Cuando falleció su madre, Nicolás Gadano se topó con una caja de zapatillas llena de tesoros. Un pasaporte, algunas cartas, casetes y viejas postales. Las cosas. Lo inerte. Eso que no tiene vida pero que moviliza. Que une los hilos del pasado y da forma a una serie de recuerdos. Lo que queda grabado y de golpe, como si hubiese estado en pausa, vuelve a reproducirse. La memoria que no muere. La escena, como parte de la tragedia de cualquier familia, y el encuentro con todo aquello que permite reconectar la comunicación interior. “Nunca tuve un plan al respecto y como un proceso casi espontáneo terminé escribiendo una nota en Clarín para la sección Mundos Íntimos. A partir de ahí empecé a focalizarme para escribir algo que no sabía qué iba a ser y terminó siendo un reconstrucción literaria sobre aspectos de mi vida”, cuenta el autor de “La Caja Topper” (Seix Barral).
Gadano: "Este libro significa abandonar el rebaño de manera pública"
Nicolás Gadano, gerente general del Banco Central, expone en "La Caja Topper" la intimidad del exilio vivido junto a sus padres en los 70. Diferencias ideológicas y el proceso de "soltar la memoria".

Los recuerdos de Gadano son, en parte, una porción de la historia de un país. Un padre militante, una madre comprometida y dos hijos en 1976. “Fue una etapa en la que corrimos muchos riesgos. Muy sofocante. Con una consciencia de lo que sucedía atípica para mis 10 años. Con la idea de que mi vida y la de mi familia estaban en riesgo. Con el miedo instalado. Y con una serie de movimientos para resguardar esa clandestinidad como mentirle al portero como que íbamos a la escuela cuando no lo hacíamos. Era una cuestión muy enfermante”, cuenta Gadano hoy. El libro expone gran parte de su vida. La clandestinidad, el exilio, la vuelta en los 80 y un recorrido social hasta llegar a estas evocaciones que, como un rulo, lo devuelven a aquel pasado primigenio. Una novela que también tiene sus implicancias en la discusión política sobre esos años pero que, según el autor, quien fue subsecretario de Hacienda de la Alianza en 1999 y que en la actualidad se desempeña como gerente general del Banco Central, “no forman parte del propósito del libro”.
También trabajaste en YPF. En una negociación de gasoil el exsecretario de Comercio Guillermo Moreno, una vez enterado de tu historia, te dijo: “Tengo un montonero en Repsol”.
Nicolás Gadano: Sí, fue así. Trabajé en el Gobierno anterior y no me hacía ruido. No vivo las cosas de manera esquemática.
Pero llama la atención que un hijo de militantes revolucionarios sea funcionario de este Gobierno. ¿En algún momento de tu vida hubo algún tipo de conflicto ideológico?
- G.: Con mis viejos siempre tuve diferencias políticas importantes y, en el libro, hay alguna pistas de cómo empezó. Ya exiliados en México, a los 15 años me fui de viaje a Cuba con el colegio. Éramos jóvenes contraculturales. Nos gustaba Led Zeppelin y estábamos en contra de los fresas (los chetos), vivíamos una situación bastante liberal en cuanto a la sexualidad y las drogas. Pero en Cuba nos encontramos con que todos esos pibes que nos marcaban como disidentes o peligrosos eran aquellos que tenían las mismas inquietudes que nosotros.
¿Y se los planteaste a tus padres?
- G.: Es que fui educado por ellos para cuestionar. Fue un proceso. Y una vez acá empecé a estudiar economía y comencé a mirar las cosas de otra manera. El libro significa abandonar el rebaño en forma pública, pero esto es algo que ya vengo haciendo desde hace 30 años sin mucho trauma porque siempre fue un clásico familiar discutir de política.
¿Cuánto queda de aquel adolescente que vivió en clandestinidad y luego en el exilio?
- G.: Por un lado diría que poco, porque pasaron muchos años. Pero a la vez uno nunca deja atrás esas sensaciones. Me impacta haber escrito algo tan personal. Hay cosas que nos marcan mucho, pero revisitar estos recuerdos fue parte de un proceso en el que me sumergí con mucha concentración e intensidad.
¿Cuál es el recuerdo que más te impactó de todo lo que encontraste en esa caja que te dieron una vez que murió tu madre?
- G.: Hay una secuencia de cartas de ida y vuelta entre mi papá y mi mamá que es fuerte. De un período de varios meses de cuando yo tenía dos años. Mi viejo había caído preso por una volanteada y cuando salió de la cárcel se fue a vivir a Neuquén con mi hermano. Y mi mamá y yo fuimos varios meses después. Son varias cartas que reflejan muy bien qué pensaban y cómo vivían sus inquietudes a futuro y cómo percibían la militancia.
¿De qué manera te atraviesa, a la distancia, descubrir el mundo íntimo de tus padres?
- G.: Empezás a ver las cosas de otra manera. También aparecen sombras. Cosas que desconocía. Algunas que se iluminan y otras que no y que se plantan como dudas que te quedan para siempre.
Una cosa son los recuerdos y otra aquello que te contaron que pasó. ¿De qué manera organizaste tu memoria?
- G.: Claro. Me pasó de tener que contrastar mis propios recuerdos vs. mi relato de una carta que yo escribí en ese momento. Uno mismo cambia el relato. Es un proceso introspectivo muy interesante. Y llevarlo al terreno literario me gustó porque no se trata de una autobiografía. Es una novela en la que libero la subjetividad del recuerdo. Quise soltar la memoria entendiendo que estaba escribiendo desde un gris entre la novela y la no novela.
¿Cómo recordás el regreso a la Argentina?
- G.: Volví un mes antes que mi viejo y seis antes que mi vieja. Mi estado de ánimo en ese momento era malísimo. Para mí y muchos de mi generación que volvimos siendo jóvenes y adolescentes, lo peor del exilio fue que se terminara. Porque nosotros estábamos muy bien en México, con nuestras raíces, novias, amigos. Y venir a Buenos Aires fue un shock. Venía de un colegio mixto y abierto y entré a un colegio de blazer. Ese ajuste a la sociedad porteña me costó.
¿Cuánto tardaste en comprender que la vuelta era una necesidad de tus padres?
- G.: Pensaba que era una necesidad mía. Pero no. Volví entusiasmado, pero sin saber. Lo que vino después fue un baldazo de agua fría.




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