26 de abril 2010 - 00:00

Entre tanto viaje, Cristina terminó descuidando su ajuar

Fue notable el regreso de Cristina de Kirchner a la estridencia. La semana pasada, no hubo un solo día en el que no vistiera colores y estampados llamativos, más propios del verano que de la nueva temporada invernal.
Fue notable el regreso de Cristina de Kirchner a la estridencia. La semana pasada, no hubo un solo día en el que no vistiera colores y estampados llamativos, más propios del verano que de la nueva temporada invernal.
No sólo su ajuar o los arreglos florales de Olivos, pomposos y coloridos, preferentemente de ramos campestres. La obsesión por la estética de Cristina de Kirchner alcanzó ahora a la Casa Rosada. Personalmente se ocupa de visitar las obras de remodelación y revisar que todo esté en orden, con la idea de adecuar el edificio al Bicentenario. Hasta se encargó de seleccionar la nueva tapicería, los colores de pintura y los muebles. Para elegir el nuevo look, no consultó revistas especializadas ni decoradores, sino que dialogó con historiadores para que la ayuden a recuperar la arquitectura original de los salones. E insistió en que se lleven a cabo las visitas guiadas a la Casa Rosada los fines de semana, algo que antes no existía (sólo los colegios podían acceder al inmueble de Plaza de Mayo, anotándose para hacer el recorrido de lunes a viernes, algo que impedía a los visitantes ver la mayoría de los despachos, ya que estaban ocupados). Como Michelle Obama en los Estados Unidos -quien desde que asumió se propuso acercar la Casa Blanca a la población, abriendo sus puertas al público incluso en fechas populares como Halloween-, Cristina de Kirchner desea que todo el mundo pueda entrar a la Rosada, para que una vez remodelada, elogien la reforma que ella misma ideó.

Tanto detalle en la decoración hizo que la dama quitara atención a su propia imagen. Al regresar de su viaje a Venezuela, donde participó de los festejos del Bicentenario de ese país, la Presidente se rebeló contra la consigna que sus estilistas habían instalado en su vestuario, de repetir la ropa y evitar la ostentación. También influyó su estadía en El Calafate, desde donde regresó relajada y con nuevo look. Volvió a la estridencia con estampados recargados, grandes bolsos importados y accesorios coloridos. Hasta renovó su peinado, otra vez llamativo, subiendo dos tonos el color, para regresar al cobrizo con reflejos colorados. El resultado: demodé y lejano a la sobriedad que requiere una mandataria.

Lo más destacado de los últimos siete días fue la dudosa coherencia para su arreglo personal. Por ejemplo, el viernes, para inaugurar una planta de productos lácteos en Córdoba, eligió un pantalón de vestir bordó que nada tenía que ver con la blusa sin mangas floreada en verde y magenta. Además, esta última le jugó una mala pasada. Exhibir la prenda de verano con el frío otoñal que ya se registra en todo el país la obligó a tomar a último momento un mantón para cubrirse la espalda. Y no tuvo otro a mano que uno rojo furioso -eso sí, de Louis Vuitton- que desentonaba tanto con el pantalón como con la blusa.

Quizás el mayor desacierto pasa por no comprender que la ropa de verano ya no debe ser parte del ajuar diario. Con la llegada del otoño, los fluorescentes y las telas livianas deben desaparecer para dar lugar a una paleta apagada como la de los tonos tierra, violetas, negro y azules, que ya se exhiben en los escaparates.

Cristina de Kirchner se niega a aceptar el cambio de temporada y el miércoles apareció en un acto con una chaqueta turquesa y un vestido de seda, como los que se usan cuando la temperatura supera los 25 grados.

Otra vez, demostró que a la hora de vestirse no hay un look que la defina; de hecho, ya mostró más de cien estilos, pero Cristina de Kirchner no se juega por ninguno. Una pena, desentona hasta con la estación del año.

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