Estrenan juntos dos atractivos documentales

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«Boteros» (Arg., 2010). Dir.: M. Turnes. Guión: V. Dema, G. Barco, M. Turnes. Documental. «De los barrios, arte» (Arg. 2011). Dir.: F. Ro-manazzo. Guión: M. Chelabian, F. Romanazzo; documental.

Da gusto, este par de documentales estrenados en unidad. Uno, afectuoso testimonio de un oficio que se pierde. Otro, vivaz registro de artistas plásticos de variada fama y edad pero igual entusiasmo. Y entre ambos la Boca, Floresta, Monte Castro, Versalles, Villa Luro, Villa Real y Vélez Sarsfield. Buenos Aires, en suma. «Bote-ros» se filmó en dos momentos del 2010, a propósito de la reinauguración del Puente Avellaneda con escaleras mecánicas y otras comodidades para los peatones. Antes, la comodidad era cruzar en bote. Y cruzarlos, era el trabajo seguro de los jóvenes protagonistas de esta historia, uno de ellos tataranieto del primer botero que hubo entre Isla Maciel y la ciudad. Frente a cámara, los vemos orgullosos de su tradición, y también inquietos. Más tranquilos, o resignados, vemos también a los dos últimos carpinteros navales de la zona, uno de los cuales se define con los versos de Vacarezza: «Yo soy del barrio de la ribera (...) hijo sin grupo de un gringo viejo, igual que el tango de rezongón». ¿Quedarán todos ellos para la foto turística, como los mateos de Palermo? Mariano Turnes se llama el autor de este corto documental digno de aprecio.

Y Fernando Romanazzo, el director del mediometraje «De los barrios, arte», que nos mete placenteramente en el atelier del maestro Antonio Pujía y en los de otros colegas y vecinos suyos, como Carlos Sarkis, Gabriel Alerbon, Blanca Naya, Gustavo Rovira, que pinta en un bar, Pedro Lavagna, tallador de madera, y Beto Páez, que nos presenta en un cuadro, casa por casa, la calle de su infancia, y recita unos versos de grato sabor descriptivo. Los grandes evocan su acercamiento al arte, gracias a la escuela primaria en algunos casos, su sentido del oficio («trabajo con horario proletario», confiesa un consagrado), el aprendizaje sin pausas, la conversión en maestro, la grata relación con los vecinos, y la a veces ingrata relación con el dinero, que «ayuda a una vida decorosa», según define uno de ellos, sin quejarse. Los plásticos jóvenes aparecen también en buena cantidad, como María Claudia Martínez, que explica los detalles de su escultura en memoria de los chicos fusilados en Floresta cuando diciembre de 2001. Asimismo aparecen los talleres, como «El Corralón». Y, por supuesto, muchos rincones porteños bien fotografiados.

Una fotografía que, sin trampas, logra captar bien la luz de los barrios, y su atractivo cotidiano. Es cierto, a la salida del cine la ciudad se ve con más cariño.

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