13 de septiembre 2017 - 23:59

“El mundo sólo será mejor si existe una buena educación”

• DIÁLOGO CON EL EDUCADOR ESPAÑOL CÉSAR BONA, CONSIDERADO EL "PREMIO NOBEL DE LOS PROFESORES"
El filólogo, ahora dedicado por entero a la enseñanza, presentó en Buenos Aires su nuevo libro, “Los retos y desafíos de un maestro de hoy”.

Bona. “Los gobiernos pasan, puede cambiar la ley de educación, pero los problemas con la enseñanza persisten”..
Bona. “Los gobiernos pasan, puede cambiar la ley de educación, pero los problemas con la enseñanza persisten”..
Según el Global Teacher Prize (llamado "el Premio Nobel de los profesores"), el español César Bona es uno de los mejores maestros del mundo. Cuando dejó la filología para dedicarse a la docencia decidió conocer la educación en los lugares más opuestos. Descubrió que la enseñanza más eficaz consiste en involucrarse con los estudiantes, y así usó de la creatividad común para vencer el ausentismo, el analfabetismo, el desinterés. Bona visitó Buenos Aires para presentar su libro "La nueva educación. Los retos y desafíos de un maestro de hoy" (P&J, Penguin). Dialogamos con él.

Periodista: ¿Por qué "la educación debe estar por encima de cualquier gobierno"?

César Bona: El fin de la escuela no es crear seres empleables o con una cierta ideología; es preparar personas para la vida. Los gobiernos pasan, puede cambiar la ley de educación, pero los problemas siguen. Tenemos que plantearnos no cómo educamos sino para qué educamos, para qué tipo de sociedad estamos educando; levantar la vista de los libros y mirar a los niños, dónde viven, el mundo real que los rodea. No es suficiente con llenarles la cabeza de datos y cifras sino facilitarles herramientas: curiosidad, empatía, sensibilidad y resiliencia para que puedan salir fortalecidos de situaciones adversas. Deben saber que si se proponen algo y luchan por ello pueden llegar a conseguirlo, y que de ellos depende que el mundo sea un lugar mejor.

P.: ¿No es eso un planteo utópico?

C.B.: Es caminar hacia adelante en un mundo en acelerado movimiento. Si yo no fuera utópico, si no me propusiera proyectos que se dicen imposibles de cumplir, no sería maestro, me dedicaría a otra cosa. Ser maestro no es transferir datos, es invitar a mejorar, y mejorar el espacio que se habita. ¿Soy utópico porque sostengo que otra educación es posible?

P.: ¿Son hoy la televisión, la computadora, el celular quienes educan y no la escuela?

C.B.: No es la escuela la que educa, es la familia lo primero. La escuela es el lugar donde podemos ayudar a las familias a educar a sus hijos. Los medios de comunicación educan, la sociedad educa, las nuevas tecnologías están cumpliendo un papel muy importante, pero falta educación en el uso correcto de la tecnología.

P.: ¿Cómo llega a ser nominado el Premio Nobel de los profesores?

C.B.: Yo no quería ser maestro. Un maestro tiene que tener vocación y yo no la tenía. Me interesaba la filosofía, la literatura, la psicología, el periodismo. Estudié filología inglesa, que era la carrera que había en Zaragoza. Mi padre carpintero, mi madre ama de casa, no podía salirme de allí. Con mi título de filología no sabía qué hacer y logré entrar en una escuela a enseñar inglés, y fue ahí, a los 25 años, ante niños y niñas, que me di cuenta de que quería ser maestro. Me he movido mucho porque me apetece ver los contextos en que se mueve la educación. He estado en la educación pública, privada, concertada, en la escuela rural, en grandes colegios, en la primaria, la secundaria. Ser maestro es el privilegio de ser ejemplo, de ser consciente de que lo que exiges tienes que tenerlo tú.

P.: ¿Considera que abrir a la creatividad es uno de los fundamentos de su labor?

C.B.: La creatividad es inherente al ser humano. A medida que crecemos se nos olvida ese don. Igual que la curiosidad. Se deja de aprender no porque uno se haga mayor sino porque se deja de tener curiosidad. Los niños son, sobre todo, curiosos, y se le debe seguir estimulando en la escuela. El maestro tiene que partir de la empatía, y así conectarse con sus alumnos y detectar lo que les falta y lo que puede motivarlos. Ellos tienen lo que tenemos todos los seres humanos, el deseo de sentirse queridos, escuchados, útiles. Si no, se sienten rechazados, y no le interesa hacer nada, y si lo hacen es por obligación, sin importarles lo que están haciendo.

P.: Combatió el ausentismo escolar haciendo que sus alumnos le enseñaran flamenco, y el analfabetismo escribiendo una obra de teatro que tenían que actuar. ¿Qué lo llevó a hacer el mediometraje "La importancia de llamarse Applewhite"?

C.B.: Estaba en una escuela rural con seis alumnos, en un pueblo de 200 habitantes. De esos seis chicos, una niña y un niño no se hablaban por rencillas familiares. Hablé con las familias, no hubo manera. Dije: ya que no os habláis, vamos a hacer una película de cine mudo, y vosotros vais a ser los protagonistas y os vais a amar. Las familias empezaron a trabajar en la ropa, en las escenas, y los chicos a estar juntos. La película trata de una chica rica que ama a un chico pobre y las familias se oponen. Una comedia con algo de Oscar Wilde y algo de Harold Lloyd. Hay un trailer en YouTube. Nos dieron varios premios, una en la India, pero el premio verdadero fue que las familias volvieron a unirse. A los alumnos hay que educarlos para la convivencia, para el diálogo, para el respeto a uno mismo, a los demás, a las diferencias, al medio ambiente. Todo eso sale de la escuela. Un maestro amargado enseñará desde su amargura. Un maestro que se sienta valorado dará lo máximo sin ninguna duda. Y ahí fluye la vocación. Se siente que está con los ciudadanos del presente que cuando crezcan manejarán el mundo. Uno se da cuenta que de la escuela salen todas las profesiones, los poderes, y es el maestro el que les ha puesto en camino de su participación en la sociedad.

P.: ¿En qué está ahora?

C.B.: Reviso para nueva edición un libro anterior, "Las escuelas que cambian el mundo", en un libro de cuentos para niños, y en la creación de una escuela piloto.

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