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El sueño realizado del melómano
Daniel Barenboim, con Martha Argerich como solista (después de casi una década de no pisar el Colón), y la orquesta West-Eastern Divan iniciaron el domingo una semana que no dará tregua a los amantes de la buena música.
Y llegó el día en que la enorme expectativa dio paso a la concreción de un anhelo, o de varios anhelos, del público argentino: el de presenciar el regreso al Colón de Martha Argerich, ausente de ese escenario durante casi una década, el de volver a ver a Daniel Barenboim y su fenomenal orquesta West-Eastern Divan, y sobre todo el de presenciar la conjunción de dos de los talentos más extraordinarios que ha dado nuestro país (y que se repetirá esta noche en el concierto a dos pianos y el sábado, con el concurso de músicos de la WEDO y Les Luthiers). Para estos tres acontecimientos el Colón agotó sus localidades desde el año pasado, y el domingo lució abarrotado como pocas veces.
Luego de una versión deliciosa, transparente y vibrante de la obertura de "Le nozze di Figaro" de Mozart, Argerich hizo su entrada junto a Barenboim y se desencadenó una ovación delirante. Visiblemente incómoda ante el recibimiento, apenas retribuyó con tibias sonrisas y se instaló velozmente frente al piano.
Podría casi decirse que si Argerich, la pianista colosal, tocó de manera impecable de principio a fin el "Concierto para piano n° 1" de Beethoven, Martha, la artista indomable e impredecible, la mujer célebre por su temperamento, recién empezó a dar lo mejor de sí en el segundo movimiento, donde su conexión con Beethoven y sus partenaires de lujo fue completa, y en el tercero, en el que su espíritu lúdico afloró de una forma más descontracturada. Ya diluida la tensión inicial, Argerich brindó como bis una de las "Piezas de fantasía" de Robert Schumann, mientras Barenboim la escuchaba atento, sentado entre sus músicos.
En la segunda parte Ravel y su universo de inspiración ibérica se adueñaron de la sala, en versiones sutilísimas y arrolladoras de la orquesta, desde la "Rapsodia española" y la "Alborada del gracioso" hasta la "Pavana para una infanta difunta" y el "Bolero". En esa última instancia Barenboim dejó todo en manos de sus grandiosos músicos, y permaneció casi inmóvil a lo largo de toda la pieza, como contemplando a un ensamble de cámara que se iba expandiendo, enfatizando apenas un ataque, un fraseo, una intención musical, mientras la sensualidad desbordante de la música lo impregnaba todo. Hubo mucho de simbólico en esa quietud del director: todo el minucioso trabajo de ensayo que se evidencia en la calidad del resultado quedó en primer plano, y la comunión humana y musical entre los miembros de esta orquesta, hoy más que nunca ejemplo de un entendimiento necesario, se hizo tan patente como en el abrazo final que sus integrantes se dieron antes de abandonar definitivamente el escenario.
Como bises, más España por franceses, en el preludio y los tres entreactos de "Carmen" de Bizet magníficamente interpretados, y un regalo especial: "El firulete", de Mores, en arreglo para vientos y percusión de José Carli, el fin de fiesta más celebrado del primero de unos días en los que será difícil sacar los ojos y los oídos del Teatro Colón.


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