6 de septiembre 2016 - 00:00

Entre la belleza extrema y el material descartable

Dos galerías porteñas exhiben sendas muestras de dos artistas unidos por una sólida amistad, pero estéticamente distantes, que forzaron los límites del arte tradicional, cada uno a su manera.

Polesello. La exposición que exhibe la galería MCMC ejerce una poderosa seducción visual en el espectador.
Polesello. La exposición que exhibe la galería MCMC ejerce una poderosa seducción visual en el espectador.
La semana pasada se inauguraron las muestras de Rogelio Polesello (1939-2014) y Luis Wells (1939), dos grandes artistas unidos por una sólida amistad que se remonta al inicio de sus estudios en la escuela Prilidiano Pueyrredón. Luego, las afinidades estéticas cobrarían fuerza recién en la década del 90, con los juegos formales y del color. Ambos pintaban entonces cuadros de gran formato y, como efectivo recurso, los cruzaban con una radiante banda angosta con los colores del arcoíris.

Cada cual a su manera forzó los límites de la estética tradicional. Cuando cambió el concepto del arte, ambos cambiaron la materia que lo constituye y desde luego, también, el sentido. Primero apareció Wells con sus gestos rupturistas, utilizando caños, latas o maderas de descarte, que desbordaban el cuadro y se proyectaban hacia el espacio. Más tarde, Polesello descubrió las cualidades del acrílico y le brindó a sus esculturas el esplendor que siempre había soñado.

Hoy, las obras que presenta galería MCMC aspiran a la condición sublime del arte. La exposición se llama "Advertencia óptica" y rescata piezas históricas producidas por el artista entre los años 60 y principios de los 70. La materia, como observa Umberto Eco, pasa a configurar "no solamente el cuerpo de la obra, sino también su fin". La magia del arte se encuentra en la reverberación de los brillos y reflejos que atrapan al espectador. El crítico Ricardo Martín Crosa analiza el uso de recursos del diseño, la abstracción geométrica y el arte óptico o cinético. Polesello presenta "formas elementales", arquetípicas, generadoras de tensiones y diálogos. Así describe Crosa la experiencia que provocan las esculturas acrílicas: "Algo se mueve, en el ojo del contemplador, algo llama a su espíritu. Un signo se hace presente y lo invita a una relación más profunda. [...] Algo nos habla, algo se nos quiere decir, pero ignoramos la manera de interpretarlo. Sentimos que ese llamado, si en algún punto tiene correspondencias, es en los reductos escondidos y esenciales de nuestra realidad interior...".

Hay frente a una ventana dos cuadrados transparentes, están marcados con la insinuación de dos líneas en cruz, una huella semejante a la que queda en un papel que ha estado doblado en cuatro. La simplicidad de la obra, la sutileza del color rojo, resulta excepcional en un artista que tendió siempre al exceso y, sobresale en el sofisticado conjunto de la muestra. En suma, la exposición entera despierta al contemplador, ejerce una poderosa seducción visual.

Materiales precarios

El material que eligió Luis Wells tiene cualidades opuestas. En 1959 pateó el tablero del arte tradicional y clavó una serie de latas de pintura en un cuadro. En el catálogo de la muestra "Wells. De la destrucción al juego", que exhibe la galería Maman, el curador Rodrigo Alonso rescata un texto de Luis Felipe Noé, quien en 1965 afirma conocer al artista de 26 años y, sostiene: "Es el primer pintor en la Argentina que sintió la necesidad de recurrir al espacio real, invadiéndolo". La aclaración de Noé coincide con el dato que aporta el artista y mentor del movimiento informalista, Kenneth Kemble. Wells le relata a Kemble las peripecias de sus estudios y la ausencia de un soporte teórico que orientara la producción del arte destructivo y el informalismo, vertientes que ambos compartieron. Ya en el presente, entrevistado por Rodrigo Alonso, Wells profundiza el tema, y cuenta: "Kemble recibía la revista norteamericana "Art News" y tenía cierto conocimiento, pero muy poco, porque al ser una revista norteamericana no se refería mucho a los movimientos europeos. Y el informalismo era eminentemente español y francés". El movimiento surgió después de la Segunda Guerra Mundial en un mundo destrozado.

Rodrigo Alonso rescata los lazos con la historia del arte local y la muestra "Arte destructivo" (1961) en la galería Lirolay. Allí, Wells junto a Kemble, Jorge López Anaya, Antonio Seguí, Silvia Torrás, Eduardo Barilari y el fotógrafo Jorge Roiger rompieron con el esteticismo reinante en Buenos Aires y provocaron un genuino escándalo. La directora de Lirolay, Germaine Derbecq, señaló: "Esta nueva generación sedienta de independencia, anárquica en la medida necesaria, audaz porque cansada de sumisiones culpables, de obediencias pasivas a éticas dudosas [...] Para decirlo todo, nada es chato ni indiferente en sus obras".

En la muestra actual hay dos piezas, "Oráculo" y "Homenaje a Kenneth", con huecos en la superficie. El recuerdo de Lucio Fontana y las heridas que comienza a infligirles a sus lienzos a partir de 1958 es insoslayable; al igual que el Manifiesto Blanco, donde dice: "La era artística de los colores y las formas paralíticas toca su fin".

La exposición de Wells ha logrado reunir varios collages en madera, pero acaso las obras más importantes sean las de los caños que sobresalen de las telas. El formato cilíndrico y el volumen de los caños sería el vehículo que conduciría al artista no sólo a la escultura sino además a la abstracción geométrica.

Al ingresar a la sala hay un juguete llevado a una escala gigantesca. "Lollipop" consiste en varios cilindros de colores, esculturas blandas que se enrulan o se anudan para involucrar al espectador, uno de ellos ostenta los colores del arcoíris, la marca registrada de Wells.

Dejá tu comentario