27 de mayo 2010 - 00:00

Esplendor visual y trama simplificada

Emma Thompson, admirable en el antipático rol de madre castradora, es lo mejor del elenco de la lánguida y simplista pero bellamente fotografiada nueva versión de la novela de Waugh,
Emma Thompson, admirable en el antipático rol de madre castradora, es lo mejor del elenco de la lánguida y simplista pero bellamente fotografiada nueva versión de la novela de Waugh,
«Regreso a la mansión Brideshead» (Inglaterra, 2008, habl. en inglés). Dir.: J. Jarrold. Guión: A. Davies y J. Brock. Int.: M. Goode, B. Whishaw, H. Atwell, E. Thompson, M. Gambon, G. Scacchi, J. Cake, P. Malahide.

El libro de Arthur Evelyn Waugh «Brideshead Revisited, the Sacred and Profane Memories of Capt. Charles Ryder» (hay edición castellana de 1993) ya fue llevado en 1981 a una miniserie con Jeremy Irons, Claire Bloom, sir John Gielgud y sir Laurence Olivier, entre otros. Ahora fue reducido a un film de 133 minutos, que, aunque apriete la historia, igual se hace medio largo, no tanto por su asunto, que sigue siendo interesante, sino por su tratamiento, que peca de lánguido y simplista. Eso sí, muy bonito. Se trata de una película inglesa ambientada entre 1925 y 1945, y ya se sabe lo exquisitas que son visualmente las películas inglesas de época.

El detalle, es que se ha perdido un poco la sustancia del libro. Más aún, parece que la han alterado. Waugh, católico converso, lo escribió al final de la guerra, como una reflexión sobre los extraños rumbos de la Gracia Divina y los no tan extraños desvíos de la aristocracia católica. Con una mezcla de perplejidad, reproche y fascinación, critica allí las rancias costumbres, el apego a las formas, y las exigencias morales extremas, capaces de destruir al más débil. Se inspiró para ello en un amigo de cuna noble que murió alcohólico (dicho sea de paso, las hermanas de ese amigo le inspiraron otro libro, «Cuerpos viles»).

En la novela, un joven ateo de clase media se enamora de uno aristócrata, religioso, y homosexual, de la mansión donde éste vive, y del que luego se aleja. Años después, ya casado, se enamora de la hermana del otro, firme católica que vive separada del marido. Están por juntarse cuando el dueño de casa, que se había ido por libertino, vuelve para morir en ella bajo el auxilio de la religión. Esto impresiona a la mujer, que entonces se niega a «vivir en pecado». Las enseñanzas de su exigente, intransigente, y atormentadora madre, ya hace años fallecida, siguen pesando (un ejemplo de agobio por exceso de amor).

La película, en cambio, simplemente hace un triángulo amoroso, refuerza modernosamente el rol de mala que cumple la madre, elude la oración particular que el propio ateo eleva ante el moribundo, y pone en boca de un soldado el desdén de las nuevas generaciones hacia ese mundo antiguo. Todo, en un estilo demasiado british, de producción bien armada, visualmente preciosa, pero sin suficiente calor narrativo y sin actuaciones relevantes, salvo la admirable Emma Thompson, a quien vemos por primera vez en el antipático rol de madre castradora. También vemos, pero por enésima vez, el Castle Howard de Coneysthorpe, North Yorkshire, usado desde «Barry Lyndon» hasta una del gato Garfield, y siempre hermoso, rodeado de verde.

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