28 de noviembre 2012 - 00:00

Etapa oral; vuelven coreutas K

Expertos en adivinar a Cristina de Kirchner, y montados a la osadía de jugar -a veces- sin libreto, reaparecieron los coreutas K. Los devolvió al ring la mala hora oficial con su paro, las rebeldías PJ, el fallo Griesa y el omnipresente jaleo por la ley de medios.

Simula un regreso a la etapa oral, casi un reverdecer de los espadones kirchneristas para que digan lo que la Presidente no debe o no quiere decir o, simplemente, aquello que no necesariamente refleja lo que luego hará Olivos pero que, en la tira diaria, sirve a la causa.

Algunas destrezas que, al fin, resultan beneficiosas siquiera para la coyuntura, como la bravuconada de Aníbal Fernández contra Hugo Moyano, a quien rebautizó como «Augusto Timoteo» Moyano, lo que derivó en un inimaginable «pido gancho» judicial del camionero.

Llamativo lo de Moyano, hombre de pocas pulgas, de bloqueos y atropelladas -cuando era socio K y ahora que combate- pidiendo un «bozal legal» tras terminar embretado, a horas de lograr un paro de alto impacto, en un entrevero radial con el senador de Quilmes.

Desde trincheras silvestres, los coreutas K se dedican a la guerra de guerrillas oral. Una admisión, de facto, de que de la Presidente para abajo el dispositivo de comunicación oficial no se atreve a lanzarse a batallas incómodas y de costo incierto como la de torear a Moyano.

Florencio Randazzo ejerció el mismo oficio al ser el primer vocero K en refutar la intentona de Daniel Scioli de aplicar un impuesto a los combustibles. El ministro ametralló también a José Manuel de la Sota y Mauricio Macri, «speach» que luego recitó Hernán Lorenzino.

La reacción tempranera de Randazzo fue leída como una indicación directa de la Presidente. Al rato, el sciolismo lo minimizó -«con Randazzo nosotros hablamos de trenes», dijo Alberto Pérez-, pero la cuestión entró en un territorio difuso. Nada es gratis.

Por espasmos, quizá ocasionalmente, el kirchnerismo volvió -aportaron, con menos estridencia, Agustín Rossi, y con explosión Carlos Kunkel, víctima de aquella sentencia menemista que reza que «el que se calienta pierde»- a cuerpear en la disputa pública, el mano a mano barrial, una especie de «Club de la Pelea» radial.

El regreso a antiguos voceros puede, también, leerse como un giro luego de performances modestas de Diego Bossio en la disputa con De la Sota por los fondos para Córdoba y de Juan Manuel Abal Medina durante el conflicto con prefectos y gendarmes.

El protagonismo comunicacional de Julio De Vido en asuntos poco transitados por el ministro en su década de permanencia en Planificación potencia la tesis: el tribunero agitar del desvaído plan de reelección muestra a un De Vido raro, inédito, un poema en busca de autor.

La curiosidad, incluso, de que aparezca casi a destiempo cuando la aventura eternista que alguna vez declaró Diana Conti está más lejos que nunca, no por falta de deseos, sino por el clima hostil que se expande en sectores sociales, lo que afectó no sólo la imagen de la Presidente sino, también, la de los que aparecen a su lado.

Quizá ocasional, el procedimiento es una variable. Así como se registra una módica resucitación del peronismo animada por Cristina, aparecen en la grilla los voceros de los días peores. Será porque la Presidente asume que vuelven otros, distintos, con su propio tono, días bravos.

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