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Entretenido anecdotario de los libros que nadie llegará a leer

El universo de los libros perdidos, prohibidos, destruidos ha forjado todo tipo de fantasías. Muchos autores consideraron los grandes conocimientos que desaparecieron cuando se quemó la Biblioteca de Alejandría. Umberto Eco construyó «El nombre de la rosa» a partir de imaginar qué había ocurrido para que a la «Poética» de Aristóteles le faltara su segunda parte. Borges, que fuera bibliotecario y soñador de bibliotecas, describió la Biblioteca de Babel como el Universo, donde hay inquisidores que pretenden destruir libros que juzgan sin sentido (temidos y aborrecidos), aventureros que la recorren en busca de su vindicación, y místicos que anhelan encontrar el libro que devele todos los misterios del mundo. En ese sentido Jacques Bergier dio en los años 60 buenas pistas sobre «Los libros condenados». Mas cerca, Carlos Ruiz Zafón contando la historia de un oculto «Cementerio de libros olvidados» convirtió a su novela «La sombra del viento» y su continuación «El juego del ángel» en best sellers internacionales.
Las obras sobre libros ausentes, perdidos, no escritos podrían ocupar una extensa biblioteca, donde tendrían un lugar privilegiado las novelas de Enrique Vila-Matas «Bartebly y compañía», «El mal de Montano» y «Doctor Pasavento» sobre escritores que decidieron no escribir, que escribieron para no escribir o descubrieron «la dificultad de no ser nadie» y de los escritores que son funcionarios aunque no ejerzan.
El escritor y traductor alemán Alexander Pechmann, que ha escrito biografías de Melville, Yeats y Mary Shelley, siguiendo la idea de Borges de que «basta que un libro sea posible para que exista», ha reunido en su «Biblioteca de los libros perdidos» anécdotas de obras que por accidente o azar, a propósito o por descuido, por temor o mojigatería, por locura o bronca, no llegaron a materializarse o dejaron de estarlo, y otras que se descubrieron años después de forma sorprendente.
Pechmann, instalado en apenas unos anaqueles de la fantástica biblioteca que imagina, revela los destinos de libros de un grupo de grandes autores, y unas pocas excepciones que hacen más cierta la jerarquía de los elegidos. Entre los libros que no se llegarán a leer están los diarios de Thomas Mann donde contaba sus aventuras homosexuales. Las obras perdidas por un borracho Hemingway. Las Memorias de Lord Byron condenadas al fuego por un editor puritano. Las nunca reeditadas telenovelescas novelas que escribió Mary Shelley, autora de «Frankenstein», para que la clase media emergente aprendiera a actuar como lo clase alta. La historia de una muñeca que Kafka le escribió por entregas a una vecinita que lloraba por la muñeca que le habían sacado. La enviada al fuego licenciosa autobiografía del párroco rural Laurence Sterne, autor de la novela picaresca «Vida y opiniones de Tristram Shandy». Los libros que tal vez no existieron nunca y los que dejaron en cajones Emily Dickinson y Fernando Pessoa para convertirse en los mayores poetas de sus respectivos países, Estados Unidos y Portugal, mucho tiempo después de su muerte.
Baste decir que el éxito de este libro hizo que Pechmann publicara hace unos meses una nueva colección de entretenidas anécdotas.
M.S.


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