3 de mayo 2010 - 00:00

“En Haití, la música nos permite soportar el dolor”

Frantz Voltaire: «Muchos entendemos al zombie como una metáfora del esclavo: despojado de su identidad y voluntad, obligado a la sumisión».
Frantz Voltaire: «Muchos entendemos al zombie como una metáfora del esclavo: despojado de su identidad y voluntad, obligado a la sumisión».
El vudú, los zombies, los tonton-macoutes, la música, los libros y el terremoto de Haití («justo minutos antes, mi avión había alzado vuelo»), son temas que surgen naturalmente en una conversación con Frantz Voltaire, el director y editor haitiano presente en el 13° Festival de Derhumalc, donde también pueden verse dos películas del economista y cineasta Arnold Antonin.

Periodista: Es curioso. Ambos incorporan música alegre: los raps sarcásticos de los jóvenes sobre el terremoto en «Crónica de una catástrofe anunciada», de Antonin, y los temas cercanos al mambo y el merengue del compositor y director Issa Saiegh, en su obra «Maestro Issa».

Frantz Voltaire: La música nos permite atravesar las desgracias. Hoy la gente perdió muchas referencias, ha desaparecido casi 80% de nuestros símbolos (salas de espectáculo, iglesias, monumentos históricos, escuelas, edificios públicos). Imagine si de pronto ustedes pierden el obelisco, las pizzerías, el Cabildo. Issa mismo daba ejemplo de buen ánimo cuando me contaba su experiencia en prisión, diciendo «Le agradezco a Duvalier, porque entre las torturas y el Hospital Militar disfruté una gran dieta de adelgazamiento».

P.: Saiegh también compuso temas de raíz vudú, que usted ilustra con el viejo documental de una cere.

F.V.: Un registro de Maya Deren, la famosa directora experimental norteamericana, que nos cedió su hija. Deren se inició en el vudú en los 40, era una iniciada, de modo que supo registrar más de lo habitual, dándole además el contexto correcto, para evitar sensacionalismos. Ella siempre filmó con mucho pudor, y respeto.

P.: No se ven escenas de trance, típicas de otros films.

F.S.: Son escenas fáciles de registrar, incluso en algunas ceremonias de sectas protestantes. El trance no es exclusivo del vudú.

P.: ¿En cambio los zombies son exclusivos de Haití? ¿Qué son, exactamente, los zombies?

F.V.:
Para unos, gente en estado de catalepsia. Para otros, son reales, pero como los hombres lobos. ¿Usted ha visto un licántropo? Por ahí ven algún trastornado y ya creen que es un zombie, alguien que recibió ese castigo por la única ley aplicable en las aldeas donde el Estado carece de representación. Muchos lo vemos como una metáfora del esclavo: despojado de su identidad, de su voluntad propia, obligado a la sumisión. En «Haití en nuestros sueños», de René Depestre, un joven que se vuelve zombie justo el día de su casamiento. Es una metáfora del propio país. Piense que después de la gran masacre española de indígenas, vinieron el gran campo de concentración francés (500.000 esclavos negros al servicio de unos 8000 propietarios blancos), la guerra de la independencia, las luchas civiles, la invasión napoleónica que nos endeudó con una enorme «indemnización de guerra», la ocupación norteamericana, que nos mantuvo como mano de obra para los cultivos de Cuba y República Dominicana, la larga dictadura de los Duvalier, padre e hijo, con sus tonton-macoutes, los desastres posteriores, hasta este desastre natural.

P.: ¿Cómo veían ustedes las películas extranjeras de zombies y tontons?

F.V.: La de Jacques Tourneur creo que ni llegó. Otras no interesaron. La última, «La serpiente y el arco iris», está muy mal hecha. Pero aquellos paramilitares están bien retratados en «Los comediantes». La escena en la puerta de la iglesia, donde interrumpen un servicio fúnebre y se llevan el cajón, ilustra un hecho real. Yo hablé con el sobrino del muerto, que era un opositor. Ahí también se ilustra el intento de invasión tipo castrista de los hermanos Baptiste, armados con un inflador de bicicleta y poco más. Uno fue fusilado, el otro terminó loco en la cárcel. Para su novela Graham Greene se inspiró en ellos, aunque luego los personajes protagónicos en cine fueron Liz Taylor y Richard Burton. Se filmó en Dahomey, con exiliados en el papel de matones, vaya ironía. Y el personaje del turco, alude al maestro Issa.

P.: ¿Logran integrarse los haitianos fuera de Haití?

F.V.: Y muy bien. Varios consejales de Montreal, Stanley Peán, presidente de la Unión de Escritores de Québec, la gobernadora general de Canadá, Michaelle Jean, todos ellos son haitianos. Le doy estos ejemplos porque tengo mi editorial en Canadá, pero algo similar pasa en Europa, los EE.UU. y también África Occidental. Esto último, porque desde los 30 un pensamiento africanista nos hizo sentir más africanos que caribeños. Cuando Bélgica abandonó el Congo, pensando que enseguida se vendría abajo, unos 10.000 haitianos calificados fueron a colaborar. La madre del cineasta Raoul Peck era secretaria de Lumumba. Pudo ser algo hermoso, pero la contrarrevolución fue terrible. Peck hizo ahora un film con actores, «Lumumba», y tiene una escuela de cine en Paris. Le digo otros cineastas. Además de Antonin (del que acá también se ve «Caminos de libertad», 1974, inspirado en «La hora de los hornos»), ahora están Laurence Magloire, que vive en Haití y filmó sobre el vudú como espacio para vivir la homosexualidad con menos aflicción (somos muy amplios, hace poco tuvimos una primer ministra lesbiana), Dimitri Médard, Carl Lafontant, que registra la unión de un intérprete de tumbadora, vuduísta, con una pianista japonesa shintoísta. Y escritores, más de cien en el mundo. Ahora edité en español «La playa de los sueños», de Péan, «Ultimo aviso», de Jean-Marie Bourjolly, «La desencantada», de mi hermana Michéle Voltaire Marcelin, también «Gobernadores del rocío», de Jacques Roumain, cambiando respetuosamente unas palabras de la traducción que hizo Fina Warschaver en 1951 para Editorial Lautaro, de Buenos Aires. Parece mentira, pero en los 50 acá se conocía mucha literatura haitiana. Y no le hablé de Hans Christof Busch, que hizo «El almirante zombie» sobre relatos de su abuela haitiana, y tantos otros. ¡Y los pintores! La editorial Gallimard ya tenía en imprenta un libro de André Malraux, cuando éste reclamó parar todo e insertar un nuevo capítulo: «Es que he descubierto un pueblo de pintores». Amigo, Haití no es solo lo que muestran Hollywood y la televisión.

Entrevista de Paraná Sendrós

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