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Estigma: una queja que le pone fin al encanto Obama
Las risas en el G-20, mutaron a malestar de los Kirchner tras los dichos de Arturo Valenzuela.
Un estigma que persigue a la Presidente, que creyó, quizá con algo más que ingenuidad, que con la llegada del demócrata a la Casa Blanca, la relación con Estados Unidos podría abandonar el sopor negativo que reinó durante el mandato de George W. Bush.
Fue con el republicano que sufrió el peor revés cuando, a 48 horas de asumir, el FMI agitó la teoría de que los 800 mil dólares que Guido Antonini Wilson intentó ingresar al país el 4 de agosto de 2007 tenían como destino financiar su campaña electoral.
El imaginario de un trato más amable se derrumbó ayer. Valenzuela se paseó en cumbres con dirigentes de la oposición como Julio Cobos, Mauricio Macri y Francisco de Narváez, y eslabonó un puñado de impresiones sobre la falta de «seguridad jurídica» y el «manejo económico».
Esa serie de encuentros fueron, se dijo en Casa Rosada, uno de los motivos por los que Cristina de Kirchner se rehusó a recibir al enviado de Obama y lo derivó al jefe de Gabinete, Aníbal Fernández. Luego se vio, con Jorge Taiana en Copenhague, con el vicecanciller, Victorio Taccetti.
«No puede poner a la Presidente al nivel de dirigentes de la oposición» se argumentó, ayer, en Casa Rosada. Se objetó, además, que la visita, informal, se organizó con poca antelación, sin respetar los mecanismos habituales de audiencias.
Con delay, la Casa Rosada reaccionó en público tras horas de conmoción puertas adentro. La Presidente destinó, como portavoz, al ministro del Interior, Florencio Randazzo.
«La Argentina -dijo el funcionario- vive una etapa de plena garantía institucional y jurídica, y ha dejado atrás la etapa en la que venía un funcionario de otro país a decirle al nuestro cuáles eran las garantías que pretendían en beneficio de sus propios intereses».
Desencanto
Y tradujo, con matices, el desencanto con Obama. «Lamentamos que algunos funcionarios reincidan en viejas prácticas cuando tenemos expectativa de que se inaugure otra etapa en la política exterior estadounidense».
Los ruidos exceden, claro, el blooper de la Presidente en Londres, durante la cumbre del G-20, cuando se quedó con la mano extendida, en un paso de baile confuso e incómodo, mientras Obama iba a saludar al primer ministro de Canadá, Stephen Harper.
Aquello fue una perfecta postal de los desencuentros que ayer se profundizaron con los dichos de Valenzuela, que se permitió, además, advertir que las empresas de EE.UU. podrían no llevar a cabo inversiones en la Argentina ante la falta de seguridad jurídica.
Si el romance -unilateral- con Obama sufrió un duro golpe por el caso Honduras, en el que Estados Unidos tuvo una postura antagónica a la de Argentina y Brasil, la parrafada del funcionario estadounidense, ayer en Buenos Aires, parece el tiro final.
Ni improvisado ni candoroso, Valenzuela gatilló una frase contundente. «En 1996 había mucho entusiasmo e intención de mucha inversión. Hoy día escuché, por parte de ellos, una preocupación por temas de inseguridad jurídica y algunos manejos económicos». ¿Un mero descuido? ¿Una reacción personal?
Nada más odioso a los Kirchner que una comparación, encima perdidosa, con los malditos 90. Por eso, Randazzo sostuvo que «si hay algo diferente de la década del 90 es la defensa de intereses, ya que hoy el Gobierno defiende los de su pueblo y en aquel entonces defendía los de las empresas que se llevaban millones de dólares al exterior».
Tardó el Gobierno en construir un relato sobre un episodio que tuvo -si pretendió ser malicioso- la virtud de la oportunidad: se produjo horas después de que se anunció que se destinarán 6.500 millones de dólares de las reservas para cancelar deuda, en un intento por dar señales al sistema financiero.
Aquella promesa onerosa de horas atrás fue, ayer, bombardeada por Valenzuela, convertido en vocero del malestar empresario.
Como con el caso Antonini, volvió el argumento -simplista y fatalista, aunque por eso no menos probable- de las conspiraciones o el fundamento, más complaciente, respecto de que Obama no pudo, todavía, desplegar «su política» para la región.
Ecos de un encanto que fue, con los meses, paradójicamente cambiando de color.


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