No hay una pizca de ingenuidad. Opera, ante todo, la incertidumbre. Y, con ella, los excesos propios de los culposos. Ese mix motiva el operativo, que requiere un engorro técnico, para coronar a Cristina de Kirchner como jefa del PJ, como heredera de su marido.
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Un sector del peronismo, que en eso piensa como Hugo Moyano -o al revés- comenzó a agitar esa alternativa para expresar que el PJ oficial está alineado, sin matices, detrás de la Presidente. Para trasmitir que, como jefa partidaria, tendrá mayor fortaleza.
Hasta se sugirió, ante la complejidad de que asuma formalmente -deberían renunciar todos los miembros del Consejo Nacional y convocar a elecciones o a un Congreso-, la creación de un cargo suprapartidario que dé entidad a su condición de líder del universo K.
Pero la maniobra esconde, más que dotarla de poderío, la intención de «abrazar» a la Presidente y encerrarla dentro de las fronteras del PJ. Fue lo que, tras la muerte de Juan Domingo Perón, la ortodoxia partidaria hizo con María Estela Martí-nez de Perón, «Isabelita».
Ese proceso de «isabelización» supone potenciar no sólo la identificación de Cristina de Kirchner con el PJ clásico sino, sobre todo, solidificar la presunción de que el soporte esencial de la Presidente, sin la presencia de su marido, será la estructura orgánica del partido.
De ese modo, el consejo partidario recuperaría un protagonismo que perdió hace años, primero cuando Kirchner lo mantuvo en pausa, intervenido por la Justicia, y luego cuando decidió presidirlo, pero limitó sus actuaciones a encuentros espasmódicos.
No hubo, hasta anoche, precisiones sobre qué responderá la Presidente a la propuesta de desembarcar en la jefatura del PJ que fue impulsaba por, entre muchos otros, Hugo Moyano. En Gobierno, de todos modos, deslizaban anoche que rechazaría el clamor.
La lectura, inicial, era que asumir en el partido no le aportaba nada a la Presidente, la emparentaba con actores no del todo simpáticos para el gran público y, además, le sumaba una ocupación adicional. El balance, visto así, parece pura pérdida.
En el discurso de ayer de la Presidente pueden rastrearse, de manera velada, algunos indicios. Al único actor político que agradeció por las muestras de apoyo fue a la juventud. No se refirió a los esquemas orgánicos y perdurables, sino a la militancia joven.
Ese universo, en gran parte silvestre, inorgánico y que se referencia, sin intermediarios, en los Kirchner -se trata, en buena medida, de agrupaciones autónomas o grupos sueltos-, camina un sendero diferente al de las estructuras partidarias y sindicales.
Esa plaza, atractiva e inquietante, regaló el jueves una anécdota: Martín Sabbatella, un kirchnerista atípico -para algunos un «K cómodo» que elogia lo bueno y se despega de lo malo-, fue ovacionado durante 200 metros mientras caminada junto a la fila armada para despedir a Kirchner.
Sabbatella construyó su identidad política desde la crítica a la burocracia partidaria y sindical. Ese episodio, quizá movido por la emoción de esas horas, explica retroactivamente por qué Kirchner contenía al diputado.
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