me formé en la universidad, tengo una maestría en arte. Cubro algunos aspectos que podrían dar pánico a la gente que no le gusta el mercado, y otros tienen que ver con lo intelectual o lo conceptual, y esto también pesa. El mercado es una pata más, mi cabeza no está en el mercado.
P.: Pero no lo desprecia.
M.R.: No, para nada. El artista necesita vender su obra, sobrevivir y seguir creciendo, y las galerías y nosotros componemos el campo cultural. Siempre se trabaja asociado.
P.: El pequeño mercado de Rosario parece estar ajeno a vicios como la especulación, o las cuestiones que tornan sospechosa a alguna gente del mercado. ¿Es así?
M.R.: Es nuestra ventaja. Acá existe la posibilidad de producir alejado del mercado, de delirarse con alguna idea y hacerla, llevarla adelante. El Estado patrocinador es un concepto medio antiguo, pero aquí funciona. En Rosario estás muy cerca de la Secretaria de Cultura, planteás algo y te escuchan. No se genera el sentimiento de que «esto no va a funcionar». Hay posibilidades de trabajo muy buenas.
P.: ¿Fernando Farina sigue relacionado el Castagnino como antes, cuando era director y en plena crisis logró apoyo político para fundar el Macro?
M.R.: Farina es un gran gestor, aportó al país su visión cultural y artística. Ahora está en la Fundación YPF y en el Fondo de las Artes y es un nexo bien real que tenemos con Buenos Aires. Hay proyectos para sacar la colección a nivel nacional y fuera del país, tenemos que evaluar costos, cooperaciones, porque es la manera de tener visibilidad externa. Quizás podamos asociarnos con otros museos. Ahora nuestra colección de obras de León Ferrari está en el Caraffa de Córdoba.
P.: Buenos Aires no tiene museo de arte moderno. ¿Los curadores, críticos que quieren ver arte contemporáneo argentino, vienen a ver la colección del Macro?
M.R.: Sí, vienen desde el extranjero y otras provincias. Además prestamos obras para muestras como la de Berlín curada por Diana Wechler. Pensamos que es una buena política, que las obras se vean y que los curadores puedan recurrir a la colección.
P.: ¿Qué va a pasar con la preservación de la colección del Castagnino, que, aseguran, no está en las mejores condiciones?
M.R.: Nos tomaremos unos meses para reordenar los depósitos, para organizar nuestra gran masa de colección. El crecimiento tan acelerado que tuvimos hace que cuestiones como el espacio y la preservación se compliquen. Todos los equipos están muy preocupados. La gente de acá se compromete mucho con lo que hace y deberemos organizarnos bien para poder llegar a otra etapa. La vorágine de compras y donaciones de obras hace que el espacio en determinado momento se acabe. Tenemos la idea de ampliar nuestra colección de video que no ocupa tanto espacio, sólo tenemos 50 piezas. Por otra parte, el 28 de mayo inauguramos una gran muestra histórica, una visión del bicentenario rosarino.
Entrevista de
Ana Martínez Quijano


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