21 de julio 2011 - 00:00

El peligro europeo: dar otra aspirina

¿Qué cabe esperar de la cumbre europea? «Nada espectacular», dijo Angela Merkel, la premier alemana, dos días atrás. Ayer su portavoz corrigió el vaticinio: «Tenemos mucha confianza en que mañana (por hoy) se encontrará una solución positiva y sensata». En el ínterin, corrió mucha agua, casi un río de indignación. El Fondo Monetario Internacional -el socio de la Unión Europea en la financiación de los salvatajes- quebró su regla de silencio y urgió a tomar el toro por las astas. EE.UU. reclamó lo mismo (pese a lo embarazoso de su propio frente interno). Nadie fue más al grano que José Manuel Barroso, el presidente de la Comisión Europea: «Los líderes deben llegar a la reunión diciendo lo que pueden hacer, lo que quieren hacer y lo que harán; no lo que no pueden hacer o lo que no harán». Tanta presión provocó un pequeño milagro: una reunión fuera de programa entre Merkel y el presidente de Francia, Nicolas Sarkozy, una escena intempestiva que ya resulta familiar, en cuanto suele preceder a toda decisión ríspida que deba tomar la Unión Europea.

De la cumbre que Merkel quiso anular depende -según Barroso- el destino de la integración. Como se advierte, es un destino azaroso. No es que la promesa de defender a rajatabla la estabilidad del área del euro se desconozca, pero las decisiones que se deben tomar involucran competencias que los países miembros se reservaron para sí. Dice bien Barroso, llegó el momento en que los líderes políticos «deben hacer honor a la promesa».

El fracaso europeo le presta su nombre al cónclave: «La estabilidad financiera del área del euro en su conjunto y la financiación del programa griego». Es decir, con otras palabras, cómo no ahogarse en un vaso de agua. Créase o no, hace más de un año que irrumpió el problema y no se le encuentra solución. Y ahora hay que fondear una ampliación generosa del programa original. Si se lee la prensa europea, se pasa revista -día tras día- a una sucesión interminable de medidas en danza. Lo que unos postulan otros rechazan. Y lo que éstos proponen no satisface a los primeros. Desde mayo que Alemania hizo saber su pretensión de involucrar al sector privado en el esfuerzo de sostener a Grecia («bail in»), y ese requerimiento, hasta ahora inflexible, es un escollo que no se logra superar. Todo esquema sugerido supone el riesgo (o la certeza) de provocar un default, y el Banco Central Europeo no lo aprueba. No sólo eso: también presiona con no aceptar la deuda en default como colateral de sus créditos, dejando así a la banca griega a la intemperie (y poniendo a cualquier otro banco que la esté usando con la misma finalidad -que no deben ser pocos fuera de Grecia- en la onerosa obligación de sustituir garantías). Curiosamente, Alemania, en marzo, había promovido el Mecanismo Europeo de Estabilidad, que estipulaba que no habría reestructuración de ninguna deuda soberana hasta mediados de 2013. Y ahora exige que el sector privado aporte como mínimo 30 mil millones de euros aunque sea a costa de una refinanciación que sólo cosméticamente puede considerarse voluntaria. ¿Qué deberá hacer la cumbre? Dejar de mentar la soga y resolver de cuajo esta discusión. Haya ahorcados o no. ¿Será el impuesto a la banca una solución viable? Es el último cliché en boga. Proponerlo no tiene más sentido que darle a Alemania una promesa de que obtendrá lo que pide -los susodichos 30 mil millones de euros provenientes del sector privado- de manera tal que Merkel se la pueda vender a la opinión pública de su país. No está claro, desde ya, si la recaudación efectiva estará a la altura de las expectativas. Más aún, la cumbre no tiene facultades legislativas. Cada país deberá sancionar el nuevo impuesto, lo que en el mejor de los casos llevará tiempo antes de ser aprobado. La estabilidad financiera de la zona del euro, basta escuchar a Barroso, al FMI y a EE.UU., requiere prisa. Pero si Alemania acepta el juego, serviría para quitar de escena, de momento, el tema más urticante. Ahora bien, cualquiera sabe que la incidencia de un impuesto no es función de quién lo ingresa a las arcas oficiales. Lo podrán «pagar» los bancos, pero seguramente recaerá sobre los contribuyentes que sí o sí deben usar los servicios del sistema financiero (nada muy distinto del resto del paquete de rescate). Y, yendo un paso más allá, una vez instalada la idea del default como se instaló, ¿será posible ahuyentarla con un truco tan barato? ¿Qué sucederá cuando haya que apuntalar a Irlanda? ¿O a Portugal? ¿Cuánto se podrá aumentar la alícuota del «pequeño impuesto» a los bancos?

Si la cumbre quiere proveer algo más que una aspirina al paso, será útil que defina también otros temas que están en el candelero, y que tarde o temprano habrá que implementar. El Fondo de Estabilización Financiera, lo subraya el FMI, deberá crecer en tamaño y asumir roles que no estaban previstos en su diseño original. Dos son las tareas que le competen en una coyuntura tan desmejorada: comprar deuda soberana en los mercados secundarios y participar del proceso de recapitalización de la banca. No lo dice el FMI por cuestiones de recato, pero la eficacia de la cumbre dependerá también de los compromisos que acepte el BCE. Trazar un muro cortafuegos que detenga el contagio de la crisis antes que achicharre a España e Italia demanda que el BCE revise su política. La tesis Nowotny -que el BCE pueda aceptar un escenario de default selectivo en la periferia de la eurozona- es un mejor antídoto para evitar males mayores, a esta altura, que negar con tozudez todo percance. La batalla por Grecia, Irlanda y Portugal ya se perdió. No tiene sentido malgastar los recursos de Europa allí y a la par resulta crucial demarcar con claridad la frontera que el incendio no podrá perforar. La solución griega no puede ser tan costosa para Europa que luego no se la pueda reproducir.

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