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El violento ajuste recién está empezando
Agustín Monteverde
Muchos ven en cada rebote o nuevo plan de rescate la salida definitiva de la crisis de alcance mundial iniciada en la segunda mitad de 2007. Creemos, por el contrario, que el violento reordenamiento de los valores se encuentra transitando sus primeras fases y es difícil que la depresión económica concluya antes de un par de años, pudiendo durar más según las circunstancias, entre las que juegan un papel no menor los desatinos que cometan los gobiernos.
Durante el ciclo bajista de la Gran Depresión los valores llegaron a desplomarse un 90%, pero hubo al menos seis ondas alcistas con recuperaciones de poco más del 20%. En todas ellas hubo quienes vieron una salida de la crisis, pero más temprano que tarde esa esperanza se vio frustrada por la debilidad intrínseca originada en el colapso crediticio.
El comercio y los complejos productos financieros acentúan la dimensión planetaria de la crisis, y pasará mucho tiempo antes de que el crecimiento global retorne a las tasas de más de 4,5% anual previas al crash. No existe hoy otro país que pueda llenar el papel que ha cabido a los Estados Unidos como locomotora de la actividad global.
El primer consejo es, entonces, prevenirse de cierto optimismo no fundado en razones -aunque algunas veces sí en intereses- que a cada vuelta de esquina considera que «ya pasó lo peor», ignorar los rebotes puntuales del mercado y aferrarse a lo que indique el monitoreo sereno de la situación estructural.
La exorbitante destrucción de riqueza -unos u$s 13 millones de millones- que han sufrido los hogares estadounidenses asegura que el gasto privado seguirá contrayéndose con fuerza en los próximos años; se estima que esa pérdida -un quinto de los patrimonios familiares- se duplicará. Hasta el consumo de alimentos fue afectado, migrando de la carne vacuna hacia el pollo. La formidable caída del 60% en el precio de los combustibles no logra impedir que este año se reduzca el parque automotor norteamericano por primera vez en la historia. A los más de 2,5 millones de desocupados desde el inicio de la crisis, se agregarán este año al menos otros 3 millones.
Aun si se produjera un tan inmediato como improbable freno al deterioro de la actividad, absorber la enorme capacidad ociosa que afecta a la industria norteamericana requeriría crecer a una tasa sostenida del 4,5% anual durante seis años consecutivos.
Pesimismo
Para 2009 las perspectivas no lucen alentadoras. La burbuja inmobiliaria -tal como ocurrió en los años previos al crash del 29- ha sido la primera, pero aún aguardan otras pompas de jabón
por estallar. Los derrumbes por producirse abarcan los bienes raíces comerciales e industriales, y la gigantesca bola de la deuda de consumo y para compra de vehículos. La deflación en bienes y factores será la norma; y la tragedia de la desocupación ganará más espacio cuanto más resistencia se presente a las reducciones salariales voluntarias.
Atravesamos aún las etapas iniciales de contracción del crédito. Tan sólo en los EE.UU. hay unos seis billones de deuda privada incobrable por digerir. Está claro que los activos financieros continuarán su descenso, el trauma del desapalancamiento seguirá haciéndose sentir y los resultados de las empresas se desplomarán. Las compañías ya han implementado fuertes reducciones de costos, pero ahora comenzarán a negociar reestructuraciones masivas de deudas; convocatorias de acreedores, liquidaciones de activos y quitas en los préstamos estarán en el orden del día, al menos durante los próximos veinticuatro meses. También se verán renegociaciones de deudas hipotecarias, financieras y de consumo.
Las depresiones se caracterizan precisamente por la eliminación de deudas, la recuperación parcial vía liquidación de activos y el aumento en la propensión al ahorro. El peligro mayor está en la notoria circularidad del proceso: el debilitamiento económico induce a los bancos a no prestar y la desaparición del crédito acrecienta la debilidad.
Es por ello que, si los gobiernos no toman medidas más rápidas para recapitalizar las instituciones financieras, la crisis se agravará. Bancos más líquidos y solventes son condición necesaria pero no suficiente. Los gobiernos pueden fortalecerlos y alentarlos a prestar, pero eso no significa que los clientes estén dispuestos a tomar lo que ofrezcan. La marcada reversión en las propensiones al consumo (a la baja) y al ahorro (al alza) tardará en diluirse.
Por otra parte, muchos de esos clientes que no calificaban en plena prosperidad menos podrán cubrir los servicios de un préstamo en tiempos de estrechez.


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