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“El tema de la infancia me tienta por su intensidad”
Aunque reconoce que «la memoria es un tema que trabajo mucho en mi narrativa», Graciela Schvartz aclara: «Si hay trazos autobiográficos son sólo puntos de partida para la invención».
Periodista: ¿Cómo es que el personaje de una novela que estaba escribiendo la «obligó» a dejarla y escribir otra?
Graciela Schvartz: Estaba escribiendo «Señales de vida», mi novela anterior, que me dio bastante trabajo, y que arranca en la adolescencia de Irene. Comienza cuando va a ver «Lo que el viento se llevó» y los ojos de Rhett Butler, la impronta viril y el beso que le da a Scarlett OHara en la escalera la dejan fascinada. La visión de esa película por esa chica de 12 años es lo que funda esa historia. Me dio mucha felicidad escribir el relato de esa experiencia cinematográfica que marca de por vida a Irene. Abre a lo que le sucede en su adolescencia, el secundario, los amores de la primerísima juventud, para luego saltar a lo que le ocurre 30 años más tarde. Si en la primera parte la escritura fluyó con mucha facilidad, en la segunda parte me costó bastante. Fue ahí que se me empezaron a cruzar cuestiones vinculadas con la infancia, que ya no eran de Irene.
P.: Empieza a ver a su nuevo personaje, Rosita, que va a vivir esa etapa que había dejado de lado en Irene...
G.S.: «Alma inquieta» va de los 3 años de Rosita hasta cuando da el examen de ingreso al secundario. Acaso como un resabio de una etapa no narrada comenzaron a acosarme esas imágenes, secuencias que eran como cuentos. La memoria es un tema que trabajo mucho en mi narrativa, es como empezar a tirar de una piolita y no se sabe adónde se va a parar. Se empiezan a conmover zonas que están sedimentadas, y desde ahí surgen relaciones que van a crecer al volcarse a lo imaginario. En la escritura de «Señales de vida» se activaron imágenes que actuaron como disparadoras de una historia totalmente diferente, de un territorio que no había recorrido. Empezaron a surgir cuentos que tenían como protagonista a Rosita y sus descubrimientos vitales, y de pronto me di cuenta que tenía un libro, que los cuentos se encadenaban en una novela. Si tuve esa agradable sorpresa fue porque el tono de la escritura había hecho que me divirtiera mucho.
P.: El carácter de cuentos, que marcan las etapas vitales de Rosita, está presente en los títulos que signan cada capítulo.
G.S.: En las novelas, los capítulos, por lo general, no llevan título, pero en este libro me gustó que fueran como una pista para la lectura, que se entrara, por ejemplo, a «La curiosidad mató al gato», «Fría venganza» o «El lado bueno de las cosas»; daban como una clave.
P.: Hay en su relato una distancia que se vuelve cercanía al personaje y le permite el humor.
G.S.: Eso me interesaba especialmente. Es un humor que está asociado a la perplejidad que se tiene en la infancia. Es un ingenuo asombro ante cosas que luego va entendiendo más. La infancia es un momento tan extraordinariamente delicado, tan donde todo lo que sucede deja marca, queda como el rasgo de una herida o un palimpsesto que a veces se descubre trabajosamente. El recorrido de la infancia es singular y profundo. Se habla de las etapas de la infancia y los sucesos que allí ocurren con títulos del tipo los celos cuando nace un hermano. Creo que eso sumó para que dejara esos guiños de humor de los títulos. Porque, por ejemplo, los celos están hechos de matices tan particulares, de climas, de miradas. Los hechos tienen un tono según desde donde se los vea, por ejemplo cuando un padre trata de instruir acerca de los beneficios de la obediencia, y en otro momento habla con extraordinario placer de todas las desobediencias que cometió. En Rosita eso deja un interrogante, descubre la ambigüedad de lo que se da como un orden, de los lazos familiares. Se le enseña que hay que querer al hermano recién nacido que la destrona del lugar alcanzado, ¿cómo va a aceptarlos? La madre habla de la alegría de aprender pero cuando tiene que enseñar algo se aburre o se pone frenética. Detrás de las sonrisas familiares aparecen los odios, los rencores, las fealdades.
P.: A todo eso se suma que Rosita, una nena de Flores, tiene una familia medio intelectual.
G.S.: La historia ocurre en los 50 cuando las diferencias no eran tan marcadas en los barrios de los sectores medios. Era una sociedad distinta. No había privaciones pero tampoco excesos. Se vivía con austeridad en base a proyectos que eran posibles. La infancia era compartida con los compañeros de la escuela, los hijos de los vecinos, se jugaba en la calle, se iba al club, no había la sensación de amenaza, de necesidad de recluirse, de inseguridad, los fantasmas eran más lejanos. Ese cierto carácter intelectual de la familia tiene que ver con que para mí era importante que en Rosita apareciera la experiencia de la lectura, un rasgo que tiene que ver con mi historia. En esa época, que es cuando recién empieza la televisión, los libros tenían una presencia de complicidad. Entre las nenas la pregunta era: ¿qué estás leyendo? Se comentaba de lo que le pasaba a David Copperfield, a Oliver Twist, a ¿en qué parte andás de «Príncipe y mendigo»? Los libros no eran un deber sino una aventura, eran compañeros de los días. Eran la play station de aquellos días.
P.: La madre es más de los libros.
G.S.: Y el padre más reo. Tiene un vínculo menos reverencial con los libros. No es ajeno al mundo de la cultura, pero viene de otro lugar. Hace un ejercicio del humor más zafado, y le da menos bolilla a Rosita y sus hermanos. Forman parte obligatoria de su escena. Cuando aparece ordena, enseña a dividir, frena la cosa más locarda de la madre, que está desbordada por cuatro hijos que no le dejan tiempo libro, que quiere para ella otro horizonte, uno que le permita salir de la cocina y los hijos. Es una madre dispuesta a contestar preguntas, la que da textura a la interpretación de lo que sucede, la que les da la lengua, la letra a los hijos. Es la que deja a sus hijos aterrados o fascinados contándole mitos griegos. Es la iniciadora en la lectura, la incitadora del mundo de la imaginación.
P.: Es la que vuelve «Alma inquieta» a Rosita.
G.S.: Es lo que yo creo. Es la que abre el horizonte de los interrogantes y los cuestionamientos. La que lleva a imaginar, mirando las olas en Mar del Plata, cuando cuenta a sus hijos la historia de Poseidón, Ulises y Circe. Ella es la que puebla el mundo de historias, cuentos, fantasías.
P.: ¿Alguna vez se le ocurrió que iba a ser después?
G.S.: No, la dejé ahí, pero la dejé en un buen lugar, preparada para otro ciclo de iniciaciones. Y en ese lugar, como para que regrese con otro ímpetu a su casa, le va bárbaro. Entra a estudiar en el Colegio Nacional Buenos Aires, justo en el momento en que empezaron a entrar las mujeres. Y eso ocurre en un capítulo que se llama «Un aire pasajero», que trata de esas ventosidades humanas que le sirvieron a Leopoldo Marechal para concluir «Adán Buenosayres». El triunfo en los exámenes introductorios de Rosita se mezclan con los comentarios sobre las cosas que salen de pedo, por accidente, por suerte, en una casa donde esas sonoridades están terminantemente prohibidas, donde el padre podrá putear, hacer preguntas inconvenientes, decir cosas malvadas pero sonoridades corporales, eso nunca jamás. Esa inflexión está en varios capítulos, temas que empiezan de una manera para inesperadamente derivar en otra dirección. Esa articulación de distintos planos me divirtió.
P.: ¿Su Rosita tuvo la influencia de la historia de Matilda que amaba los libros y miraba críticamente el mundo que la rodeaba?
G.S.: Rosita es profundamente nuestra, y parte de otra perspectiva que la de aquella novela de Roal Dahl. Yo tengo una Matilda en mi libro de cuentos «Cielo Cerca» que empieza en la infancia y sigue creciendo. El tema de la infancia es una de las constantes de mi escritura porque está plena de momentos intensos. Es por eso que es una tentación a la que vuelvo. Y si hay lazos autobiográficos son sólo puntos de partida para la invención.
P.: ¿Qué está escribiendo ahora?
G.S.: Terminé una novela que estoy corrigiendo No creo poder hablar aún de ella, simplemente por preservar ese núcleo de lo indecible de la escritura, ese motor que lleva a narrar.
Entrevista de Máximo Soto


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