12 de agosto 2010 - 00:00

El último M. Night Shyamalan es puro aire

Los buenos efectos especiales de «El último maestro del aire» no redimen un film del director de «Sexto sentido» que mezcla poderes mágicos, teorías de la reencarnación y artes marciales de manera forzada y poco funcional.
Los buenos efectos especiales de «El último maestro del aire» no redimen un film del director de «Sexto sentido» que mezcla poderes mágicos, teorías de la reencarnación y artes marciales de manera forzada y poco funcional.
«El último maestro del aire» (The Last Airbender», EE.UU., 2010; habl. en inglés). Dir.: M. N. Shyamalan. Int.: N. Ringer, D. Patel, N. Peltz.

Cuando en 1999, el nombre de M. Night Shyamalan se convirtió en revelación gracias a «El sexto sentido», la idea generalizada fue que se asistía al nacimiento de un realizador llamado a revolucionar el cine contemporáneo. Manejándose en el resbaladizo terreno de los géneros denominados «populares», Shyamalan confirmó su capacidad de narrador de buenas historias con «El protegido» y, en menor medida, también con «Señales». A partir de allí, a pesar de mantener en algunos casos su vuelta de tuerca final y, en otros, su capacidad de dotar de un clima muy particular a sus escenas -por ejemplo, el suicidio masivo de obreros en «El fin de los tiempos»-, sus propuestas fueron cada vez más débiles y adocenadas, desembocando en «El último maestro del aire», film que no tiene nada que ver con lo que venía haciendo hasta el momento y que, como paso hacia el entretenimiento mainstream, es un auténtico fiasco.

Basada en el animé norteamericano homónimo, emitido con enorme aceptación por Nickelodeon entre 2005 y 2008, la película se centra en el primer volumen de las aventuras de Aang, el «maestro del aire» al que hace referencia el título. En una alejada aldea de la Nación del Agua en el sur, los hermanos Katara y Sokka descubren a un niño (Aang) y a un extraño animal contenidos en una burbuja atrapada en el hielo. Cuando recupera el dominio de sí, el chico expresa su deseo de regresar a su hogar, al templo que comparte con el resto de los maestros del aire. En ese momento irrumpe en la aldea un contingente armado de la Nación del Fuego, comandado por el príncipe Zuko, antiguo heredero al trono que, deshonrado y exiliado por su padre, busca desesperadamente la manera de redimirse.

Con la ayuda de tío y mentor Iroh, Zuko, descubre que Aang es el «avatar», un ser capaz de dominar los cuatro elementos -tierra, agua, fuego y aire- y de comunicarse con los espíritus que mantienen el equilibrio del mundo.

La trama ofrece, además, una mezcla de poderes mágicos, teorías de la reencarnación -parte del típico cóctel del «budismo occidental», que ha descripto magistralmente Slajov Zizek- y artes marciales, en una amalgama de temas «de éxito asegurado» que pueden haber funcionado en el animé original, pero que en el film siempre parecen forzados y poco funcionales.

Abreviando, la película muestra una sucesión de persecuciones, capturas, huidas, combates de todo tipo, traumáticos descubrimientos y un enfrentamiento final en el que, como era de prever, el héroe se acepta como tal y los buenos derrotan a los malos, por lo menos, hasta que alguien se arriesgue a hacer a una segunda parte. Se destacan, menos mal, los efectos especiales diseñados por la Industrial Light & Magic, bajo la supervisión del argentino Pablo Helman, pero al final resulta poco para una película que dura algo más de una hora y media pero que parece eterna.

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