“El sirviente”: gran experiencia teatral de Zanetti en el Colón

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En el Colón, ese teatro que forma parte de la vida de los melómanos en algunos casos desde la infancia, tienen lugar acontecimientos que marcan sus vidas. Es por eso que la idea del talentoso artista cordobés Eugenio Zanetti de hacerlo vivir como una casa transformando los llamados «espacios protocolares» (foyer, escalinatas y Salón Dorado) en la sala y habitación de una mansión de principios del siglo XX no redunda en una experiencia más sino que cobra una trascendencia inesperada al resignificar el edificio y darle un valor aún mayor.

El punto de partida es la ópera «El sirviente», del italiano Marco Tutino (presente en el estreno local), basada en la primera novela de Robin Maugham (1948), que muestra la relación entre un rico soltero londinense, Tony, y el mayordomo Barret, contratado por sugerencia de Sally, la prometida de aquél. Poco a poco Barret y su supuesta sobrina Vera (después se sabrá que en realidad es su novia) van adueñándose de la mansión de Tony -y de Tony mismo- hasta hundirlo en la ruina espiritual. En este final es imposible abstraerse de otras referencias operísticas, como «La carrera del libertino» o «Don Giovanni», que seguramente estuvieron presentes en las mentes de Tutino y Zanetti.

Tal como él mismo expresó en una entrevista de este diario, el director de escena -experto en reconstrucciones de época, como la que le valió el Oscar por «Restoration»- hizo la elección inversa a la de los régisseurs que trasladan la acción de las óperas a tiempos posteriores, y llevó la acción al 1900, logrando así que el vestuario, el deslumbrante mobiliario elegido (en el que se destaca una cama con baldaquino emplazada en el Salón Dorado) y la decoración estuvieran en perfecta sincronía con el marco arquitectónico y decorativo. Tomando la ópera como una fiesta de los sentidos, Zanetti incluyó además algunos perfumes frutados que envuelven a los espectadores mientras se desplazan siguiendo a la pequeña orquesta y los cuatro cantantes.

Toda esa estructura está puesta al servicio de una ópera de grandes méritos, el primero de los cuales es una escritura vocal sin ampulosidades, emparentada con el «recitar cantando» de los comienzos del género, pero también con la búsqueda de grandes operistas del siglo XX. Difícil hallar un cuarteto vocal nacional más adecuado: Carlos Ullán (Tony), Mónica Sardi (Sally), Leonardo Estévez (Barret) y Natasha Tupin (Vera y Mabel) son fieles a esa vocalidad clara, y encarnan con certeza a sus personajes; se podría apuntar que dada la proximidad del público (a veces pocos centímetros), una gestualidad más cinematográfica y realista haría aún más convincentes las actuaciones. Al frente del ensamble instrumental el director chileno Rodolfo Fischer realiza una tarea impecable.

Ya sea por su interés musical, por su marco visual deslumbrante, por la firma prestigiosa de Zanetti o por la posibilidad de romper la famosa «cuarta pared» y estar dentro de la escena, «El sirviente» es un auténtico banquete al que ningún amante de la belleza debería dejar de asistir.

Centro de Experimentación del Teatro Colón. «El sirviente», ópera de cámara en un acto y nueve escenas, basada en la novela «The servant» de R. Maugham. Lib. y mús.: M. Tutino. Pta. en esc., esc. y vest.: E. Zanetti. Dirección musical: R. Fischer. (Teatro Colón, 27 de mayo).

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