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Emerge el somocismo de izquierda (Ortega)
Daniel Ortega celebró el domingo los 30 años de la revolución sandinista, pero en los festejos no lo acompañó casi ninguno de sus antiguos compañeros de ruta.
Azahalea Solís Román, líder del Movimiento Autónomo de Mujeres (MAM), dijo a Ámbito Financiero que «el triunfo de julio de 1979 fue posible por un gran consenso nacional». Pero «ese consenso inicial fue roto, cuando ya el triunfo no era un logro de todos, sino propiedad de una fuerza política».
Para ella, «la revolución fue traicionada, porque los postulados que le dieron su amplio apoyo se rompieron: pluralismo político, economía mixta, no alineamiento; por el contrario, se quiso imponer un partido único, un modelo de estatización y un alineamiento en el eje Este-Oeste».
Pese a todo, esta destacada dirigente social rescata dos legados: «Uno es la democracia, porque un Estado que fue tomado por las armas, fue entregado por los votos; algo inédito en Nicaragua».
El otro legado, dice Solís Román, «lo constituye la profesionalización de las Fuerzas Armadas y de la Policía nacional, ya que anteriormente las fuerzas de seguridad y el Ejército eran privados al servicio de la familia Somoza».
Pero hoy, hasta ese legado democrático institucional podría estar en riesgo, según Edmundo (Mundo) Jarquín, coordinador de la Alianza Movimiento Renovador Sandinista, quien advierte que la «irrestricta libertad de expresión» que les legó la revolución «está bajo acoso». El MAM de Solís definió a la «dictadura» de la familia Ortega como «el retorno del somocismo disfrazado de 'izquierda'».
Ante la consulta de este diario, Daniel Llano, periodista y educador argentino que participó de la campaña de alfabetización 1980/81 y de la coordinación de un proyecto para los indígenas mískitos, bajo el fuego cruzado de la «Contra», recuerda ese proceso como «muy fervoroso y participativo en su primera etapa, pero los objetivos que se plantearon entonces, sobre todo en lo que hace al desarrollo y la justicia social, fracasaron por una mezcla de ingenuidad y soberbia».
Víctor Potosme, jovencísimo, pero activo militante en el primer FSLN, luego profesor en la Universidad Centroamericana, hoy titular de una consultora, señala otros dos legados del 79: «La actitud positiva de los nicaragüenses hacia la organización comunitaria en la búsqueda de solucionar sus problemas», lo cual explica la proliferación de ONG.
Para Jarquín, el legado en materia económica y social es más bien gris: «Nicaragua es ahora más pobre y más atrasada que hace treinta años, los progresos sociales en salud y educación no se sostuvieron, como tampoco se van a sostener (los que hubo) en materia de alfabetización, si la economía no crece sostenidamente». Según cifras de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe de las Naciones Unidas (CEPAL), el PBI per cápita en Nicaragua era de u$s 1.369 hace 30 años; ahora es de solamente u$s 899, un 35% menor.
Llano, que también fue coeditor de la revista del Instituto Nicaragüense de Investigaciones Económicas y Sociales, señala que «en lo económico se aplicaron recetas que mezclaban autoritarismo con desidia, por ejemplo, entregando tierra muchas veces a grupos con muy baja capacidad empresarial para la conformación de una cadena de producción, comercialización y distribución equitativa del ingreso, lo que repercutió en desabastecimiento -agudizado por el bloqueo- y descontento popular».
«Hoy en el poder no está el sandinismo, sino el orteguismo», dice Solís Román, quien considera que sólo existen «medidas clientelares para someter a la ciudadanía».
El movimiento que integra Solís considera «contradictorio y patético que se reúnan en Nicaragua representantes de partidos de izquierda y movimientos sociales para celebrar el 30º aniversario de una revolución que no existe más que en la demagogia oficial y en la cabeza de la pareja presidencial», en referencia a la influencia que la esposa del presidente, Rosario Murillo, tiene en el Gobierno.
A la pregunta de este diario sobre si Nicaragua es venezueladependiente, Solís es categórica: «Absolutamente: Ortega es un ventrílocuo de Chávez. El dinero de la cooperación venezolana se usa en parte para fidelizar a través de las necesidades, mientras el grueso se destina a crear una nueva oligarquía con la familia Ortega como centro». En cuanto al proyecto reeleccionista del presidente, Solís Román lo considera «irresponsable», pero, no piensa que pueda haber «reacciones parecidas a las de Honduras», porque no cree que «el Ejército quiera tener un papel protagónico en una crisis de gobernabilidad».


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