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En busca del heredero perdido (segunda parte)

Insisto en que, para el inconsciente, el hecho histórico de cambio, por revoluciones o en las urnas, es indiferente. Es vivido como un abandono, una pérdida dolorosa. Está más que claro que para el pueblo, la sucesión en democracia, es una magnífica evolución. Pero no explica el interrogante. En esta lógica, circula en el escenario político de dirigentes peronistas una versión que abonaría esta tesis: el líder en democracia, luego de 10 años de mandato, prefirió ser sucedido por la oposición. El dato no es empírico, tiene el sustento en la construcción de un tipo de liderazgo que, irremediablemente, los ha llevado, nos ha llevado, a establecer vínculos fijos, no dinámicos en la relación del líder con sus seguidores.
Planteo que, por responder a liderazgos que encarnan o emulan al padre de la horda primitiva, en cuanto a ser el líder un padre que tiene a su cargo, como ley, ser el único que goza del ejercicio del poder, una vez que el sujeto arriba a ese lugar, es captado por esa condición, por ese rol, y reduce así, de manera alarmante, su margen de libertad.
Mucho se ha escrito sobre el porqué de nuestra tendencia a este tipo de liderazgos, herencia de la monarquía, de los caudillos, con el verticalismo heredado por los partidos políticos de las instituciones fundantes de estas tierras, la Iglesia y los militares, etc. Lo cierto es que para instituir un líder en ese lugar es necesario el consenso de quienes sostengan y porten el peso de la ley, la ley de ser él el único gozador de ese lugar de poder.
En este sentido, tendemos a creer que las condiciones del líder, sus gestos, su empatía con la gente, son las que lo sostienen en ese lugar. No es así. Ese lugar es sólo posible porque al igual que en el padre de la horda primitiva, son sus hijos quienes respetan la ley y son sus fieles guardianes, guardianes de que a ninguno de ellos se le ocurra burlarla. Que a nadie se le ocurra volar diferente, como a Juan Salvador Gaviota.
La fijeza consiste en que la masa de dirigentes de todos los estilos y sectores sostienen la ley con anterioridad a que el liderazgo se constituya, y lo hacen con su deseo, deseo de ser conducidos por un líder que, como siempre, los ubique en el lugar de hijos, de hermanos. Entre ellos existen los vasos comunicantes que generan la gran estructura de adhesión, donde palabras como lealtad y traición, toman una dimensión erótica provocada, justamente, por ser baremo del cumplimiento de la ley.
En retrospectiva, nos resulta sencillo entender el momento histórico y por qué no hubo sucesor en el 55. No ocurre lo mismo en estos ciclos democráticos. Hasta el partido radical intentó un émulo, con un hijo que, en sus trajes, en su voz, en su parecido, pudiese encarnar al líder perdido. No resultó. Lo que pudo ser visto como un fracaso, fue todo lo contrario: un síntoma de madurez cívica. Entiendo por madurez no necesitar ese estilo de liderazgos para construir. Sería correrse de la fijeza del "incorregibles" de Borges.
(*) Abogado, psicólogo social (Esc. Pichon Rivière)y licenciado en Psicología UBA. En la actualidad, trabaja como defensor oficial en la Ciudad de Bs. As.


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