21 de abril 2009 - 00:00

El mundo, cerca de alcohólicos anónimos

¿Se puede curar a un borracho proporcionándole más bebida? ¿Si la liquidez causó los excesos, es sensato aumentarla en aras de darle solución a una crisis que lleva su rúbrica? ¿No es una crónica adicción? Las preguntas, por reiteradas, son conocidas. Traen de antemano su propia respuesta reprobatoria. No es a las ciencias médicas a las que se cuestiona, desde ya, sino a la praxis económica. La cirrosis que se teme es la inflación sin control. Y los dardos son para la política de estímulo. La crisis hizo añicos el bar, pero no hay banco central que no haya aumentado su clientela, ampliado la barra de estaño ni abaratado los tragos. La Fed, allá por setiembre de 2007, fue la precursora del tratamiento con un recorte señero de tasas de medio punto que irritó a los críticos. Más allá de los camuflajes, hoy, en los hechos, lo que rige en el G-7 son tasas de interés cuasi cero (¿una «happy hour» extendida?) y un incremento notable en el despacho de base monetaria, reservas bancarias y cantidad de dinero. Para peor, el G-20 no se queda atrás. La ampliación que patrocina de los derechos especiales de giro (DEG) promete todavía más creación monetaria. Hemos descendido, en apariencia, al infierno de Alcohólicos Anónimos. Pero, ¿qué pasó, en concreto, con la borrachera de la inflación?

En marzo, los precios al consumidor cayeron un 0,1% en los EE.UU. No se trata de una aberración estadística. La inflación efectiva, medida por su evolución en los últimos doce meses, que corría libre de ataduras un año atrás, se esfumó sin dejar rastros. De trepar el 4,1% se transformó en deflación. O, con más precisión, en una merma acumulada del 0,4%. Contra los presagios de quienes defienden la abstinencia, el paciente no exhibe un exceso de vahos etílicos, sino una sobriedad exagerada, sin antecedentes desde un lejano 1955. Del examen de su conducta se advierte un viraje rotundo a partir de agosto último. Hasta julio, la inflación -o lo que pasaba por tal- era un potro ingobernable. Su lectura más elevada ocurrió entonces: el 5,4%. Pero bastó con que la gravedad de la crisis arrollara los precios de la energía -el petróleo marcó máximo allí a efímeros 147 dólares por barril- para que la ebriedad se disipara con rapidez. Hubo, en verdad, un amague de restringir la política monetaria que fue creíble, pero no se cumplió (en Europa, sí se practicó una suba de tasas, aislada, en julio). Y, después de Lehman, los bancos centrales, todos sin excepción, se abocaron a ofrecer sucesivas rondas de tragos libres, fuera de programa, hasta saciar la sed en sus parroquias.

El arabesco de la inflación -la espiral recargada de su ascenso y caída- es un fenómeno, repetido como un calco, que trasciende fronteras. En la Europa del euro, la inflación minorista que hervía en junio y julio a tasas del 4% mutó en marzo (tomando siempre los registros de los últimos doce meses) a un magro 0,6%. En una China ya no tan vibrante, los extremos del arco acusaban una inflación por encima del 8% a comienzos de 2008 y un repliegue acumulado del 1,2% en la flamante medición del mes pasado. Más aún, si en los EE.UU. la metodología de cálculo de los precios minoristas tomara en cuenta la brutal caída inmobiliaria para estimar el costo mensual de habitar una vivienda, en vez de imputar el valor de un alquiler hipotético, la tasa de deflación no derraparía el 0,4% sino el 5%.

¿Qué clase de borracho tenemos entre manos? ¿Quién acusa más los efectos del alcohol, el paciente o quien formuló el diagnóstico? A esta altura, es obvio que el problema no es la borrachera, sino la deshidratación que procede vertiginosa. La banca central no erró cuando se definió por la provisión generosa de liquidez. En todo caso, la marcha de la economía y de los precios revela que pecó por defecto y no por exceso. Tampoco es verdad que el mundo asista a una gigantesca fiesta de la vendimia. La política monetaria tuvo éxito en suministrar agua mineral, pero no corrigió la resaca del crédito. Aumentó la liquidez primaria y los medios de pago -que, en buena medida, se atesoran y no se gastan-, pero todavía no revirtió la destrucción del crédito. Una prueba de alcoholemia no arrojaría positivos.

Ni inflación ni deflación propiamente dichas, lo que la economía padeció es un cambio importante de precios relativos. Cuando la energía empujó al alza, arrastró consigo fuertes presiones inflacionarias, pero no logró cristalizar un aumento sostenido del nivel general de precios más allá de los márgenes de tolerancia de la banca central (que garantizan al cabo de los años, eso sí, una fuerte erosión del poder de compra del dinero). La situación actual invirtió los roles. El declive de los valores de la energía y el derrumbe de los precios de los activos traccionaron los índices a territorio negativo (pese a una explosión de un billón de dólares de déficit fiscal). Pero el mismo recurso (denostado en su momento) de focalizarse en las mediciones núcleo (excluyendo alimentos y energía) -que permitió soslayar la gravedad de la amenaza inflacionaria- ahora desestima la vigencia de una verdadera deflación. Todavía subyace una variación de precios positiva. En EE.UU. la inflación núcleo, en los últimos doce meses, se ubica en el 1,8% (con un leve ascenso en su ritmo anualizado, a partir de diciembre, al 2,2%). En la Europa del euro, una similar medición depurada acusa el 1,5% en marzo.

Sin embargo, para los puritanos de la ley seca, la inflación es inexorable. Las políticas de estímulo, como la mala bebida, dejarán ver su sello en el largo plazo. ¿Será así? Los riesgos de cebar la bomba son evidentes -no hace falta descender del Mayflower para apreciarlos-, pero el futuro no está escrito en piedra. Como ya se dijo más de una vez, la salida de la Gran Depresión no fue la Gran Inflación (que sí sobrevino cuarenta años más tarde). Y en Japón, pese a toda la emisión monetaria y a una deuda pública que es una vez y media el producto bruto, los precios al consumidor de febrero son similares a los de quince años atrás y un 3,5% más bajos que en el pico de octubre de 1998.

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